17
Un hombre envuelto en una capa se esforzaba en hacer saltar una chispa golpeando dos piedras cerca de unos arbustos resecos y escuálidos, junto al muro que limitaba los jardines del palacio con el bosque. Al tercer intento, lo consiguió.
Las chispas prendieron en los arbustos y rápidamente empezaron a convertirse en llama.
El vigor de las lenguas de fuego le iluminó el rostro y dibujó una sonrisa de satisfacción mientras huía amparado por la oscuridad, pensando en el escarmiento que aquello provocaría a los condes y, de paso, en el bien que haría a la comarca.
Después de que las primeras llamas empezaran a propagarse, lo que se percibió enseguida fue el inconfundible aroma de la combustión, que se extendía como una invasión sutil por el sotobosque y trepaba de inmediato por las ramas de los árboles y las plantas que habían arraigado hacía poco.
Mientras tanto, densas columnas de humo se alzaban del suelo y volvieron opaco un cielo que solo unos instantes antes estaba tapizado de estrellas.
El fuego devoraba furioso el jardín y las chispas saltaban de las ramas a los matorrales con una rapidez aterradora.
Estaba rodeando la obra del paisajista francés.
Una vez que el bosque se hubo rendido, toda la extensión de plantas medicinales y aromáticas se consumió, convertidas estas en antorchas naturales.
Los troncos de pinos y encinas no podían protegerse, desprovistos de pinchos, aguijones, púas o aristas para hacerse fuertes ante la amenaza inminente que los calcinaba.
Sin armas para defenderse de la salvaje ofensiva de la lengua roja y ardiente, los árboles ardían como espíritus atormentados, y su castigo dotaba de una extraña belleza a aquella noche que sería trágica.
El fuego se expandía deprisa porque el viento que soplaba avivaba las llamas.
Se dio la alarma y las campanas del convento del Carmen repicaron para que todos, dentro y fuera del palacio, corrieran a intentar sofocar un incendio desatado y desbocado por la tramontana.
El fuego redobló su furia, empujado por un viento que atizaba las llamas como si fueran siniestras bailarinas que, a través de aquella danza diabólica de colores y vapores sulfurosos, se habían apoderado de buena parte del jardín y lo habían reducido a ceniza aún humeante.
El viento que había atizado las llamas que calcinaron los viñedos también había empujado el humo y las cenizas hasta el claustro del monasterio.
Cada rincón estaba empapado de aquel hedor, y el convento no se había quedado al margen.
Costaría que aquel tufo se fuera. Se escurrió por los orificios nasales de aquel personaje que pisaba por primera vez las tierras de los condes de Peralada.
Venía de París. Y había venido a ver a los Rocabertí para darles ideas.
Antoni lo esperaba en la explanada, delante de la torre del castillo, con las mangas de la camisa arremangadas, la cara tiznada y los ojos rojos por el humo.
Hacía ya un par de años que la conexión ferroviaria entre Francia y España se podía realizar mediante transbordo, haciendo pasar a las personas y mercancías que venían en un tren francés a otro español con el que podían proseguir el viaje, desde Cervera de la Marenda hasta Portbou y de allí hasta la capital ampurdanesa.
El visitante se disponía a bajar de la berlina que lo había llevado desde la estación de tren de Figueres hasta Peralada.
Se colocó el sombrero mientras se ajustaba la pajarita roja que llevaba anudada al cuello de una camisa blanca, la cual brillaba en contraste con el traje negro con chaqueta que le confería un aspecto distinguido.
La barba y el bigote blancos, pulcramente recortados, también contribuían a darle a su rostro esa aura de distinción.
Se apoyó en un bastón con puño de ébano y hueso, virola de plata y palo de haya negra.
Era Josep Oller, un empresario de Terrassa.
Rocabertí y Oller habían coincidido en las carreras de caballos y en los ambientes selectos de París.
—¡Josep! Siento darte la bienvenida en estas circunstancias, pero... —Y abrió los brazos para mostrarle la magnitud del desastre.
—A mí sí que me sabe mal... —contestó, compungido, Josep Oller, repasando el desolador paisaje que tenía a su alrededor, presidido por una fina capa de polvillo ceniciento—. Pero ¿tú estás bien? ¿Qué ha pasado?
—Parece que hay un grupo de personas que no están de acuerdo con todo lo que estamos impulsando desde Peralada.
—¿Por qué?
—Porque opinan que queremos imponer el pensamiento francés frente al autóctono. —Chasqueó la lengua—. Ya intentaron sabotear la llegada de plantas y árboles hace unos meses, pero lo de hoy... —Y soltó un bufido.
Se le veía cansado. Todo aquel ajetreo empezaba a pasar factura a su ya de por sí delicada salud. Pero añadió, con un punto de optimismo:
—A pesar de todo, tengo que reconocer que hemos llegado a tiempo y las llamas no han causado tanto daño como pensábamos.
—¡Me alegro!
