Malavecina 18
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Con el sonido acompasado del reloj de péndulo que marcaba las horas, un sirviente le había conducido desde la entrada por un pasillo en penumbra y lo había dejado en mitad del salón principal.

—Mosén Verdaguer, el conde lo recibirá enseguida. —Y se escabulló detrás de los cortinajes que envolvían aquella estancia.

Verdaguer levantó la vista hacia el techo y quedó boquiabierto, cegado por la luminaria de las cinco arañas de cristal, con veinticuatro palmatorias en el centro y otras cuatro, de ocho palmatorias cada una, en los ángulos.

No faltaban los espejos, cuatro con acabados de talla dorada y cordones de seda roja con sus borlas, ni las consolas bajo los espejos.

Las consolas eran de madera, con tallas doradas y sobres de jaspe blanco, con el curioso detalle de que estaban provistas de unas contracubiertas para protegerlas del polvo.

Allá donde se volvía, observaba diversas manifestaciones artísticas.

Se quedó embelesado ante un ornamento de forma rectangular, un dosel de damasco carmesí con los retratos del rey y de la reina enmarcados en madera dorada.

Paseando la vista por las paredes encontró las pinturas.

Se encaramaban por encima del zócalo, en los paños de pared entre las aberturas.

Había un arrimadero pintado, imitando al mármol, rematado con una cornisa también pintada que quedaba cortada por las pilastras o por los marcos de cada una de las puertas.

En cada tramo de arrimadero había un plafón rectangular, y en medio, la pintura de un busto dentro de un medallón rodeado por una guirnalda.

En cada uno de los paños de pared por encima del arrimadero se representaban escenas vinculadas a la historia de la familia Rocabertí, los propietarios del palacio.

Había una a cada lado del salón y dos en la pared opuesta a la fachada.

Estas escenas parecían lienzos enmarcados, y el marco estaba tratado de tal forma que daba la impresión de relieve.

A ambos lados de cada uno de estos cuadros había una franja vertical con motivos florales que los decoraban.

La franja también estaba pintada para dar sensación de relieve.

Además, en los extremos de los paramentos laterales había pinturas también enmarcadas, mucho más estrechas, que representaban elementos simbólicos como armaduras, yelmos, etcétera.

Una barra de hierro dorado se enroscaba detrás de una elegante cortina.

Cuando volvió la vista hacia el salón, se fijó en las sillas.

Delante tenía dos sillas de respeto doradas que lucían trofeos reales en el respaldo y estaban cubiertas de damasco carmesí; completaban la decoración otras sillas de guadamecí.

En total había veintiséis sillas y un canapé, barnizados en caoba, tapizados de damasco verde y con fundas de tela de indiana para protegerlos del polvo.

Los paramentos eran también de damasco verde, así como las cortinas —dos para los balcones y dos más para los portales—, con las borlas y cordones correspondientes, de seda verde.

También había cortinajes de damasco carmesí para los portales, con cordones de seda y las borlas que los complementaban.

Verdaguer estaba abrumado ante tanto lujo, y no sabía estar en aquella habitación. Cuando ya estaba pensando que no había sido una buena idea venir y meditaba marcharse, una voz que salía de detrás de las cortinas lo detuvo.

—¡Dios os bendiga!

Verdaguer se giró como quien se siente pillado haciendo una trastada.

Delante de él tenía a Antoni de Rocabertí, conde de Peralada.

Su hermano Tomàs iba y venía de París, donde pasaba largas temporadas, y su hermana, Joana Adelaida, había decidido instalarse en Mallorca, acompañada por los dos tíos solteros.

Por lo tanto, Antoni ejercía plenamente su título nobiliario.

—Buenos días tengáis, señor conde —respondió el sacerdote con una leve inclinación de cabeza, a modo de reverencia.

—Oh, no, mosén, por favor; llamadme por mi nombre: Antoni.

El conde era un ferviente admirador de la poesía de mosén Jacint Verdaguer.

—Sentaos, sentaos, por favor. ¿Os apetecería algo de beber?

—Solo un poco de agua.

El conde hizo sonar una campanilla y al instante apareció una sirvienta que traía una bandeja con una jarra y dos copas de cristal.

—Cuando mi buen amigo Estanislau Vayreda me hizo saber que estabais en el santuario del Mont, le pedí que intercediese para invitaros al castillo antes de que fuera demasiado tarde.

—Sí. De hecho, ya estoy a punto de irme.

—¿Habéis estado a gusto? ¿Habéis podido trabajar con tranquilidad?

—Desde luego que sí. Han sido unos días excepcionales. Y únicos, estoy seguro. —Por el gesto que hizo el poeta, el conde interpretó que lo decía con segundas.

—¿Qué queréis decir? ¿Acaso os ha pasado algo? —preguntó preocupado.

Verdaguer dio un trago y respondió:

—La noche que viví la semana pasada en el Mont me marcará para siempre, toda la vida.

