Malavecina 14 #2
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Apasionado por la naturaleza y la vegetación, Duvillers incorporaba una riqueza y una variedad de especies excepcionales.

Su entusiasmo era absoluto, tanto en lo relativo a los frutales productivos como a las plantas y árboles ornamentales de especies que había visto bien aclimatadas en lugares de latitudes similares, como Córcega o Mónaco, pero la pasión que lo embargaba le llevaba también a entusiasmarse por combinarlas con otras exóticas propias de países orientales.

La cifra alcanzaba las ciento cincuenta y ocho variedades.

Algunas de las plantas, flores y árboles llegaron en barco hasta el puerto de Roses y fueron trasladados a Peralada por la carretera de Llançà, que vivió un ir y venir frenético y continuo con aquellas mercancías tan especiales que se descargaban a pie de puerto.

Su desplazamiento hasta el castillo era todo un espectáculo.

Otras especies arraigaron y crecieron en la misma tierra ampurdanesa tras haber comprado plantones y semillas, tanto en Cataluña como en Francia.

Plantas exóticas, palmeras, bambúes, eucaliptos...

No se habían visto nunca tantas y de tantas variedades.

Venían de Filipinas y de Australia. Cactus, cítricos, árboles frutales, plantas efímeras y de temporada, de ciclo vital muy corto, como por ejemplo el ciclamen, desconocido allí hasta entonces.

Crecía a la sombra de los árboles durante el invierno; las hojas tenían forma de corazón, con unas pequeñas manchas grises, y las flores eran muy vistosas, de colores intensos y muy aromáticas.

Si Duvillers había dejado clara una cosa a Grant desde un principio, era que el lenguaje de las flores tenía un peso determinante en el diseño de los jardines.

Y Grant le había asegurado que así lo reflejaría cuando el proyecto se ejecutase.

Lo recordaba mientras veía cómo las obras del jardín avanzaban a buen ritmo.

—¡Estimado Grant! Si quedó algo del paraíso en la tierra, sin duda tenemos que ir a buscarlo a los jardines y entre las flores.

—Duvillers era un devoto de las flores y, sobre todo, de lo que aportaban con su belleza y energía—.

Desde la antigüedad, los artistas y todos los que apreciamos la belleza de lo que nos rodea hemos dedicado nuestros esfuerzos y energías a entender las flores, que son las formas de la naturaleza que se expresan con mayor armonía.

—Las flores dicen tantas cosas... —admitió Grant.

—¡Y no somos conscientes de ello! —exclamó Duvillers—.

Desde épocas remotas se sabe que, además del lenguaje de las flores, existe un mensaje oculto, a veces más evidente, otras veces más oscuro, y quien lo entiende puede mantener un precioso y enriquecedor diálogo, capaz de remontar las líneas del tiempo y las barreras culturales.

Entender cómo funciona este engranaje, el mecanismo de signos y significados, nos acerca a algunas de las capacidades más básicas y a la vez más poderosas de las flores, de las plantas, de los árboles, de las hierbas.

En definitiva, el mensaje de la naturaleza: aprender a crecer, comunicarse y permanecer, persistir.

A pesar de los elementos y los condicionantes.

Grant asentía con la cabeza y Duvillers aún le hizo otra observación:

—La relación entre arquitectura y naturaleza es indiscutible.

Soy arquitecto paisajista. Y la presencia de la naturaleza en nuestras obras y diseños es fundamental; cuando no puede haber motivos naturales o vegetales originales, los creamos.

¿No conocéis la leyenda que hay detrás de los capiteles de orden corintio?

—No, maestro —reconoció Grant.

—Los antiguos encontraban la hoja de acanto tan graciosa que la usaban para adornar los muebles, las joyas y los vestidos, y en el origen de esta predilección hay una leyenda sublime. ¿Habéis oído hablar de Calímaco?

—¿Calímaco?

—Sí, Calímaco de Cirene. —Duvillers pronunció el nombre con un tono pomposo—.

Era uno de los grandes eruditos de la antigüedad, trabajó en la biblioteca de Alejandría y, además, era poeta y...

arquitecto —explicó, acentuando esta actividad.

Hizo una pausa y continuó—: Un día pasó cerca de la tumba de una chica que había muerto pocos días antes de casarse.

Se acercó para dejar unas flores, pero otra ofrenda había precedido a la suya.

La nodriza de la doncella había reunido las flores y el velo que debían servir de ornamentos nupciales y los había colocado en un cesto al lado del sepulcro, sobre una mata de acanto, que había inmovilizado con una teja ancha.

A la primavera siguiente, las hojas del acanto abrazaron la cesta y los bordes de la teja las encorvaron y las hicieron cerrarse hacia sus extremidades.

Calímaco, conmovido por el sentido y el significado de estas formas, concibió la idea decorativa de los capiteles del orden corintio.

—Es muy evocador...

—Sí que lo es... Y cuando ves estas cosas te das cuenta de que la verdad, la esencia, no debe buscarse entre los hombres, sino en la naturaleza.

Es esta la fuente de todo aquello que existe.

Su lenguaje no es confuso ni variable, como el de los hombres.

Se debe saber leer e interpretar. Los primeros hombres descubrieron que la palabra no era siempre el mejor medio para comunicarse, y buscaron la manera de dibujar sus pensamientos.

En Egipto, por ejemplo, se inventaron los jeroglíficos, donde una espiga de trigo significaba cosecha y, por tanto, riqueza y abundancia.

Duvillers levantó la vista de los planos y lo miró.

—Como decía un jardinero islandés, cuando se crea o se mantiene un jardín hay que mostrarse siempre modesto.

Es un lugar que tiene unos orígenes mucho más lejanos que los nuestros.

Tiene un lenguaje y una historia propios, que debemos respetar e intentar entender.

La jardinería, más que una técnica, es un ejercicio espiritual, una manera de mirar el mundo que nos permite interrogar a la naturaleza para aprender de ella.

Ahora, el maestro se acercó a su discípulo y le puso las manos sobre los hombros.

—Querido Grant... La vida puede considerarse un inmenso jardín en el que crecen y se mezclan ortigas y flores.

A veces podemos percibir el perfume de las más fragantes y en otras ocasiones podemos notar los dolorosos arañazos de las ortigas.

Para mí, vivir ha consistido en recorrer este camino tratando de no clavarme demasiadas espinas.

Grant recordaba las últimas conversaciones con su maestro y había tomado buena nota de las recomendaciones, las observaciones y las lecciones del insigne arquitecto paisajista; estaba seguro de que la forma y el espíritu que, día tras día, adquirían los jardines de Peralada eran exactamente los que había imaginado Duvillers: expresarse a través de la naturaleza, del lenguaje de las flores, de los árboles y las plantas.