—Déjame que me cambie y tú instálate sin prisa; nos vemos en la biblioteca dentro de media hora.
—Hagámoslo así, no te preocupes.
El empresario de Terrassa había triunfado en París tras tener la brillante idea de reglamentar el sistema de apuestas.
Bajo el Gobierno de Napoleón III, París se había entregado a una vida fácil, las costumbres se habían relajado y el juego y la fiesta eran permanentes.
Oller había ideado un sistema de apuestas, llamado pari mutuel , cuya originalidad consistía en juntar todas las apuestas de un tipo determinado en un fondo común que, previa deducción de la remuneración de las sociedades organizadoras de las carreras, del operador técnico de las apuestas y de los impuestos correspondientes, era redistribuido entre los ganadores en proporción a sus participaciones.
Este sistema triunfó en Francia, e incluso fue adoptado en los Estados Unidos de América.
No obstante, hacía dos años que Oller se había visto obligado a cerrar las apuestas mediante el sistema pari mutuel .
La justicia francesa había prohibido jugar dinero en las carreras de caballos y el Gobierno lo perseguía por actividad ilegal.
Pero, lejos de amedrentarse, Oller se rehízo con una iniciativa que los parisinos recibieron con los brazos abiertos: hacía un año que, junto con el famoso cómico del teatro del Palacio Real Jules Dumont, conocido como Brasseur, había abierto el Teatro de Novedades, coincidiendo con la inauguración de la Exposición Universal de París, en mayo del año anterior.
Oller, que ya había triunfado con las Fantaisies Oller, un local predecesor del music-hall , tuvo la visión de abrir las puertas de su establecimiento cuando París estaba repleto de gente con ganas de diversión.
Y triunfó, como le sucedía con casi todo lo que se proponía.
Por este motivo, y por la amistad que les unía, el conde lo había invitado a Peralada para enseñarle los jardines y pedirle consejo para poder llenar de cultura aquel estallido de naturaleza.
El incendio no truncaría, ni mucho menos, la voluntad firme y decidida de los Rocabertí.
Sentados en unos grandes sillones de cuero, junto a la chimenea que había en el extremo norte de la biblioteca, los dos hombres intercambiaban opiniones.
—Mi idea, Josep, sería crear un festival con óperas, zarzuelas, comedias y vodeviles, como me consta que tú con tanto éxito ofreces en París.
Oller asentía con la cabeza mientras chupaba la boquilla de la pipa que se acababa de encender hacía apenas un instante.
—Me parece una buena idea. De todas formas, Antoni, si quieres montar un festival, intenta acompañarlo de algo más que de música. —Y soltó una nube de humo que impregnó la salita con un aroma mezcla de pino y resina.
—¿Qué quieres decir? ¿A qué te refieres?
—La gente quiere escuchar música, es cierto, pero también quiere diversión y experiencias nuevas, diferentes. Mira —lo ilustraba Oller—, ¿sabes qué es lo que triunfa ahora en París?
Rocabertí sacudió la cabeza de derecha a izquierda.
—La cabeza de la colosal Estatua de la Libertad de Bartholdi y Eiffel.
—¿Qué dices? —Rocabertí alzó las cejas en señal de sorpresa.
—Tal como lo oyes. Lo que debía ser un regalo para Estados Unidos por parte del Gobierno francés para celebrar el centenario de su independencia y las buenas relaciones con Francia se ha convertido en la atracción de la exposición.
¡Y de toda la ciudad! —sentenció Oller—.
El público está entusiasmado porque, como la cabeza está hueca por dentro, se puede acceder a su interior.
Se forman larguísimas colas para entrar.
Aquí tienes el ejemplo: experiencias nuevas y diferentes.
Se tocó la sien con el dedo y continuó:
—Piénsalo, Antoni. La programación musical tiene que ser excelente, pero no olvides la parte de espectáculo, la más popular, la que llega a todo el mundo.
¡Para todos los públicos! Si lo haces así, será un éxito garantizado.
¡Créeme! ¡Estos jardines que tienes, yo los convertiría en La Maison de Rêves!
—exclamó entusiasmado—. ¿Recuerdas El sueño de una noche de verano ?
Rocabertí asintió.
—William Shakespeare nos regalaba un sueño a través de un cuento de hadas que tiene lugar en el bosque.
Piénsalo, mon ami —insistió Oller—. A través del bosque podemos adentrarnos en lo misterioso y fantástico, pero también en el deseo y el sueño.
El bosque es el mundo de la imaginación, de la fantasía, y allí tienes la materia prima para expresar deseos, sueños e ilusiones.
Oller continuaba:
—Decía Jean-Jacques Rousseau: «Para el alma del ser humano es frustrante vivir en la duda sobre aquellas cosas que quiere y desea conocer.
Y, por tanto, prefiere engañarse a no creer en nada.
Inventarse una historia, aunque sea fantástica pero verosímil, creíble, antes que no tener nada en qué creer. Soñar».