18 #2
—Os explico el encuentro con esta mujer porque no sé si era aliada del diablo, pero lo que me ocurrió hace un par de noches lleva la marca del demonio.
Ya me había retirado a mi habitación cuando unos golpes nerviosos en la puerta me pusieron en alerta.
Era el propietario de la hospedería del santuario, que me dijo que había un hombre preguntando por mí.
—¿De noche? ¿Un hombre preguntando por vos?
—Sí, a mí también me extrañó, pero se ve que el individuo había insistido en hablar conmigo. Decía que si hubiera estado mosén Josep él lo habría podido ayudar, haciéndose cargo como siempre de los «ataques» que sufría su hermano, pero que en su ausencia estaba seguro de que yo podría ayudarlo.
»Mosén Josep Comadevall, no sé si lo sabéis, es el sacerdote custodio del santuario y está a cargo de las parroquias del Mont: Santa Maria y Sant Domènec de Palera, Sant Pere de Lligordà, Sant Llorenç de Sous y Sant Feliu de Beuda.
Es él quien atiende las necesidades de los feligreses de estas parroquias que dependen de él.
—Pero vos no sois médico, ¿cómo ibais a poder ayudarle? —quiso saber Rocabertí.
—Eso mismo le dije, pero finalmente accedí a ir a ver a su hermano, más por caridad cristiana que por tener conocimiento alguno de medicina.
Así pues, me colgué la cruz y la estola al cuello, cogí un maletín donde metí un ejemplar de la Biblia y cuatro frascos que tenía en el armario, descolgué el abrigo del perchero y seguí al propietario de la hospedería escaleras abajo para encontrarme con aquel campesino.
Con él, recorrimos el camino del santuario hasta la masía bajo una lluvia torrencial.
Cuando llegué a la casa me sorprendió ver que aquel chico, el hermano del campesino, blanco como la leche y delgado como un espárrago de campo, estaba atado.
»“¿Puedo saber por qué motivo lo tenéis atado a la cama?”, pregunté.
»El muchacho estaba quieto y tranquilo, con una respiración muy pausada. Sollozaba.
»“Cuando he salido de casa para ir a buscaros, he tenido que atarlo para que no se hiciera daño”, respondió el hombre con sentimiento de culpa mientras empezaba a deshacer los nudos.
»Me acerqué para ver si tenía fiebre y le puse una mano en la frente; la tenía templada.
El chico no se inmutó, pero la reacción fue inmediata cuando quise examinarlo más de cerca para determinar qué enfermedad podía afectarle.
Cuando me incliné hacia delante, la cadena con la cruz que llevo colgada al cuello tuvo un ligero balanceo, un movimiento de vaivén muy leve.
Bastó con que la base de la cruz rozara suavemente su piel blanquecina para que el chico resucitara.
¡Como si tuviera un muelle en la espalda, el muchacho se incorporó en la cama y empezó a lanzar todo tipo de improperios contra mí!
—¿Y qué hicisteis?
—Me aparté de un salto mientras el hermano lo aplacaba e intentaba calmarlo. El chico, que no paraba de escupir insultos y juramentos, tanto en catalán como en latín, me clavó la mirada y empezó a declamar unos versos:
Adelante: por montes, por tierra y mares no te detengas,
pues ya te es pequeño por trono el Pirineo,
por ser grande hoy despertaste
bajo la sombra de la Cruz.
»Yo no daba crédito. Con una mano aferrada a la cruz y la otra a la Biblia, fui retrocediendo de la cama del enfermo...
Me di cuenta de que aquello que acababa de oír eran los últimos versos que había escrito ni una hora atrás, los cuales concluyen mi poema dedicado al Canigó.
Era una prueba irrefutable de que lo que albergaba el cuerpo del muchacho no era germen ni bacteria, sino que estaba poseído por el demonio.
—¡Virgen santa! —exclamó el conde, y ambos se persignaron.
—Lo que me ha hecho reflexionar, y por eso determiné abandonar el santuario antes de tiempo, son las palabras que me dirigió aquel pobre muchacho cuando ya estaba en el umbral de la puerta y a punto de irme.
Con una voz ronca, me espetó: «¡Ay, Verdaguer, ya nunca más te olvidaré!
», con una sonrisa que me heló la sangre.
—¿Y cómo conocía vuestro nombre?
—Es lo mismo que me pregunté yo. La voz del chico me ha acompañado las últimas noches.
Estas palabras pronunciadas por el demonio han hecho tambalear mis cimientos, y he tenido que rezar mucho para lograr acallar la voz, hasta que ya no he sentido más esas palabras que me turbaron enormemente y me sacudieron el alma.
Cuando el mosén terminó su relato, se hizo el silencio en la biblioteca del castillo de Peralada.
—Me habéis dejado pasmado, mosén Verdaguer —reconoció Rocabertí, quien acto seguido le propuso cambiar de tema.
Rocabertí admiraba a Verdaguer, y cuando supo que se encontraba en el santuario del Mont para escribir una nueva obra, hizo lo imposible para invitarlo un día al castillo. Su amistad con Estanislau Vayreda facilitó el encuentro.
—Y bien, ¿cómo va la escritura de este poema? ¿Ya tiene título?
—Se llamará Canigó . Va bien, muy bien, lo tengo casi terminado. El Mont es una atalaya extraordinaria. En la habitación tengo una amplia ventana que se abre al Canigó, desde donde puedo mantener algunas conversaciones con la montaña .
—Os invito a recitar vuestro poema aquí, en el teatro o en los jardines del castillo, cuando lo tengáis terminado. ¿Qué me decís?
—¡Por supuesto, podéis contar con ello!
Tras un rato de conversación, y una vez despedido Verdaguer, el conde hizo llamar a su fiel administrador, el señor Tomàs.
—¿Es posible que la Malaveïna todavía esté viva? —le preguntó.
—Sí, señor. ¿Por qué?
—Porque mosén Jacint Verdaguer me ha explicado que por estos lares encontró a una mujer que me ha hecho pensar mucho.
Yo creo que no puede ser... Pero si vos me decís que está viva, es que esta mujer es inmortal.
¿Cuántos años debe de tener? ¡Al final va a ser verdad que hizo un pacto con el diablo!
—Un momento, señor conde. —Y se colocó bien las gafas, que le resbalaban del puente de la nariz—. ¿Os referís vos a aquella vieja curandera que incluso había curado a su padre?
—¡Sí, a esa!
—¡Ah, no! La vieja Malaveïna desapareció un buen día, pero dejó una aprendiz, una mujer que ha sabido mantener sus artes curativas a través de las plantas, las hierbas y las flores.
Y aunque las autoridades médicas y eclesiásticas la persiguen, tal como habían hecho antes con su predecesora, sigue teniendo una buena clientela entre los vecinos de Peralada, Garriguella, Espolla y otros pueblos de esta y de otras comarcas.
Al oír lo que le contaba Antòniu Tomàs, Rocabertí tuvo un presentimiento que, de inmediato, hizo que la sensatez abandonase su pensamiento.