Malavecina 13
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El luto se había instalado en la casa de los Rocabertí en la calle de Newton, junto al Arco del Triunfo.

Don Francesc Xavier de Rocabertí, conde de Peralada, había fallecido en casa de sus hijos, en París, y su deseo era ser enterrado en la iglesia del convento del Carmen.

Joana Adelaida les había escrito meses atrás para informarles de que el alcalde le había entregado las llaves del convento y este volvía a ser propiedad condal.

Tras haberlo perdido en la desamortización de Mendizábal, el conde había litigado duramente para recuperar el inmueble.

Y ahora que volvía a manos de la familia, albergaría los restos de don Francesc para siempre.

Antoni y Tomàs se preparaban para realizar el viaje de regreso al Empordà, cumplir la última voluntad de su padre y, a partir de aquel momento, hacerse cargo del condado y de todo lo que ello conllevaba.

En el caso de Antoni, la repercusión emocional de aquel regreso era doble.

Lo hacía como nuevo conde de Peralada, pero a fin de cuentas volvía a una tierra que removía un tiempo del cual no había pasado página.

Las exequias por el conde no se hicieron con la solemnidad y la pompa que requería la posición del finado.

Por voluntad expresa de don Francesc Xavier, la ceremonia del funeral se hizo en el Carmen, oficiada por el párroco del pueblo, y fue sobria y austera.

A los pies del féretro del conde había una corona y unos ramos de gladiolos y claveles para mostrar sinceridad, respeto, admiración y afecto por el difunto.

Y unos crisantemos que servían para transmitir el deseo de paz eterna y el duelo.

Antoni, sin embargo, quiso dedicar un ramo especial a su padre, y lo hizo de muguete.

Antes de comenzar el entierro, dirigió unas palabras a los asistentes.

En primer lugar, de agradecimiento y de recuerdo por su padre, el conde.

Y aprovechó también para explicar el porqué de aquel ramo:

—Según la leyenda, esta flor brotó de las lágrimas de la Virgen María vertidas ante la muerte de su hijo.

Y la Virgen la distinguió con un aroma inconfundible para ayudar a los hombres a encontrar un mundo mejor y regresar a la felicidad.

A esto nos comprometemos a partir de hoy, padre.

Pero esta flor, el muguete, es también la mensajera de la primavera y del buen tiempo, la flor de mayo, la flor preferida de los amantes.

En Francia he visto cómo los enamorados se obsequian muguete, al que consideran portador de buena suerte.

Su aspecto y su inconfundible aroma suave y almizclado han inspirado a jardineros y poetas.

Dicen que las delicadas campanillas blancas sirven de escaleras a las hadas del bosque y que su dulce frescura atrae al ruiseñor, guiándolo para buscar a su compañera.

Espero que, empujados por el olor del muguete y de nuestras oraciones, nuestros padres se reencuentren allá donde estén.

»Buena suerte. Descansa en paz, padre...

Las palabras de Antoni de Rocabertí resonaron por las paredes de la capilla del Carmen.

Aparte de él, solo estaban los otros dos hijos, sus hermanos Tomàs y Joana Adelaida, los dos tíos solteros y parte del personal de servicio del castillo, que casi eran como de la familia.

Joan de Can Quelic, como masovero de la finca de los condes en Garriguella, asistió.

Cuando entonaban los gozos de la Virgen del Carmen, Antoni lo vio y no pudo evitar pensar en su hija, Alba.

Del rosal cubierto de espinas nacen hermosas flores.

Vos sabéis, Madre Divina, volver santos a los pecadores.

Sed nuestra defensora, nuestro consuelo, guía y norte.

Del Carmen reina y señora, salvadnos en vida y en muerte.

Se cruzaron las miradas justo en el tercer verso.

Sed, madre, amorosa para todos vuestros hijos ingratos

y con mirada piadosa perdonadnos los pecados.

De este rebaño sed pastora para sacarlo del camino torcido.

Del Carmen reina y señora, salvadnos en vida y en muerte.

Antoni bajó la cabeza, como si se sintiera interpelado por la letra de aquella estrofa de los gozos a la Virgen del Carmen.

Los ojos de Joan, que no dejó de observarlo durante toda la ceremonia, ahora lo taladraban y lo acusaban de haber deshonrado, de haber ofendido, de haber obrado mal contra su hija.

Y Antoni siempre había sido consciente de ello.

Más aún cuando sabía que no podía desobedecer las órdenes de sus padres.

Con sus voces poco dotadas para el canto, los asistentes al entierro ya entonaban la última estrofa, que era el estribillo de los gozos:

Nuestros corazones, Virgen María, a vuestros pies ofrecemos

mientras que, de noche y de día, humildes ruegos os dirigimos

suplicándoos que a toda hora nos libréis de la mala suerte.

¡Del Carmen reina y señora, salvadnos en vida y en muerte!

Cuando el sacerdote anunció que el duelo se daba por concluido y mencionó el nombre del padre, señal inequívoca de que la ceremonia había terminado, Joan se levantó del banco y se apresuró a ir a darles el pésame.

Antoni tenía un aire triste, afligido y apenado.

Joan no lo sabía, pero si el flamante nuevo conde de Peralada estaba tan decaído no era tanto por el fallecimiento de su padre, sino por todo lo que había ocurrido años atrás, que le había apartado de lo que más quería.

Había una persona que los había observado de reojo durante toda la ceremonia. Era su hermana, Joana Adelaida de Rocabertí.

