Malavecina 15
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Una carreta destartalada, llena de trastos y utensilios colgando de los bordes, bajaba como un rayo en dirección a la plaza de Peralada.

Cuando entró en ella dio una vuelta completa y se detuvo en el centro, en medio del delirio colectivo.

La compañía de actores ambulantes que tenía por costumbre detenerse unos días en el castillo acababa de llegar.

Una multitud enfervorizada se arremolinó alrededor de la tartana, y de su interior salió un personaje que fue recibido por la numerosa concurrencia con una fuerte ovación.

Los gritos, los silbidos y los aplausos resonaron por todas las bóvedas de la plaza.

Llevaba unas medias moradas, un cinturón con una gran hebilla y una camisa blanca con los puños abiertos, con unos volantes bordados que hacían juego con el cuello.

El hombre se quitó el sombrero e hizo una reverencia al público, que le volvió a aplaudir todo el tiempo que estuvo con la cabeza gacha recibiendo aquel baño de masas.

Esperaban con deleite lo que tenía que anunciarles aquel personaje, quien se aclaró la garganta y se preparó para declamar en condiciones el verso:

—Estimados, ya estamos aquí de nuevo, gracias por venir. Os anuncio que esta semana saldrá de esta tartana la leyenda de una mujer largamente añorada: la Mercadera.

—¡Oooh! —Una larga y sonora exclamación a medio camino entre la sorpresa y el miedo subió desde el suelo de la plaza hasta los oídos de aquel actor.

—¡La vibrante historia de esta heroína de Peralada que hizo tronar y llover, pero que sobre todo atemorizó a toda la gabachada! La sesión será esta noche a eso de las diez. Si no queréis que os lo cuenten, os recomiendo que no faltéis. ¡Venga, hasta la vista!

Y, dicho esto, hizo otra reverencia retorciéndose sobre sí mismo, dio media vuelta de un tirón y desapareció dentro de la carreta rodeado de un gran alboroto que había estallado a los pies del carruaje.

Poco a poco el clamor se fue apagando, porque la gente que hasta ahora había llenado la plaza se dispersaba gradualmente y ya estaba pensando en la función de la noche en la plaza del pueblo.

Mientras se dirigía hacia casa, Joan de Can Quelic no pudo evitar escuchar la conversación que tenían dos hombres que iban delante de él. Uno le contaba al otro la historia de la Mercadera.

—¡Qué mujer aquella! Dicen que ocurrió durante la invasión francesa del Empordà, a raíz de los enfrentamientos entre Pedro el Grande y Felipe III de Francia, allá por 1285.

El francés acampó ante las murallas de Peralada, que en aquella época era el cuartel general del rey Pedro.

La Mercadera era una mujer mayor y alta que tenía un taller de mercería en la villa de Peralada y que, como todas las mujeres de los pueblos y villas de las clases populares, cuidaba de un huerto situado fuera de la muralla que proporcionaba una parte importante de la alimentación cotidiana de su familia.

»Pero en aquellos momentos Peralada estaba sitiada, y la Mercadera no podía salir para ir al huerto a buscar la verdura para hacer la comida por miedo a toparse con los soldados franceses, así que decidió ir a recoger las coles vestida de hombre y armada.

Alta y grande como era, con la lanza, el escudo en la mano y la espada a la cintura debía imponer como si fuera un guerrero de verdad.

Y en eso que mientras recogía las coles oyó un ruido de cascabeles: era un jinete francés que, con su caballo aparejado, había caído al arroyo por donde circulaba el agua entre huerto y huerto y que servía para regarlos.

La Mercadera se acercó al francés, le atravesó el muslo con la lanza y lo dejó clavado en la montura; acto seguido, desenvainando su espada le gritó: «¡Caballero, muerto estáis si no os rendís!

». Lo había desafiado prácticamente siguiendo el código de caballería, de modo que el caballero se rindió y ella lo condujo a la villa; antes, sin embargo, se encargó de quitarle la lanza que le había clavado.

El rey, que estaba en Peralada, le hizo contar la anécdota varias veces; le dio el botín de guerra, el caballo y las armas del vencido, y una vez redimido el prisionero, el rescate también fue para ella.

—Lo que siempre me ha sorprendido es la actitud de doña Mercadera una vez que el prisionero se rindió.

—¿Qué pasó?

—El soldado francés dejó las armas y ella le arrancó la lanza que le había clavado; es decir, hizo lo que hacían las mujeres en el campo de batalla: socorrió al herido, a pesar de que era un enemigo asediador.

—¡Eso dice mucho del carácter y el espíritu de esta mujer!

—¡Por eso vale la pena que la recordemos, y por eso su gesta ha pasado a la historia!

Los dos hombres tomaron un desvío y Joan dejó de escuchar sus reflexiones, pero la historia de la Mercadera le había cautivado.

Era una mujer que representaba el espíritu de la gente de Peralada, una mujer que atesoraba aquel sentimiento tan peraladense.

