Malavecina 16
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Joan de Can Quelic estaba a resguardo, bajo los arcos de la plaza porticada, envuelto en una capa que llevaba calada hasta debajo de los ojos para protegerse del frío.

Hacía guardia ante el local que regentaba su hijo.

Quería hablar con Marçal, pero esperaba a que los últimos clientes se fueran, o, mejor dicho, a que los echaran del establecimiento porque iban muy bebidos y había peligro de que montaran un cristo.

Los gritos de los borrachos ya se perdían calle principal abajo cuando Joan entró en la taberna. Marçal estaba recogiendo las últimas jarras de las mesas y trabajaba de espaldas a la puerta, y cuando la oyó tintinear exclamó:

—¡Ya estáis aquí otra vez! ¿Queréis largaros de una vez...? —Volvió la vista hacia la puerta pensando que eran los clientes embriagados que volvían, pero se encontró con su padre, que lo saludaba levantando una mano—. ¿Qué haces aquí a estas horas? —preguntó sorprendido, frunciendo el ceño.

—Tengo que hablar contigo, hijo —anunció Joan con tono grave.

—Tú dirás —respondió Marçal sin dejar de faenar. Había apartado las jarras detrás del mostrador y se disponía a limpiar las mesas. Algunas estaban llenas de migas; otras, pegajosas por el vino que se les había derramado encima.

—¿Puedes dejar lo que estás haciendo, por favor?

Lo que tengo que decirte es muy importante —le advirtió Joan, sentándose abatido en un taburete junto a la chimenea, donde un par de troncos se habían consumido lentamente y ahora apenas humeaban, reducidos por el paso de las horas a un montón de ceniza.

—Sí, por supuesto —concedió solícito Marçal—. ¿Quieres algo de beber?

—No, gracias, hijo.

—¿Qué pasa, padre? Te veo preocupado. ¿Va todo bien? —le preguntó mientras cogía un taburete y se acercaba al fuego.

Se hizo el silencio.

Joan contemplaba unas llamas que justo acababan de reavivar momentáneamente aquel fuego. Levantó la vista hacia su hijo. Respiró hondo por la nariz y expulsó el aire por la boca como si estuviera muy cansado.

—Marçal, si no hay nada que lo impida, y en principio no lo habrá, los condes quieren que sea el jardinero de palacio —anunció sin ninguna ilusión.

A Marçal se le aceleró el corazón.

—¿Y cómo es eso? —preguntó con la expresión de la cara contraída.

—Los condes me lo han propuesto porque tienen otros planes para las fincas de Garriguella.

Al lado del palacio, los terrenos del Bosque del Conde, con sus diferentes huertos y campos de árboles frutales, los permutarán por tierras y pajares a pequeños propietarios del pueblo, porque van a hacer unos jardines muy grandes.

Me han ofrecido que viva en la casa del jardinero, que están haciendo dentro del recinto del castillo.

—¿Te lo han propuesto o te lo han impuesto? ¿No podías negarte? ¿Y qué pasará con la finca de Can Quelic? —bombardeó a preguntas a su padre con un tono desafiante.

—No ha sido una imposición, pero la verdad es que no, hijo, no me puedo negar. De hecho, desde que falta tu madre la casa es tan grande que se me viene encima, y aunque todavía no he aceptado, creo que no me queda otra —reconoció Joan.

—¡Ja! —exclamó Marçal—. ¡Ya me lo imaginaba!

—Y con la mano derecha se agarró con fuerza la entrepierna—.

Ahora te tendrán bien cogido por los huevos y te obligarán a hacer lo que quieran, como quieren hacer con todos los pueblos de la comarca —añadió enfurecido, tirando al suelo, hecho un guiñapo, el trapo que llevaba atado a la cintura—.

Desde que han vuelto de París, los condes lo están tiñendo todo de francés, ¡todo!

¿Qué harán en la finca de Can Quelic, plantar variedades gabachas también?

