19
—Malaveïna, ¿podéis salvar a la madre y a la criatura? —preguntó un padre primerizo, preocupado ante los graves problemas de su mujer para dar a luz.
—No os preocupéis, sé lo que tengo que hacer. Conozco hechizos y rituales que, combinados con remedios naturales, ayudarán a vuestra mujer a traer al bebé al mundo —explicó con convicción y firmeza.
El campesino dejó de estrujar el sombrero de paja que llevaba en las manos. Las palabras y la mirada verde con manchas doradas de la curandera le infundieron confianza.
En una masía a las afueras de Peralada, una parturienta se debatía entre la vida y la muerte. Se encontraba en medio de un parto difícil. Llevaba horas pujando, y tanto ella como el bebé estaban al límite de sus fuerzas.
La curandera se concentró tras administrarle un brebaje. Le susurró una oración al oído, alzó los brazos hacia la mujer y declamó:
—¡El bebé está encallado, el bebé está encallado! ¡El cerrojo está echado, casi acaba con su vida!
»La puerta está ajustada contra la criatura que mama, la mujer que pare está cubierta por el polvo de la muerte, cubierta por el polvo de la batalla, como un carro; cubierta por el polvo de los penachos, como un arado; está empapada de su propia sangre, como un guerrero en la lucha. Su mirada se pierde, ¡no ve nada!
»Sus labios están sellados, no los puede abrir; su mirada está borrosa, está asustada; ¡sus oídos no oyen! Su pecho no se sostiene; tiene torcidas las cintas de su cabello. ¡No está cubierta, no siente vergüenza!
Acto seguido hizo una pausa, movió el cuello y fijó la mirada en la barriga de la mujer, como si quisiera dirigirse al bebé. Pero al cabo de unos instantes, y tras unos espasmos y unas pequeñas convulsiones, dijo con una voz aguda que no parecía ni la suya:
—¡Quédate a mi lado y sigue gritando, oh, misericordioso Marduk! Aquí hay mucha confusión, está rodeado, ¡haz que venga hacia mí! ¡Saca lo que está sellado, creado por los dioses, gestado por la humanidad, haz que salga y vea la luz!
Y se acercó a la parturienta para darle una cucharada de un líquido viscoso de color naranja amarillento que parecía resina de pino. La mujer se incorporó como pudo para sorber el brebaje.
—¿Qué le has dado? —preguntó una parienta de la joven, espantada por lo que acababa de oír.
—¡Flor de hisopo, que recompone a la madre y coloca al bebé en su sitio! —le respondió.
—¿Quién es esta mujer que invoca al demonio para traer una criatura al mundo?
¿Dónde se ha visto algo así? —dijo la que resultó ser la tía de la parturienta, quien desconfió en cuanto oyó que la Malaveïna se encomendaba a una deidad que no era Dios Nuestro Señor para suplicarle ayuda—.
No dejaré que mi ahijado o ahijada nazca bajo una mala influencia.
Y se decidió a actuar, emprendiendo las acciones que fueran necesarias.
Enseguida salió de la habitación, santiguándose indignada, pensando que aquel comportamiento no podía quedar impune.
Huyó tan precipitadamente que no oyó los gritos del recién nacido una vez fuera del vientre de la madre.
Su obsesión por poner todo aquello en conocimiento del alguacil no le dejó prestar atención al hecho de que su sobrina había dado a luz a un niño y que ambos gozaban de buena salud.
Remigi Palmada, además de alguacil, actuaba como agente judicial.
Sus atribuciones eran reconocidas tanto por el alcalde como por la Iglesia; de hecho, las competencias judiciales y ejecutivas de aquel cargo se remontaban a la época medieval, y se habían mantenido hasta el presente.
Fue él quien hizo comparecer a Aurora, denunciada por brujería ante las autoridades por sus prácticas y acusada de hacer pactos con el diablo.
Palmada llevaba la voz cantante en el proceso de acusación.
—Señor conde, las pruebas son concluyentes: ¡esta mujer es una bruja hechicera!
El funcionario hizo su acusación ante el conde, que seguía el proceso desde un sitial instalado en el centro del altar de la iglesia del Carmen.
A su lado, el obispo coadjutor de Girona, Berenguer Saplana, escuchaba al alguacil sin demasiado entusiasmo, ni tampoco se le veían ganas de intervenir.
Aurora, a quien habían dejado en un rincón, seguía el procedimiento contra ella con la cabeza baja, y solo de vez en cuando se atrevía a levantarla para mirar a los tres hombres que tenía delante.
El alguacil, revestido de la autoridad que le conferían sus competencias, prosiguió:
—La bruja tiene unos poderes adquiridos, ya sea por vía familiar, transmitidos de madres a hijas o de abuelas a nietas, o bien otorgados por el diablo mediante un pacto.
Pero la hechicera no recibe sus poderes del diablo, ni tampoco los tiene por vía familiar, sino por el estudio realizado con otra hechicera o por el autoaprendizaje de un abanico de recetas, fórmulas mágicas y hechizos más o menos elaborados que le permiten desarrollar su profesión.