Rocabertí hizo un gesto con los brazos abiertos que invitaba al poeta a explicarse. Verdaguer comenzó su relato:

—Solo unos instantes antes de que pasara aquello que tenía que pasar, no podía dejar de pensar en todos y cada uno de los buenos momentos que allí había vivido.

Tenía un grato recuerdo de esos días de verano fértiles, espléndidos, creativos, preñados de buenas sensaciones que había pasado en el Mont.

Había sido todo tan excepcional e irrepetible que apuraba las últimas horas de tranquilidad y de paz que me ofrecía el santuario, un lugar al cual había llegado aconsejado por mi buen amigo Pere Alsius.

Verdaguer buscaba un lugar donde pudiera ser creativo.

Y siguió la recomendación del farmacéutico e historiador de Banyoles Pere Alsius, que acababa de escribir una reseña sobre el santuario de la Mare de Déu del Mont, y se había dejado convencer para ir allí sin ofrecer mucha resistencia.

«Cinto —le había dicho—, este es el lugar elevado, el mirador que buscas para contemplar el Canigó y al mismo tiempo tener tranquilidad para escribir: el santuario de la Mare de Déu del Mont.

Es un mirador incomparable del Pirineo desde el mar hasta la Cerdanya, coronado por el macizo del Canigó. »

—Aprovechaba los días para hacer diferentes excursiones por la montaña y, lápiz en mano, recogía dichos y leyendas de pastores y campesinos que rondaban por aquel entorno boscoso que me tenía fascinado y al mismo tiempo me abrumaba.

Es un lugar a medio camino entre la espesura salvaje y amenazante y el paisaje majestuoso y evocador.

No tardé en darme cuenta de que por los alrededores de la montaña abundaban los ancianos de ochenta y noventa años, y, de hecho, cerca de la ermita de la Virgen conocí a una mujer de la que mosén Comadevall, el sacerdote custodio del santuario, me confirmó que tenía ciento tres años.

Iba a misa con gran ligereza todavía y, ayudada por una retorcida raíz de sabina, se movía por los caminos pedregosos como una cierva.

»Sorprendido, un día que la vi subir hacia la iglesia me acerqué y la felicité por su longevidad.

»“¡Dios os bendiga!”, la saludé levantando una mano. “Da gusto veros, porque os conserváis la mar de bien. Deben de ser el aire sano de la montaña y las comidas que hacéis lo que supongo que os permite ir sumando años de experiencia.”

»“¡Ay, mosén! Yo ya no sé qué es lo que nos mantiene vivos”, me dijo aquella venerable anciana mientras se pellizcaba la riñonada, “a pesar de que tenemos todos los males habidos y por haber...”.

Bajó la voz y, como si se tratara de un secreto confiado al amparo del confesionario, añadió guiñándome el ojo: “Es que hemos hecho un pacto con el diablo, mosén”.

Y me lanzó una sonrisa que no supe interpretar.

Rocabertí le interrumpió:

—Por la forma en que la describe, mosén, es como si la conociera —le indicó—.

Muy cerca de aquí, en Garriguella, había vivido una mujer idéntica a la que acaba de retratar.

Se habían hecho correr muchas versiones de su historia, y uno de esos relatos aseguraba que se había escapado de un sanatorio a las afueras de Barcelona donde trataban a los endemoniados.

—¡La Escuela de la Virtud! Lo conozco. Era un sanatorio que se levantaba junto a la ermita de la Santa Cruz, en el barrio de Vallcarca, a las afueras de Barcelona.

Lo dirigía un antiguo carmelita, el padre Francesc Palau, pero el obispo lo hizo cerrar.

Esta mujer, como muchos de los que allí estaban encerrados, debió de huir la noche en que el vicario general subió para abrir las puertas —supuso Verdaguer.

—Seguramente —añadió Rocabertí—. Nadie sabía su nombre, pero todo el mundo la llamaba la Malaveïna. Era más vieja que el andar a pie y, desde tiempos remotos, practicaba el arte de la hechicería. Entre el populacho había gozado de mucho predicamento.

Y no pudo evitar pensar que entre la nobleza también. Su padre, el difunto conde de Peralada, había sido un cliente asiduo. Rocabertí continuó:

—Mucha gente se había curado gracias a sus brebajes, pociones y hechizos.

Algunos aseguraban que eran tan efectivos por la influencia del demonio, aunque ella juraba y perjuraba que no tenía relación alguna con el diablo y que no practicaba ni conjuros ni maleficios —explicó, recordando el aquelarre que Alba y él habían presenciado años atrás—.

Pero os puedo asegurar que la relación existe.

—El señor Alsius de Banyoles ya me había advertido de la singularidad de estas tierras y, sobre todo, de que era muy cierto que detrás de cualquier persona, animal o cosa que se moviera por la falda del santuario del Mont se escondían una o varias leyendas.

Verdaguer prosiguió: