Malavecina 17 #2
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Oller hizo una pausa dramática y concluyó:

—Haz de tus jardines, que son un bosque, un lugar para soñar, un lugar al que todo el mundo quiera venir.

Rocabertí entendía lo que le sugería el hombre a quien en París ya conocían como el emperador de la diversión, y pensaba que los jardines del castillo podían ser esa oferta alternativa a la música, el canto y el baile que se programase en el teatro.

El jardín podía ser La Casa de los Sueños, aquel lugar mágico donde los asistentes tuvieran la oportunidad de pasear antes o después de los conciertos y conectar con la naturaleza.

Pero también con la magia de un espacio onírico que abonaría el terreno del deseo, de los sueños, de la creación y de la libertad.

Aquel jardín había sido diseñado para ser, de hecho, un bosque que —como defendían los antiguos— fuera un lugar donde realidad y fantasía se entrecruzasen y se situaran en un mismo plano.

Un paraje donde historias, leyendas y recuerdos se confundiesen entre los árboles y la espesa maleza de los matorrales.

—Si lo haces bien, correrá la voz de que los sueños se pueden hacer realidad en tus jardines —le aseguró Oller.

—¡Tienes razón, querido Josep! En estos jardines no quiero que nadie se sienta ni cohibido ni insignificante, al contrario —dijo Rocabertí—.

Mi intención es que sirvan para meditar sobre la vida y sobre la felicidad y, por tanto, que la gente se sienta libre y se deje llevar para poder conseguir lo que se proponga.

El conde no osaba compartir sus recuerdos con Oller, pero la memoria le llevó a visualizar los momentos más felices de su vida.

Porque precisamente los había experimentado en el bosque.

Allí, como si se tratara de un cuento de hadas, se habían amado Alba y él, y daba gracias a los árboles y a las criaturas de los bosques, que con su tupida sombrilla de hojas les habían protegido de miradas inquisitivas.

Hasta que la naturaleza siguió su curso y dio a luz al fruto de su amor, prohibido.

Una hija que Antoni no sabía que tenía.

Al margen de los jardines, Rocabertí también le contó a Oller que empezaba a despuntar otro proyecto en Peralada: una obra educativa que iba más allá de sus dominios y que trascendía el pueblo y, por extensión, toda la comarca.

El arte y la cultura prosperarían alrededor del castillo con la apertura de dos escuelas, en una de las cuales se enseñarían las primeras letras y las asignaturas del grado superior, además de algunos oficios manuales, especialmente las artes gráficas y el dibujo.

Y en la otra los niños aprenderían música, solfeo y canto.

El premio final era que el conde regalaría a cada uno de los alumnos el instrumento que hubieran aprendido a tocar y a dominar.

El objetivo era formar una orquesta, una cobla, una banda de músicos que pudiera difundir la buena música desde Peralada al mundo.

Quería acercar la enseñanza y la cultura a todo el mundo, sobre todo a los niños y las niñas, que eran el futuro.

Muy cerca del castillo, en el pueblo de Espolla, ya hacía un tiempo que los niños recibían este conocimiento.

—María Antonieta de Austria, la reina consorte de Francia, llevaba siempre una hoja de patata en el escote para presumir de este tubérculo. La flor tiene una corola de cinco pétalos, blancos o violetas, con unos estambres amarillos muy visibles.

Los alumnos de Antoni Balmanya, de la escuela de Espolla, abrieron los ojos y se quedaron boquiabiertos en señal de sorpresa. Aquel hombre tenía la capacidad de estimular su curiosidad.

Balmanya se acarició la barba y los bigotes blancos, que llevaba bien recortados, y se metió los dos dedos índices en los bolsillos laterales del chaleco para seguir hablando mientras paseaba entre los pupitres del aula.

—Por eso también se adornaba el cabello con estas flores.

Y cuando el mismísimo rey Luis XVI empezó a pasearse con esta flor en la solapa, las pusieron de moda entre las cortesanas.

¿Os imagináis a todo el mundo yendo con la cabeza llena de flores de patata?

—E hizo el gesto tocándose su cabello blanquecino, como si llevase una corona de flores.

Los alumnos se reían.

—En un primer momento aquello fue considerado una excentricidad botánica, y los reyes y los aristócratas plantaban patatas en sus jardines, como si fuera una planta exótica, para presumir de ello.

No ha sido hasta ahora cuando se ha convertido en un alimento básico —concluyó mientras se ajustaba el lazo de la pajarita que llevaba al cuello, la cual le confería un aspecto distinguido.

Y añadió, con la socarronería que lo caracterizaba:

—Eso sí, la hoja de patata en el escote le debía de picar una barbaridad a María Antonieta, porque es sumamente rugosa. ¡Para presumir hay que sufrir! —sentenció desde detrás de su mesa, presidida por un globo terráqueo.

—¡Señor Balmanya!

Un alumno levantó la mano para hacerle una pregunta y el maestro lo invitó a hablar.