Si la bruja tiene como tarea fundamental hacer el mal, a causa de su pacto diabólico, esta no es la característica principal de la hechicera, sino que su trabajo se concreta en dar satisfacción al paciente, que la consulta a propósito de todo tipo de dificultades, como la resolución de problemas relacionados con el amor, tanto carnal como espiritual, o la curación de algunas enfermedades reales o ficticias, entre las cuales sobresale en importancia el mal de ojo.
—¿El qué? —quiso saber el conde.
—El arte de encantar, de embrujar con la mirada. Esta mujer, como las otras, es capaz de generar fascinación, de cautivar irresistiblemente a alguien con su mirada. Sin olvidar el poder de averiguar el futuro. ¡Y estos poderes sí que no pueden ser dados por nadie más que por el mismo demonio!
Hizo una pausa.
—Sabemos que esta mujer es discípula, heredera de hecho, de una hechicera, de una bruja que había tenido vínculos con el diablo. ¡Si hasta se la conoce por su mismo nombre!
El alguacil, sin embargo, se guardó mucho de pronunciarlo, porque sabía lo que le podía pasar si lo hacía.
Aunque el cargo que ostentaba no le permitía creer en nada que fuera sobrenatural, en su interior Remigi Palmada era muy respetuoso con todo este mundo que dominaban mujeres como la Malaveïna, e incluso, a escondidas, había acudido a su caserón en busca de remedios.
Pero nunca lo admitiría. Palmada era víctima de su doble moral.
En realidad, no actuaba de acuerdo con los valores en los que creía, sino que, por su cargo y condición, proclamaba y defendía otros.
Y en aquel proceso era consciente de que actuaba de manera injusta y parcial.
La joven le dirigió una mirada censuradora, pues lo conocía y sabía que sus ideas y pensamientos eran distintos de lo que quería hacer creer.
No obstante, no se atrevió a decir nada sobre la hipocresía de quien le acusaba.
El proceso continuó.
—A ver... Señor Palmada, estimado alguacil —comenzó el conde, removiéndose en su asiento para encararse con él—. Lo primero que podemos comprobar es que la denunciada no responde, en principio, al perfil de mujer vieja que me habéis descrito antes; todo lo contrario, es una mujer joven.
El funcionario se apresuró a enumerar otros argumentos en contra de la Malaveïna.
—Pero tiene más características que la hacen sospechosa, como por ejemplo la soltería, es decir, la falta de control de sus actos por parte de un marido, o bien la capacidad de ganar dinero con su actividad, lo que hace que económicamente sea independiente y libre de decidir sobre sus propios actos.
—No siempre la hechicera tiene que ser pobre, como se nos quiere hacer creer; por cierto, a mí me gusta más usar la palabra curandera . Parece que sus remedios y curas han alcanzado un grado de expansión bastante importante...
—¡Es el vicio de la época! —lo interrumpió el alguacil—. No solo recurren a sus artes las clases más bajas del pueblo, sino que la demanda de sus servicios llega hasta las capas más distinguidas de la sociedad. Y finalmente, y no menos importante, esta hechicera invoca al demonio.
—La invocación del diablo que no comporte el reconocimiento de este como dios y señor creador, o sea, en el mismo plano de importancia que Dios Nuestro Señor, no se puede considerar herejía.
—Señor, el testigo que la ha señalado dice que ha invocado varias veces a Marduk.
—El alguacil se aclaró la garganta—. A Marduk siempre se le ha visto representado con un dragón que serpentea a su lado.
Hay una conexión muy clara de Marduk con un animal semejante a una serpiente, una de las imágenes que asociamos con el Mal.
La Biblia a menudo se refiere al diablo como una serpiente, y ya sabemos que los demonios son el foco de la adoración de los ídolos.
Nos lo recuerdan el Deuteronomio y el Apocalipsis, que nos explican que el Señor trajo la sensatez a Babilonia y demostró que Marduk y el resto de los dioses babilonios eran falsos.
Y que solo hay un verdadero Dios, y Él es el único digno de nuestra adoración.
¡Ninguno más! ¡Ni Marduk, ni Belcebú ni nadie! —exclamó.
Hizo una pausa para recuperar el aliento. El obispo Saplana lo miraba asintiendo con la cabeza y reafirmando su discurso. El alguacil señaló a la Malaveïna con su dedo acusador y continuó:
—Señor conde, esta mujer ha hecho pactos con el diablo, reconociéndolo como dios y señor. La pena de muerte debería ser inmediata.
—Si es así como decís, la enviaremos a la hoguera, pero en este caso que juzgamos, la pena debería ser más leve.
Ya sabéis que invocar al demonio solo es pecado.
Y el pecado se paga con el destierro —puntualizó el conde, haciendo uso de su turno de palabra—.
Disculpad que os contradiga, pero eso que defendéis no es del todo cierto.
Dejadme que os ilustre: en la antigua Babilonia, Marduk era el dios de la curación, la regeneración y la magia...