Una persona orgullosa de su tierra y dispuesta a hacer lo que hiciera falta para defenderla con una convicción, una generosidad y una cortesía ejemplares.

Antes de volver hacia la finca de Can Quelic, Joan decidió ir al café. Al entrar, sonó el cencerro que había sobre la puerta para anunciar la entrada de un nuevo cliente.

Una barra de madera de pino que se había barnizado cientos de veces daba la bienvenida a los recién llegados.

La clientela era diversa: campesinos y veterinarios, viajantes y comerciantes que, después de pedir en la barra, tomaban el carajillo o el café y jugaban una partida en las mesas de hierro forjado y mármol blanco de grano grueso.

En invierno, la estufa de cáscaras de avellana calentaba toda la sala, y la espiral de humo de los caliqueños se mezclaba con el olor a tostado de las cáscaras del fruto seco.

La chimenea no tiraba lo suficiente, y el humo invadía sutilmente todo el café, envolviéndolo en una especie de neblina que le daba un aire ancestral.

En verano, los parroquianos buscaban el frescor en el patio trasero bajo la sombra de una vieja parra, y las puertas y ventanas abiertas solían favorecer las corrientes de aire, pero ahora que los colores del otoño empezaban a imponerse en los campos y en la ropa de los clientes, el ambiente del café se enturbiaba.

Era una broma de mal gusto que tenía un cierto aire embriagador.

Si te quedabas allí mucho rato, existía el peligro de perder un poco el juicio.

—Marçal, ¡ponme un carajillo, por favor! —Era la petición de Joan al dueño del café, su hijo, que con un trapo secaba unos vasos que dejaba meticulosamente uno al lado del otro.

—¡Enseguida!

—¿Dices que los franceses vuelven a rondar por aquí? —le preguntó un hombrecillo pequeño y seco como una pasa, que jugaba al solitario en una de las mesas cerca de la barra.

—¡Coño, Cintu, no sé cómo te las apañas, pero te enteras de todo!

—protestó Joan, al que se le habían quedado las mejillas rojas, un color que hacía juego con la barretina al revés que llevaba en la cabeza.

Llevaba más de veinte años de luto y no se la había vuelto a poner del derecho por respeto a su difunta esposa.

Repartidas sobre la mesa, las cartas dibujaban un mosaico de lo más original, y el hombre levantó las cejas para ver qué le respondía el masovero de los condes, dedicándole una sonrisa pícara mientras le sostenía la mirada curiosa.

—¡Es que no sé cómo se han dejado engañar los condes de Peralada! —se preguntaba Cintu, esperando una respuesta de Joan de Can Quelic que no llegaba.

—¿Qué quieres decir? —preguntó él.

—Aquí, en estas tierras, siempre ha habido un sentimiento antifrancés muy fuerte. ¡Y en Garriguella todavía más!

—¿Y de dónde sale? ¿De la época de la Mercadera? —preguntó Joan.

—¿De quién? —frunció el ceño.

—Da igual. Déjalo estar, Cintu. —Joan habría querido contarle cuatro cosas sobre aquella heroína de Peralada, pero vio que su interlocutor estaba más interesado en soltar lo suyo.

—Hablo de cuando los franceses entraron en Garriguella, en 1808. Joan Rimbau, el hijo de Can Simonet de Sant Nazari, capitaneó al pueblo contra los franceses. ¡Caray, el abuelo de Comanegra!

—Ah, sí, hombre, el antepasado de Basíliu —recordó Joan.

Mientras seguía a lo suyo, Marçal se disponía a escuchar mientras Joan cogía el vaso haciendo pinza con los dedos para no quemarse y sorbía el líquido oscuro que contenía. Con las cejas hizo un gesto para animar a su interlocutor a proseguir con sus argumentos, y Cintu así lo hizo.

—Garriguella se levantó al grito de independencia y, belicoso como era el pueblo, se tomó la contienda con gran entusiasmo y patriotismo.

Se formó una compañía de valientes jóvenes de la localidad, capitaneada por Rimbau.

Los muchachos se hicieron fuertes en el castillo de Quermançó y combatieron a los franceses durante seis años.

—¡¿Seis años?! —repitió Joan, sorprendido e incrédulo.

—¡Sí! Y cuando los franceses tomaron el castillo de Sant Ferran de Figueres, Rimbau y su grupo decidieron liberarlo.

Para conseguirlo, urdieron un plan que consistía en que uno de los hombres, Floreta, se trasladara a Figueres y, con la excusa de vender aguardiente a los franceses, hiciera un molde con cera de la cerradura de una puerta secreta que había en el castillo.

Otro, Pere de Vilabertran, mandó fabricar una réplica de la llave y, la noche del Viernes Santo de 1809, entraron en el castillo con un grupo de doscientos hombres.

—¿Y qué pasó?

—Que despacharon a la guardia, se apoderaron de los cañones y encarcelaron a toda la guarnición, incluso al mismísimo general Guillot.

Cintu concluyó: