15 #2
—Terminada la guerra, Rimbau llegó a ser gobernador del castillo de Figueres.
Y de los franceses no se ha querido saber nunca más nada, ni en Garriguella ni en ningún lugar de la comarca.
Por eso te digo que, entre estos condes tan afrancesados que tenemos y ese gabacho que corre por Peralada y que lleva el timón de la construcción de los jardines, todo esto acabará mal.
—¿Qué dices? ¿Los condes, afrancesados? ¿Y el gabacho? ¿A quién te refieres, a monsieur Grant?
Cintu asentía con la cabeza.
—¡Oh! Conozco a unos cuantos que no están muy de acuerdo con que estos francesitos vuelvan a poner los pies aquí. Porque solo traen problemas.
En ese momento, Marçal, que había estado pendiente de la conversación, le dio la espalda y salió de detrás del mostrador en dirección a la despensa. Cintu continuó:
—¿Recuerdas qué pasó con la plaga? ¿Quién trajo el mildiu a nuestros viñedos? ¡Rayos y centellas! ¡Malditos gabachos! —renegó mientras chasqueaba la lengua—. ¿Los franceses? ¡Ni hablar! —Y escupió al suelo.
—¡No, hombre, no! —respondió Joan, y le hizo un vaticinio—: ¡Mira lo que te digo, Cintu, que de estos jardines y de todo lo que saldrá de ellos vas a oír hablar! ¡Y mucho! ¡Tiempo al tiempo! —Y dirigiéndose al dueño del bar gritó—: ¡Marçal! ¡Te lo dejo aquí encima!
Tiró los cinco céntimos que costaba el carajillo sobre la barra y salió por la puerta haciendo tintinear la campanilla mientras Cintu se volcaba en su solitario.
El de Can Quelic no podía evitar darle vueltas a las palabras de Cintu y a la historia que había oído antes sobre la Mercadera.
Que Garriguella había vivido una época convulsa cuando habían llegado los franceses, tiempo atrás, era una realidad.
Que era un sentimiento que, a pesar del paso de los años, no se había llevado ni la fuerte tramontana, también.
Y ahora la presencia de un francés, Grant, el hombre de Duvillers, en una Peralada afrancesada por la manera de hacer y de pensar de los condes, y en una comarca antifrancesa, quizá sí que podía desatar de nuevo, entre algunos vecinos, aquella animadversión, aquella hostilidad contra los gabachos y los afrancesados.
Quizá sí que podía provocar tensiones y quebraderos de cabeza.
Pero Joan, que ya tenía una edad, pensó que no era para tanto y que no hacía falta preocuparse.
A medida que se acercaban a la posada de Cal Teixó, a las afueras de Figueres, el pulso de Marçal se fue acelerando. Él y cuatro compañeros más entraron en el local y pidieron.
—¡Una barreja ! —dijo uno de los chicos.
—¡Un sol y sombra! —pidió otro.
—¡Yo quiero un soldado! —exigió uno del grupo.
—A mí tráeme vino caliente —ordenó el último.
—Tenéis unos gustos bien extraños —observó Marçal—.
Quelet se bebe el vino bien caliente y Ton se toma un café con gaseosa, ¡un refresco de verano!
¡Madre mía! Está claro que... Yo con un coñac ya me apaño —le indicó al dueño de la posada—.
Y, por cierto, maestro —le preguntó al posadero—, ¿no sabéis si ha venido hoy Comanegra?
—Ahora debe de estar a punto... A esta hora siempre viene a tomar la barreja .
Pidieron un par de rondas más de moscatel con anís y ron con coñac, barreja , soldados y vino, caliente y templado, y cuando empezaban a servirles la cena se presentó en el hostal de Cal Teixó un hombre alto y grande como un roble, de cara redonda y mejillas sonrosadas, un color que hacía juego con la barretina que llevaba calada hasta las cejas.
La casaca azul oscuro le daba un aire militar y marcial.
