Malavecina 19 #2
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Antoni de Rocabertí había sorprendido al alguacil con su intervención. Y siguió hablando sin dejar continuar al funcionario, planteando una pregunta:

—¿Cuándo aparecen las acusaciones de brujería?

—El alguacil Palmada no supo responder. El obispo coadjutor tampoco—.

Yo os lo diré: en las épocas de desesperación, de desconocimiento y de miedo.

La ignorancia hace mucho daño, mucho. El diablo es una invención de la Iglesia, que con la excusa de combatirlo puede hacer y deshacer a su antojo.

Pero no puede reprobarlo, culparlo ni condenarlo.

—Pero, pero... ¿qué decís, señor?

El estupor del funcionario crecía por momentos.

Y la aparente indiferencia que el obispo coadjutor había mostrado al inicio del proceso también se desvaneció.

Ni el alguacil ni el clérigo salían de su asombro ante lo que decía el conde de Peralada, pues consideraban que blasfemaba.

Pero Rocabertí no se inmutó y continuó defendiendo su postura de manera convencida.

—Es decir, el hecho de que exista el demonio, el Mal, nos permite cuestionarnos el porqué de muchas cosas. No me extrañaría que quizá la Iglesia ahora viese que no lo ha hecho bien con eso de censurar al demonio.

—¡¿¡¿Q...?!?!

La perplejidad de Remigi Palmada era tan considerable que no podía articular ni una palabra. La cara de monseñor Saplana estaba blanca como la leche.

—Sí, no es ninguna tontería. El demonio nos ofrece el reflejo de algunas de nuestras caras. Y hay muchas que no nos gustan. Pensad si ese temor profundo al pobre demonio no proviene del miedo a ver en él el reflejo de todos nuestros rostros humanos, de nuestras debilidades, de nuestras carencias.

»Condenar al demonio y a aquellos que quieren conocerlo es como querer eliminar nuestra mitad oscura, aquella que no vemos.

Sin embargo, cuidado: el hecho de que no la veamos no significa que no exista, porque todos la tenemos.

Es aquella parte que nos permite tener un conocimiento propio más auténtico.

Es como si quisiéramos borrar una de las dos caras de la misma moneda. ¿Me entendéis?

—¿Me estáis diciendo que la Iglesia y el demonio son la misma cosa? —preguntó finalmente el alguacil, viendo que el obispo no reaccionaba a aquel ataque contra su negociado.

El conde respondió sacudiendo la cabeza de manera afirmativa, y continuó con su razonamiento:

—El Mal existe para que el Bien pueda vencerlo.

El diablo no es nada más que un dogma, una formulación doctrinal de una verdad religiosa proclamada de manera autoritaria por la Iglesia.

Que como todos los otros dogmas de la Iglesia católica son ciertos, incontestables.

¿Atentar contra el eterno vencido no es, en el fondo, atentar contra el vencedor?

Dudar de los actos del primero lleva a cuestionar los actos del segundo, los milagros que hizo precisamente para combatir al diablo.

Las columnas del cielo tienen sus cimientos en el abismo.

Aquel que osa remover esta base infernal puede hacer tambalear el mismo paraíso.

—Me dejáis muy sorprendido, turbado, señor, con estas opiniones tan... —le costaba articular la palabra que tenía en la cabeza desde hacía rato—, tan... heréticas.

Ahora el obispo Saplana se decidió a intervenir.

Indiferente a la cuestión que lo había llevado a Peralada y presente en aquel juicio por obligación, no por voluntad, había dejado que el alguacil llevase el alegato de la acusación y la posterior conversación con el conde.

Pero al ver que el cariz de la disputa había acabado sonando a blasfemia, optó por terciar en la polémica:

—Debo reconocer, señor Rocabertí, que viniendo de vos, y dada la relación que vuestra familia siempre ha tenido con la Iglesia, no me esperaba en absoluto esta actitud, esta conducta.

Es un comportamiento impropio de alguien de vuestra posición e influencia.

Estoy profundamente turbado... —admitió el religioso, visiblemente afligido.

Consideraba que las opiniones de Rocabertí constituían una herejía porque eran contrarias a sus dogmas, a las ideas recibidas por la doctrina de la Iglesia, que él había venido a defender.

—Estimada eminencia, no os rasguéis las vestiduras —contestó Rocabertí—.

He leído bastante sobre estas cuestiones y, creedme, estas reflexiones no están hechas en caliente.

Están documentadas y contrastadas. He leído mucho sobre esta materia, justamente para no emitir juicios de valor ni opiniones infundadas.

Ya os he dicho antes que hay mucha ignorancia detrás de según qué actitudes hacia estas personas que tienen una mirada diferente sobre todo aquello que nos rodea y que nos es desconocido.

—Y remató su intervención con una petición, mientras miraba con una sonrisa a la acusada de brujería—: Por tanto, monseñor Saplana, quiero pedirle que revise las acusaciones que se hacen contra esta mujer y que mientras tanto, señor Palmada, la deje en libertad.

El silencio en la capilla del Carmen era ensordecedor.

Antoni de Rocabertí recordó las palabras de Pitágoras, quien decía que el inicio de la sabiduría es el silencio. Y entendió que seguramente aquel vacío de palabras hacía prever una sabia decisión episcopal. Así fue.

El eclesiástico aceptó su petición y el alguacil obedeció las órdenes del conde y liberó a la mujer.

Aurora se volvió a poner la capucha y se marchó sin poder mostrarse agradecida por la actitud ecuánime del conde, que apenas le vio el rostro.

El alguacil, en cambio, tuvo que irse con la vergüenza estampada en la cara y con el rabo entre las piernas.

Tuvo que reconocer que hablaba sin más conocimiento que el que le proveía la Iglesia y que, por tanto, debía creerlo por obligación.

Es decir, por imposición, no por convicción.

Lo que decía la Iglesia no era discutible.

Desde aquella vez, años atrás, cuando Antoni de Rocabertí era joven y presenció un aquelarre junto a Alba, ambos subidos a un árbol, las cuestiones relacionadas con el diablo y el Mal le habían llamado poderosamente la atención.

Y gracias a su posición social había conseguido el permiso papal para disponer en la biblioteca del castillo de ejemplares de libros considerados prohibidos por la Iglesia, un conjunto de volúmenes que podían corromper a quienes leyeran su contenido.

Su condición de conde lo hacía idóneo para tenerlos a ojos de la Santa Sede, porque la Iglesia suponía que ciertas lecturas no podían hacerlo dudar, que su fe era insobornable y que nada haría tambalear sus valores, dado que ya tenía una personalidad bien formada.

Y también porque su estatus no le permitía cambiar, puesto que debía defender y mantener el título y el prestigio.

Rocabertí estaba especialmente orgulloso de tres libros que tenía en el infierno de la biblioteca del castillo.

Uno era el Clavicula Salomonis regis , un tratado sobre los demonios compilado en el siglo XVII por un autor anónimo.

El título significaba ‘La llave menor de Salomón’, ya que en él se explicaba la forma de acceder al mundo oculto de los diablos.

A Salomón, el rey de Israel mencionado en el título, se le habían atribuido diversos tratados esotéricos a lo largo de la historia.

El segundo libro era un texto mágico presuntamente escrito por Moisés, donde se describían las artes maravillosas de los antiguos hebreos, extraídas de los libros mosaicos de la Cábala y el Talmud.

Se titulaba Sexto y séptimo libro de Moisés , y era una recopilación de hechizos que permitían recrear algunos de los milagros que aparecen en la Biblia, además de invocar la buena fortuna y salud.

La obra contenía nombres, palabras e ideogramas mágicos talmúdicos de renombre, algunos escritos en hebreo y otros con letras del abecedario latino.

A Rocabertí le fascinaban los dibujos del volumen, de los que se decía que eran mágicos, acompañados de instrucciones destinadas a ayudar al lector a realizar diversas acciones que iban desde controlar el clima o a las personas hasta contactar con los muertos o con figuras religiosas bíblicas.

Y el tercer volumen que amaba con locura era el Liber Aneguemis , una obra de magia natural práctica de los siglos XII - XIII atribuida originalmente a Platón.

Era uno de los tratados más antiguos conocidos, y había servido de inspiración para otros libros posteriores de magia y alquimia.

Fuera como fuese, ahora mismo Antoni de Rocabertí estaba deseoso por recibir lo que ya hacía días que había salido de la biblioteca del Vaticano, un ejemplar único de un libro de su viejo amigo Jules Michelet.

Miembro de la escuela anticlerical y librepensador ejemplar, Rocabertí lo había conocido en el Collège de France, y desde entonces le admiraba y lo leía.

Había quedado fascinado por sus clases magistrales y sus disertaciones sobre la brujería, pero también por su concepto de renacimiento, un término que acuñó en su obra Historia de Francia .

Ese sentimiento, el de la renaixença , también cobraba forma en Cataluña, y, con sus acciones y su espíritu filantrópico, Rocabertí conectaba perfectamente con él.