¡Y eso de abrir escuelas para que los niños puedan recibir una buena educación!

¿Es que no les enseñan bien el señor Balmanya y su mujer?

¿No son lo bastante buenos nuestros maestros a pesar de que también dan clase en otros colegios?

El mismo Marçal se respondía, fuera de sí:

—¡No! ¡Todos tienen que estar cortados por el mismo patrón! ¡Todos tienen que llevar este sesgo afrancesado! —El hijo de Joan había estallado.

—De eso precisamente te quería hablar. Sé que estás con ese grupo que lucha contra los condes por su afrancesamiento... —Marçal alzó las cejas en señal de sorpresa—. Marçal, hijo, te pido que desistas y que, por una vez, aunque sea la última, hagas caso a tu padre.

Marçal negaba con la cabeza mientras Joan seguía hablando.

—Influye en el grupo para hacer que cambien de opinión.

—¿Acaso te han enviado ellos para asegurarse de que así obedeceré lo que me digas?

—No, Marçal, no me envía nadie. Soy yo quien te lo dice. Te puedo asegurar que todo lo que hacen y lo que quieren hacer solo repercutirá en el bienestar de todos.

Marçal seguía sin dar crédito.

—Además, es mejor no enfrentarse al poder de los condes. No sabes lo expeditivos que pueden llegar a ser, a pesar de sus refinadas costumbres —le advirtió Joan.

—¿Me estás pidiendo que me rinda, padre? ¿Quieres que abandone la lucha y traicione a nuestro pueblo por los dudosos intereses de los Rocabertí?

Marçal se levantó de un salto y le propinó una patada al asiento, que salió rebotado hacia la puerta.

—Padre, por favor, ¡no me lo puedo creer!

Eso no es lo que nos enseñaste a mi hermana y a mí, ¿te acuerdas?

—exclamó, reprochando a su padre aquella actitud servil, porque mostraba una sumisión absoluta—.

¿Te acuerdas? Nos decías: «¡Hijos míos, luchad por lo que creéis, no os dejéis doblegar, no os dejéis arrebatar el bien más preciado del ser humano: su libertad!

». —E insistía, invitándolo a hacer memoria—: ¿Te acuerdas, padre?

Marçal hizo una pausa para que Joan de Can Quelic recordara aquellas palabras que años atrás les había inculcado.

—¿Quieres hacerme creer, padre, que te dejarás engañar por este hombre que solo busca su gloria sin mirar los perjuicios reales que esto conlleva para los hombres y mujeres que viven en Garriguella, en Espolla, en Vilajuïga, en Peralada, en el pueblo que sea de esta maldita comarca? —le preguntó con amargura.

—Marçal, confía en mí, ¡tiene que ser así! —respondió Joan, convencido—. Esta vez los cambios vienen de Francia. No siempre tiene que ser malo lo que venga del otro lado de los Pirineos.

—¡Tiene que ser así, tiene que ser así! —repitió Marçal gritando—.

¡Será como nosotros queramos! ¿Por qué tienen que marcar nuestros designios desde palacio?

¿Por qué no podemos ser libres? ¿Por qué tenemos que vivir en esta sumisión, casi vasallaje?

No quiero que nos sometan, padre. Y eso, someternos, es lo que acabará haciendo ese condenado conde y toda su corte, que sois vosotros...

Y si no, ¡tiempo al tiempo! —auguró Marçal.

—Te guste o no, los condes de Peralada son los dueños de estas tierras y lo único que hacen es promover la educación y la cultura. ¿Eres consciente de quién nos dio el permiso para abrir esta taberna? —le recordó a su hijo.

—¡Sí, y ojalá nunca nos lo hubieran dado! ¿Hasta cuándo tendremos que ir pagando los favores concedidos por el palacio? Ya se lo cobran de otras maneras. ¡No creo que eso formara parte del trato!

—Hay tratos que no hace falta firmar, con dar la palabra es suficiente. Y yo la di por ti.

—Padre, haz lo que quieras, pero yo no pienso claudicar. No puedes obligarme —le espetó.

—Tienes razón, hijo, yo no puedo obligarte, pero las leyes sí.

Y, suavizando el tono, se acercó a Marçal, le puso la mano derecha sobre el hombro y le dedicó una sonrisa sincera.

—Hijo, si el sargento de la Guardia Civil me pregunta, no me obligues a ir en contra de mi sangre —le imploró, casi suplicándole.

—Haz lo que tengas que hacer, padre, que yo haré lo que crea que debo hacer —replicó impertérrito Marçal.

Acto seguido se apartó y, con una mirada fría y distante, se despidió:

—Ahora, si me perdonas..., todavía tengo mucho trabajo antes de cerrar. —Y lo dejó pensativo frente al fuego, que ya se había apagado—. ¡Buenas noches, padre! —dijo mientras se iba detrás del mostrador.

Joan se levantó encogiéndose de hombros, agarró la puerta y, antes de salir de la taberna, se giró para mirar a su hijo.

—Buenas noches, Marçal.

Y, negando con la cabeza, se fue hacia casa con la mirada baja y preocupado por dos motivos.

En primer lugar, porque, aunque no quería, podía imaginarse cómo acabaría todo aquello.

Y después, porque no sabía de dónde salía aquel odio contra el conde de Peralada.

Le daba la impresión de que, detrás de aquel sentimiento antifrancés, había alguna otra razón.

Marçal había incubado aquel odio desde hacía treinta años.

Al principio no era un sentimiento de malquerencia, sino de rabia y repugnancia.

Poco a poco, el odio se había ido gestando dentro de él, pero nadie le había prestado atención.

Entonces él solo era un niño, pero había seguido toda la historia desde el principio.

De hecho, fue el primero que supo que su hermana y el hijo mayor de los condes estaban enamorados, y les siguió aquel día en que, amparados por los árboles del bosque, se entregaron el uno al otro.

Y cuando Alba volvió a Can Quelic, Marçal le dijo que los había visto.

Muy contento, le había preguntado si se casarían e irían a vivir al castillo.

Su hermana, riendo, le dijo que no, que de momento se lo quitara de la cabeza, que si acaso ella y Antoni se casaban, entonces sí que vivirían allí.

Añadió que él no tenía por qué sufrir, que cuando ella fuera condesa podría ir siempre que quisiera y hacer lo que le viniera en gana dentro de los vastos dominios condales.

Aquella ilusión, sin embargo, se vio truncada cuando Marçal fue testigo de la conversación que su padre y el administrador del conde tuvieron la noche en que Alba se fue de casa.

Se había despertado por un fuerte dolor de barriga y había corrido a la cocina; antes de llegar, oyó que su padre abría la puerta y discutía con el enviado de palacio.

Decidió mantenerse escondido y entonces escuchó la orden de los condes en caso de que su padre no claudicara.

Marçal no podía creérselo, y lloró y lloró.

Por su hermana y su hija, por sus padres y por él mismo.

Y en aquel preciso instante se prometió que algún día se vengaría de aquella decisión tan injusta.

Guardó la determinación en su interior, en secreto, pensando en ello sin parar hasta que pudo satisfacerla.

Latente. Sin dejar que se manifestase, pero mientras tanto preparaba aquel día minuciosamente, en silencio, a la espera del momento adecuado.

Había podido constatar que en el pueblo había ciertas personas que también desconfiaban o recelaban de los condes por diversos motivos.

Y no costó mucho hacerles comulgar con sus ruedas de molino y que estuvieran a favor de darles un escarmiento, si se diera el caso.

Ahora que los Rocabertí se habían vuelto a instalar en palacio y querían imponer, a través de los jardines y las escuelas, el afrancesamiento del que siempre habían renegado, Marçal vio que había llegado la hora de hacer justicia por el honor de su hermana y su pobre hija.