El hombre entró con paso firme, con una mano fija en el mango de una podadera que llevaba fajada a la cintura.
Paseó la vista por las animadas mesas del hostal y, como por instinto, fijó la mirada en los ojos de Marçal, que desde que había entrado no había parado de examinarlo de arriba abajo.
Se levantó y decidió acercarse a él y presentarse.
—Dios os bendiga, soy Marçal... —y rectificó enseguida al ver que el hombre lo miraba de manera extraña—, de Can Quelic de Garriguella. Vos debéis ser Comanegra. —Y le tendió la mano.
El hombre de la barretina le observó atentamente, escrutándolo, estudiándolo de cerca con un semblante muy serio.
El corazón de Marçal latía con fuerza y le temblaba la barbilla.
Comanegra era el referente de la lucha contra los franceses, un hombre temido y admirado por sus acciones y convicciones.
De inmediato, sin embargo, el hombre esbozó una sonrisa cómplice. Se quitó la barretina y, dejando al descubierto su cabeza rapada, le tendió la mano y le dijo:
—¡Basíliu Comanegra! —Y mientras le agarraba la mano y se la sacudía con fuerza, amplió más la sonrisa y añadió—: ¡Cojones, no te pareces en nada a tu padre!
Pero tras el primer vistazo he pensado: «¡Esa mirada de pillo es inconfundible!
». —Y le dio un golpe en la espalda que le hizo tambalearse—. Y bien, ¿dónde está Joan?
—Mi padre está fastidiado —mintió Marçal. No estaba nada orgulloso de haber usado el nombre de su padre para conseguir verse con Comanegra. Sabía que habían sido amigos y se había valido de esos años de amistad para que accediera a reunirse con él.
—Caray, pues debe de estar muy fastidiado para no haber venido. Es de los que no se amilanan ante nada.
—Ha pillado una pulmonía con mucha fiebre —respondió rápidamente Marçal—. Pero ahora ya se está recuperando.
—¡Dale recuerdos! —contestó Basíliu—. ¡Y a ver si se recupera pronto, que en esta lucha debemos estar todos!
—Y alzó el puño—. Mira, mi padre siempre me decía: «Si a los treinta años no sabes y a los cuarenta no tienes, coge un capazo y vete a recoger estiércol».
¿Sabes qué significa esto, chico? Que ya estoy harto de recoger la mierda de los demás.
Y por eso celebro que hayas decidido actuar contra los franceses de Peralada.
Ha llegado la hora de empezar a velar por lo que es nuestro para que no nos lo quiten, ¿me entiendes?
Marçal sacudía la cabeza para mostrarle su convencimiento.
—Seguramente habrá muchos que te dirán: «¿Qué haces?
¡Pareces tu mulo, que huele su propio pis y se siente orgulloso!
¡No puedes estar satisfecho de un acto como el que queréis llevar a cabo!
». Ni les hagas caso —le advirtió—. Estate tranquilo, chico.
¡Estamos haciendo lo que debemos por el bien de nuestro país!
Y dicho esto, le entregó un saco.
—Aquí tienes las armas y la munición. Si lo necesitas, no dudes en usarlo. Si esto os sale bien, puede ser la semilla de un cambio; se puede dar la vuelta a muchas cosas. Y si no, Dios no lo quiera —se persignó—, lo volveremos a intentar. ¡Bien lo sabes!
—¿Y si nos pillan? —se atrevió a preguntar Marçal.
Comanegra se puso solemne, lo agarró por los hombros y le dijo:
—Si tienes miedo, no hables. Del árbol del silencio cuelga el fruto de la seguridad.
Pero si hablas y hablas desde el corazón, no tengas miedo, que tu ingenio te ayudará.
¡De esta boca seguro que sale un argumento que convence al más descreído en nuestra causa, que al final será la de todos!
¡Porque es por Cataluña por lo que luchamos! ¡No sufras!
Y después de aquel consejo, Comanegra se dirigió hacia la puerta y se fue.