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El camino de carro era polvoriento, y el cochero que guiaba la berlina se tapaba la boca con un pañuelo que llevaba anudado al cuello y entrecerraba los ojos para que no le entrase el polvo.
El carruaje había salido de la estación de tren de Colliure, donde había recogido a un pasajero del que, por la elegancia que gastaba en el vestir, no era muy difícil adivinar que provenía de París.
Nariz fina y recta; facciones duras y levemente morenas.
Era Charles Grant, el hombre de confianza y mano derecha del arquitecto paisajista François Duvillers.
Él sería el responsable de ejecutar el encargo que los hermanos Rocabertí habían acordado hacía un año: la creación de los jardines del castillo de Peralada.
Una enfermedad había postrado en cama al eminente arquitecto y los médicos le habían desaconsejado realizar el viaje.
Monsieur Grant se quitó el sombrero y se alisó el cabello hacia atrás mientras un mozo de carga subía su equipaje en la parte trasera de la tartana que lo llevaba en dirección a Peralada. El pueblo estaba de luto. Apenas hacía una semana que habían enterrado al señor conde.
Grant se puso el monóculo y comenzó a repasar el proyecto que tenía entre manos.
Firmado por el propio Duvillers y por el cual había recibido la suma de ochocientos francos, incluía el dibujo, el diseño y la síntesis histórica, que recogía toda la documentación de la estirpe y el linaje para quien realizaba el proyecto.
Una información que le otorgaba prestigio como arquitecto paisajista.
Grant detuvo la mirada en un párrafo de este documento escrito por el propio Duvillers:
Diré aquí, como he hecho en otras creaciones, lo doloroso que es para mí no poder entrar en todos los detalles de este importante parque, cuya perspectiva es completamente diferente a la del resto de mis obras y diseños paisajísticos.
Es un reto, y reconozco que, al ser consciente de que me encuentro al final de mi carrera, es una especie de testamento o de legado artístico que me honra firmar.
Cerró la carpeta de anillas; para él también era un desafío. Tenía que interpretar lo que había concebido Duvillers sin margen para equivocarse.
Pero estaba seguro de que saldría adelante.
Mientras paseaba la mirada por el paisaje ampurdanés, Grant suspiró pensando en el delicado estado de salud de su maestro y mentor.
Esperaba que pudiera salir adelante, a pesar de que los médicos no eran demasiado optimistas.
Él ahora también era arquitecto diseñador de parques y jardines en París.
Y lo era gracias a Duvillers. Ya hacía años que trabajaba a sus órdenes.
Había recibido sus enseñanzas, había seguido y aplicado al pie de la letra su filosofía y doctrina, y eso lo había convertido en el discípulo idóneo para ocupar el lugar del maestro cuando él faltara.
Como ahora. Y, al mismo tiempo, Grant era el intermediario que contactaba con todos los profesionales implicados en la obra que firmaba el insigne paisajista.
A pesar de seguir el patrón establecido, Grant intentaba imponer sus criterios y solía tener muchas diferencias con los clientes.
Y con los condes de Peralada no fue una excepción.
Él quería que los jardines tuvieran un aire más ampuloso y ostentoso, a tono con la distinción del título que poseían y el lugar donde se situaban: al abrigo de un castillo singular.
Y, en cambio, los hermanos Rocabertí, aunque estaban de acuerdo con él, buscaban más la elegancia de la sencillez.
Sí que querían dar más prestigio al castillo, que era un caserón con dos torres de defensa, y tenían la intención de ennoblecerlo.
Pero no estaban dispuestos, por ejemplo, a instalar zinc en los tejados, que era lo que se estilaba en París, a pesar de que Grant les insistía en este y otros detalles.
Antoni y Tomàs intervenían decididamente en las obras.
Y sus tíos solteros, Ignasi y Joan, que vivían en un ala del castillo, les aconsejaban que, cuando las obras estuvieran terminadas, era importante que se relacionaran más.
Que abrieran los jardines a la gente, pero no a cualquiera: a artistas, políticos, empresarios a quienes pudieran invitar e impresionar.
En cuanto a la estructura, Grant recordaba el día en que Duvillers le había explicado el propósito que escondía la fisonomía.