Alta, con el cabello negro y brillante recogido en un moño que realzaba su cuello y su porte altivo, su mirada era fría y distante.

A pesar de que iba de riguroso luto, no podía dejar de lado su coquetería y lucía un miriñaque para presumir.

Aquella falda interior, hecha de una tela rígida y adornada con ballenas y aros de hierro para sostener, más o menos ahuecadas, las prendas exteriores, tenía un propósito: crear una silueta artificial, acentuando las caderas y creando, junto con el corsé, la ilusión de una cintura pequeña.

Era soltera y hacía ya muchos años que no tenía ninguna intención de seducir a nadie.

El hecho de que la hubieran dejado plantada a los pies del altar provocó que hiciera borrón y cuenta nueva con cualquier relación.

Aquel trago mal curado no impedía, sin embargo, que Joana Adelaida cuidara su imagen hasta el más mínimo detalle.

Ella se tenía en gran estima, y lo demostraba con sus modales arrogantes y desdeñosos.

Su semblante tenso no se relajó ni un ápice cuando enterraron a su padre.

La procesión iba por dentro, el orgullo por fuera.

Saliendo del Carmen en dirección al castillo, increpó a su hermano:

—Los años que habéis vivido en París os han afrancesado —le espetó su hermana—. Y en eso del muguete tienes un ejemplo.

—¿Y qué mal hay en ello, Joana?

—Francia os ha hecho perder de vista lo que necesita Peralada. Además, ya sabes que de aquel país nunca ha venido nada bueno.

Y le recordó las plagas que, empujadas por el viento, habían cruzado la frontera y sumido en la miseria a toda la comarca no hacía tanto, durante los años del hambre.

—No estoy de acuerdo, hermana —protestó Antoni—.

De Francia llegan muchos conocimientos que, aplicados aquí, pueden ser muy provechosos.

—Y explicó—: Tomàs y yo hemos decidido que todos los terrenos del Bosque del Conde serán unos grandes jardines conectados con el castillo.

Es solo cuestión de días que empiecen las obras, que ya encargamos a un reputado paisajista parisino.

—¿Y qué pretendéis, convertir esto en un pequeño Versalles? —Joana Adelaida chasqueó la lengua en señal de desaprobación—. ¡No funcionará!

—No. Será muy diferente —sentenció Antoni—.

Los de Peralada serán unos jardines mezcla del estilo francés e inglés.

Unos jardines embosquecidos con ambición estética y simbólica.

Llevarán a su apogeo el arte de corregir la naturaleza para imponer en ella su ley, y expresarán el deseo de exaltar en lo vegetal el triunfo del orden sobre el desorden, de la cultura sobre la naturaleza salvaje, de la reflexión sobre la espontaneidad.

Estarán diseñados y distribuidos de tal forma que puedan expresar nuestra autoridad, la de los dueños del castillo; serán unos jardines capaces de mostrar poder, exuberancia, orden, elegancia y amplitud de miras.

Hizo una pausa. Antoni de Rocabertí también quería hacer arraigar otro proyecto en Peralada. Una obra educativa que fuera más allá de sus dominios y que trascendiera el pueblo.

—Y no solo eso. El arte y la cultura florecerán alrededor del castillo, igual que en la antigüedad los jardines acogieron a grandes pensadores, artistas y creadores. —A medida que hablaba se le veía cada vez más entusiasmado.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo lo haréis? —respondió su hermana sin ganas.

—Con la apertura de escuelas en las que enseñaremos las primeras letras y las asignaturas de grado superior, además de algunos oficios manuales, especialmente las artes gráficas y el dibujo.

Y, sobre todo, música y canto. Tengo la ilusión de crear una orquesta y de abrir un teatro para acoger obras, conciertos, recitales y discusiones filosóficas.

—La miró con los ojos centelleantes y añadió—: Joana, los jardines del castillo de Peralada serán un referente cultural en todos los sentidos.

Joana Adelaida lo dejó terminar. Entonces empezó a dar cabezadas y finalmente le espetó:

—¿Ya sabéis cómo acabó aquello del marqués de Salamanca, en Barcelona?

—¿A qué te refieres?

—¡Vaya! A lo del parque de atracciones de los jardines de los Campos Elíseos de Barcelona. ¿¡Acaso no te acuerdas de que cerró hace ya unos años!?

El marqués de Salamanca tenía una extensión de terreno en medio de Barcelona y había encargado la construcción de unos jardines.

—Los jardines de los Campos Elíseos —recordó, de repente, Antoni.

—Exacto. ¡Dentro de los jardines había un parque de atracciones con una montaña rusa y todo!

Había como una posada con ínfulas de hotel, para quien quisiera quedarse a dormir, una cafetería, un salón de baile y un teatro donde hacían espectáculos, música y variedades...

¿Os suena todo esto? Pues ahora explícame: si no ha triunfado en Barcelona, ¡¿cómo pretendéis que el mismo proyecto, que es lo que queréis hacer aquí, en Peralada, funcione?

! —Y sacudió la cabeza de derecha a izquierda—.

No re... ¿Quieres que te diga qué pienso yo de todo esto?

Que con estos jardines, Antoni, buscas camuflar debilidades, carencias, miedos y, sobre todo, secretos. Ya sabes de lo que hablo.

Joana Adelaida hablaba del amor de su hermano por Alba, aquella joven de Garriguella de quien le separaron a la fuerza y de quien nunca más había vuelto a saber nada.