—Nunca he visto una flor de patata.

—Me viene muy bien que hagas esta observación, Salvadoret. Debo deciros que la semana que viene tendremos el honor y el privilegio de visitar los nuevos jardines del castillo de Peralada.

Se despertó una gran expectación entre el alumnado.

—Los condes quieren que estén abiertos a todo el mundo, para que puedan ser visitados y para que se pueda aprender de la enorme diversidad de plantas, árboles y flores que albergan. ¡Este es un mundo con un lenguaje propio que hay que conocer!

Antoni Balmanya incitaba a sus alumnos a aprender experimentando.

Experimentación y cooperación. Su sistema consistía también en favorecer que los alumnos mayores o más espabilados ayudaran a los más pequeños o lentos.

Desde que había llegado a la escuela de Espolla, tanto él como su mujer, Maria Carlas, que era la maestra de la escuela de niñas, trabajaban en esa dirección.

Creían que una de las mejores maneras de aprender era mediante la observación directa tanto de la naturaleza, en ciencias naturales, como del patrimonio, para la arqueología y la historia.

Balmanya era un hombre de ideas carlistas e iba en contra de la oficialidad liberal del momento.

Era producto de una inquietud de la sociedad, sensible al valor de la educación como herramienta de promoción y dinamización social y económica.

El maestro se desvivía por compartir el conocimiento con todos sus alumnos.

Y cuando supo que los condes de Peralada apostaban por que todo el mundo pudiera acceder a la cultura, no se lo podía creer.

Y más en un momento en el que la educación no era una prioridad ni para las autoridades ni para las familias.

Así se lo había contado a Maria, su mujer, la noche anterior mientras cenaban:

—Ha venido a verme el administrador de los condes, Antòniu Tomàs. El conde ha invitado a la escuela a visitar los jardines.

—¿Qué dices?

—Tal como lo oyes. Ya había oído decir que el señor conde tenía un espíritu filantrópico, humanista, generoso, y que en el castillo se quería potenciar la actividad cultural, ¡pero esto me parece extraordinario!

—exclamó exultante. Y continuó—: Tomàs me ha dicho que ya ha recibido a los primeros alumnos de la escuela de primeras letras, y que es gratuita.

Su voluntad es garantizar un futuro a tantos niños como pueda.

—¿Ahí, en el palacio?

—¡Sí, sí! Una escuela que combina la enseñanza básica con la de las artes y oficios, las artes plásticas, el teatro, la música, la gimnasia y la jardinería.

—¡Pero eso será extraordinario!

—Ya lo creo. Y se ve que a los alumnos de la escuela de música, al terminar los estudios, los obsequiarán con el instrumento con el cual hayan estudiado.

—Antoni, todo esto está muy bien, es muy loable, pero...

¿cómo se las va a arreglar para tener alumnos?

Si a nosotros nos cuesta Dios y ayuda hacer entender a los padres que sus hijos deben saber leer, escribir y hacer números...

¡No quiero ni pensar cómo los convencerá para que sean artistas y no campesinos!

—Maria, este hombre sabe lo que se hace —afirmó Balmanya, convencido.

—¿Por qué lo dices tan seguro?

—Porque no les hace elegir entre la herramienta y el instrumento.

—¿Cómo?

—Y ya les ha buscado un estímulo.

—¿Cuál?

—Se ve que, para conseguir que las familias de los chicos acepten que su hijo puede ganarse la vida igual de bien con un fiscorno en las manos que con una azada, les ha propuesto un negocio redondo.

El maestro de Espolla hizo una pausa que añadió más trascendencia a lo que estaba explicando.

—¡Les ha garantizado que quienes consigan tocar en la orquesta tendrán derecho a disponer de un huerto, a trabajarlo y a quedarse con lo que produzca! ¡Me ha parecido sensacional! —aplaudió Balmanya—. ¡Los chicos que pasen por la escuela de música tienen que estar profundamente agradecidos!

—¿Y no será que el conde busca comprar su obediencia y su fidelidad con esto? —preguntó su mujer.

—No lo creo. Quienes le conocen dicen que es una persona altruista, desprendida y generosa.

Que lo mueve el espíritu filantrópico para ayudar a estos chicos a labrarse un futuro.

Tal como yo lo veo, primero les proporciona una doble formación: musical y académica.

Y después, su paso por la escuela los reviste de una gran humildad y responsabilidad: dependen de su trabajo.

Les dota de un sentido de pertenencia a un grupo, a un conjunto, con unas normas que hay que seguir, y eso los hace leales y honestos.

Orgullosos de hacer lo que hacen. Comprometidos con la disciplina.

¡¿Y no me negarás que eso les servirá tanto para estar en el huerto como en el escenario? ! —Balmanya le guiñó un ojo a su mujer.

Maria iba asintiendo con la cabeza para expresar que estaba plenamente de acuerdo con lo que acababa de exponer su marido.