Y por eso insistía en que su mentor había dispuesto que, a un lado del castillo, el jardín fuera de estilo geométrico francés y, por el otro, de forma sinuosa, tuviera estilo inglés.
—Esta, la inglesa, será la parte de la puerta de entrada conocida como la de Figueres, a la que llegará el camino de Vilabertran —le había dicho, señalando el plano con el dedo—. Será la parte baja, y si se ejecuta correctamente mi diseño, el visitante experimentará una sensación única.
Duvillers se reivindicaba ante su ayudante y colega.
—¿Qué queréis decir, maestro? —le preguntó Grant.
—Aquel que entre en carruaje y suba hacia el castillo, gracias a la forma del camino, a su sinuosidad y a la vegetación cambiante, tendrá una sensación de amplitud, de lejanía, pues la ilusión óptica del cambio de escenario vegetal a medida que avance hará que parezca una extensión inabarcable.
—Ah, ya lo entiendo... —dijo Grant mientras se frotaba la barbilla—. Y, en realidad, lo que estará haciendo será dar vueltas sobre sí mismo.
— Voilà! ¡Así los condes de Peralada impresionarán a los invitados al castillo! —exclamó triunfal—. Hablar a través de la naturaleza: una manera como otra cualquiera de aparentar tener una posición social relevante, próspera —añadió.
Grant no pudo evitar sonreír recordando aquella escena.
En estos jardines, Duvillers optó por incorporar la tipología que ya había seguido en el modelo de Le Nôtre, un jardín geométrico francés como los de los castillos de Versalles o Chantilly.
En Peralada, sin embargo, decidió ir un paso más allá y apostó por un diseño de jardín formal en los parterres de las partes sur y oeste más cercanas al castillo.
—Monsieur Grant, junto a la fortaleza haremos un jardín a nivel de la superficie del terreno, que consistirá en plantar lechos de hierbas delimitados por arriates de plantas perennes o por piedras afiladas, ensambladas firmemente para formar una valla de protección de los lechos interiores y de los paseos de grava, todo ello dispuesto con un diseño simétrico.
—Cierto, maestro, los arriates no necesitan tener flores, ya que pueden estar formados en exclusiva por plantas y arbustos perennes.
—¡Exacto! Los arriates tienen un gran encanto, sobre todo cuando se ven desde una posición elevada, pues sus bordes se crean con arbustos de diversos colores y formatos.
Por otra parte, la estructura tipológica del jardín paisajista inglés, de formas sinuosas, se implantará en el resto del espacio —puntualizó Duvillers—.
Estas creaciones ofrecerán una reducción del mundo y presentarán rocallas, arroyos sinuosos, estanques decorados con islas temáticas e incluso un huerto.
Grant recordaba los argumentos de su maestro mientras repasaba los planos realizados por Duvillers, fácilmente identificables por las líneas rigurosas y paisajísticas recurrentes en forma de gota de agua extendida, alternando vacíos y sólidos, un lugar de descanso representado por un gabinete verde, un trazado curvo simplificado y un diseño hidráulico sofisticado.
Generalmente, Duvillers acompañaba estos dibujos de un apartado topográfico y de una importante lista de especies vegetales que plantar, donde se priorizaban los árboles de recolección.
Al leer estas descripciones, Grant tuvo la sensación de que la densidad de las plantaciones podía parecer excesiva y poco realista.
Pero nada menos cierto. Duvillers lo tenía todo bien calculado. Nada era en vano.
En el plano acuarelado del diseño, la extensión de los jardines era de tres hectáreas y treinta y ocho áreas, unos treinta y tres mil ochocientos metros cuadrados, y según la leyenda adjunta debería haber hasta sesenta y tres zonas diferenciadas, entre las cuales se mencionaban la avenida de los naranjos, los caminos del pueblo, el laberinto, el tiro al pichón, el juego de críquet, la casa del jardinero, el gimnasio o el quiosco Pinus Pinea.
Grant, sin embargo, dudaba de que todas aquellas zonas llegaran a ejecutarse.
La otra parte importante del proyecto de Duvillers que Grant debía supervisar al detalle era la síntesis de las plantas, con una extensa y minuciosa recopilación de la vegetación que debía plantarse en cada zona del jardín.