Malavecina 12 #2
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—Fue el marqués de Girardin —Antoni de Rocabertí evocó al gran defensor de los jardines— quien dejó escrito que «un jardín puede ser inglés, francés o chino, pero sus aguas, prados y bosques, la naturaleza y el paisaje son de todos los tiempos y países, razón por la cual en este lugar salvaje todos los hombres serán amigos y todas las lenguas admitidas».

Debe ser un lugar que se convierta en un espacio ideal para pasear, meditar y filosofar sobre la vida y la felicidad.

Duvillers asentía, complacido por el conocimiento de aquellos nobles, y Tomàs añadió:

—Dice un proverbio griego que una sociedad verdaderamente crece, mejora y madura cuando los viejos plantan árboles a cuya sombra saben que nunca podrán sentarse.

Es decir, plantan un futuro para los que han de continuar.

Esta es nuestra idea de jardines que creemos que vos podéis llevar a la práctica.

Y concluyó:

—¡No queremos para nada una versión de los jardines de Versalles!

— Bien sûr, monsieur! ¡Y claro que no! Un servidor odia Versalles porque, como decía Montesquieu, quien visita sus jardines se siente apocado, pequeño, poca cosa, insignificante.

—Y con un gesto de las manos remachó su contundente opinión—.

Los jardines de Versalles están formados por quince bosquetes y once estanques.

Son interminables y fríos, geométricos y ostentosos.

Demuestran la subyugación, la voluntad de dominar y vencer a la naturaleza, y buscan humillarla hasta el aniquilamiento, el sometimiento, la opresión, el ahogo.

Son una metáfora de la sociedad en la que vivimos.

Esta demostración obscena no responde a otra voluntad que no sea mostrar el poder del dueño de estos jardines; hacen bien en no querer seguir esta tradición.

Sin embargo, eso no significa que el resto no lo crea.

—¿Qué queréis decir?

—Oh, monsieur, que las demás personas no dejarán de pensar que tenéis ganas de exhibir vuestro potencial, y que queréis hacerlo a través de la exuberancia de los jardines. Y así será interpretado por el resto de los mortales, creedme. Sé lo que me digo —aseguró Duvillers.

Tomàs no acababa de estar del todo seguro de que su hermano no quisiera esconder algo detrás de aquellas arboledas frondosas.

Lo que sí tenían claro ambos era qué querían plantar en los jardines. Incluso, Antoni era capaz de decirle de memoria los árboles y plantas que quería que arraigaran allí.

—¡Lavanda, eso no! —exclamó Duvillers al oír que la mencionaban.

—Pero si su aroma fino y suave es extraordinario. Además, atrae a las mariposas y repele a los mosquitos —justificó Antoni de Rocabertí.

Cuando oyó que, entre las hierbas que enumeraba el conde para plantar en los jardines del castillo, se encontraba la lavanda, Duvillers se había negado en redondo, sacudiendo la cabeza de un lado a otro con energía.

No quería usar la lavanda de ninguna manera.

Desconfiaba de ella. Su abuela siempre se lo decía, que desconfiara de ella, a pesar de aquel aroma tan seductor.

Vaya si se arrepintió, cuando era niño, de no haberle hecho caso.

Aun así, era consciente de que su olor era muy apreciado y de que tenía muchos usos.

Duvillers sabía que el espliego se repartía por las casas para que las diferentes habitaciones y estancias olieran bien.

Y que se utilizaba para aromatizar la ropa y para perfumar el jabón y el agua de colonia.

Incluso que se empleaba como un buen antídoto para ahuyentar polillas y otros insectos, y que atraía a las mariposas.

Por estos motivos era tan popular, y los propietarios de jardines siempre querían tenerlo porque decían que ya se imaginaban paseando entre las matas de este arbusto y deleitándose con el aroma que desprenden sus hojas azuladas.

Pero no. Para él no. Era oír hablar del espliego o notar su olor y, desde el fondo del cajón de los recuerdos, se le manifestaba, se le hacía muy presente, lo que le había ocurrido a su hermana Elionor cuando era pequeña.

Era un día en que su madre les había pedido que fueran al bosque, precisamente, a hacer ramos de espliego.

Su abuela ya les había advertido que fueran con cuidado, pero no le hicieron caso.

Se adentraron por una arboleda frondosa y espesa hasta que llegaron a un claro donde sabían que crecían unas buenas matas.

Su hermana se agachó para arrancar unas ramas y, mientras lo hacía, notó un pinchazo en la mano derecha, pero no le dio mayor importancia: era uno de los arañazos de siempre cuando salían a hacer ramos de lo que fuera.

Antes de irse, sin embargo, Elionor hundió la nariz en aquellas hojas azules y se quedó un rato aturdida por el olor que desprendían.

Al poco empezó a notar que se le hinchaba la mano y que se mareaba; acto seguido se desmayó, perdió el sentido y no volvió a abrir los ojos nunca más.

Estaba muerta. Duvillers todavía tenía grabada la imagen de su hermana en el suelo, rodeada de espliego recién arrancado con aquel intenso aroma, y recordaba cómo por debajo de las matas se deslizó un áspid, una pequeña serpiente venenosa.

Antes de ir al bosque, la abuela siempre les advertía que desconfiaran del espliego, pues la tradición decía que a esas serpientes les gusta tumbarse bajo sus arbustos y pueden provocar una tragedia.

No se habían querido tomar a la abuela en serio y toda la familia acabó llorando la muerte de la hija pequeña.

Duvillers lo llevaba grabado en el corazón, en la cabeza y en la nariz. Aquel maldito olor... Y fue tajante con Rocabertí:

—El espliego es un buen lecho para las víboras, y sus picaduras son mortales.

—De acuerdo, de acuerdo, lo suprimiremos del listado de plantas.

Rocabertí tuvo que ceder ante la insistencia del paisajista.

No le costó nada, y lo aceptó de buen grado porque quería que Duvillers firmara el contrato cuanto antes.

Los condes sabían que un proyecto como el de los jardines del castillo de Peralada sería largo y con imprevistos constantes durante la ejecución, y por eso querían ponerse manos a la obra y cerrar una fecha para empezar.