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Antoni y Tomàs de Rocabertí decidieron visitar la Exposición Universal de Horticultura, en la plaza de los Campos Elíseos.
Era una superficie de una hectárea convertida en espacio verde público, un verdadero jardín de ciudad diseñado por el paisajista Loyre, que tuvo un gran éxito.
Se abría con una bonita puerta de hierro ante el Palacio de la Industria; más de quinientos expositores presentaban todo lo necesario para crear un jardín, y los pabellones ofrecían una ornamentación y un vocabulario pintorescos, el mismo que se empezaba a utilizar para promocionar las zonas turísticas.
El pabellón rústico de la administración, construido con ramas reales de árboles cortados, estaba diseñado por la empresa Tricotel, productora de numerosas masías y fábricas que poblaban las zonas turísticas.
Invernaderos, aviarios, pabellones chinos, chalés glaciales, objetos decorativos y utilitarios de jardín marcaban el paseo por la exposición.
Y los maestros del género ofrecían los planos de diversos proyectos.
El paisajista François Duvillers tuvo claro desde un principio —y aún más como miembro de la Sociedad de Horticultura— que su presencia en el certamen le aseguraría una buena publicidad.
El renombre y el prestigio ya los tenía, fruto de los diseños que le habían encargado, pero era consciente de que necesitaba estar en la palestra si quería mantener su buen nombre.
Tenía la cabeza bien proporcionada, como la de un antiguo general del Imperio romano: ojos de águila, acostumbrados a ver en perspectiva aérea —una perspectiva figurada por la disposición de las líneas y sobre todo por la gradación de colores en los planos—, y facciones duras, como acabadas a golpe de cincel.
Su rostro era poderoso. Y el cabello espeso, con algún rizo en los lados.
Y los condes quisieron escucharle.
—A menudo se explica, desde un punto de vista poético, que la historia de la humanidad es un esfuerzo constante por recuperar el jardín del edén, aquel lugar paradisíaco que perdimos.
—Pero enseguida puntualizó añadiendo un pronombre—: Que nosotros dejamos perder por nuestra mala cabeza, por la codicia humana.
La palabra paraíso no es más que el término persa original para referirse a un jardín cerrado.
Duvillers hizo una pausa mientras con la mirada escudriñaba el reducido pero concurrido auditorio, que seguía su discurso con atención.
—Hasta el siglo XVI , los jardines eran espacios cerrados y privados, propiedad de los estamentos privilegiados: la aristocracia y la Iglesia.
Casi nunca se abrían. El pueblo no tenía acceso a ellos y se conformaba con pasear cerca de los altos muros que rodeaban estos edenes aristocráticos.
Se tenía la idea de que el paisaje era democrático, y los jardines, aristocráticos.
El público asentía con la cabeza, siguiendo los razonamientos de Duvillers.
—No fue hasta 1789 cuando, con la agitación de la Revolución francesa, se abrieron las puertas de los palacios y residencias de la aristocracia urbana y del clero; entonces el pueblo pudo descubrir la exuberancia y la riqueza de los jardines privados que se escondían tras los altos muros.
Muchos pasaron a ser propiedad del Estado y, a partir de ahí, aquellos grandes jardines privados se pusieron a disposición del público.
Además, en algunas ciudades los ilustrados promovieron jardines públicos, como ocurrió con los Jardines de Luxemburgo, aquí en París.
Nació así lo que se considera el jardín en sentido moderno.
Duvillers miró a quienes le escuchaban y lanzó una pregunta:
—¿Alguien sabría decirme qué es un jardín?
—Un paisaje natural en medio de la ciudad —contestó un hombre de la tercera fila, relativamente cerca de donde estaban los Rocabertí, que seguían atentos la disertación.
—Exacto, très bien : un pequeño pedazo urbano de naturaleza.
—Y continuó—: Plantado, ordenado y mantenido por los humanos, y del cual la comunidad se ocupa para que todo aquel que vive en la ciudad pueda disfrutarlo.
Es decir, cuando se ajardinó, el paisaje urbano se democratizó.
Pero, a lo largo del siglo XVII , en Inglaterra apareció una nueva manera de entender la jardinería y los jardines, un estilo que apostaba por sustituir la simetría y la formalidad que tenía el modelo francés, hasta entonces el estilo de jardinería predominante en el continente.
La propuesta inglesa se extendió rápidamente por toda Europa, y triunfó porque presentaba una visión idealizada de la naturaleza.
Los jardines ingleses se diseñan inspirándose en las pinturas de paisajes de los artistas Claudio de Lorena y Nicolas Poussin.
Estos jardines permiten que los elementos naturales plantados en ellos crezcan con libertad, aunque al mismo tiempo se combinan con edificaciones.
»En general, también vemos un lago, ondulaciones de césped suavemente elaboradas, bosquecillos de árboles, recreaciones de templos clásicos, estatuas, ruinas góticas, puentes...
, todo ello diseñado para recrear aquel paisaje pastoril pictórico e idílico.
Todo estaba pensado para ser idealizado como un paraíso terrenal con pinceladas clásicas.
Incluso fueron más allá y decidieron saltar la valla e integrar el horizonte como un elemento más del jardín.
De este modo, los jardines ingleses se convirtieron en el símbolo de la emancipación del absolutismo monárquico, aquel sistema de gobierno en el que el rey disponía de todo el poder sobre el Estado.
¡Es una tendencia que muchos franceses hemos admirado, como un servidor, por ejemplo!
Porque también estoy en contra de las órdenes impuestas y de la simetría que abunda en nuestros jardines.
Duvillers hizo una pausa antes de concluir:
—El jardín es una creación del hombre en la que interviene la naturaleza.
Y lo que se busca al crear un jardín es ser diferente a ella.
La naturaleza la tienes fuera, y cuando organizas un jardín, quieres la naturaleza dentro de casa.
Y por eso buscas ser diferente, experimentar y utilizar especies de plantas exóticas.
Y aún se detuvo una última vez para recalcar con contundencia el mensaje:
—Eso es lo que hacemos: un ejercicio de exotismo, pero sobre todo de diferencia. De utilizar las plantas y su lenguaje para mostrar nuestra diferencia. Ese es el objetivo, el mensaje. De eso trata el jardín: del artificio, de la diferencia.
El arquitecto paisajista terminó con una pequeña reverencia hacia el público que lo escuchaba, el cual le correspondió con una larga ovación.
Duvillers bajó del escenario para recibir las felicitaciones y los apretones de manos de la mayoría de los asistentes.
Una vez que hubo saciado su vanidad, los condes de Peralada le abordaron.
—Monsieur, nuestra enhorabuena. Sois un artista que trabaja con la naturaleza como nunca antes habíamos visto, y nos gustaría poder hablar con vos de un proyecto que quizá os podría interesar.
—Oh, muchas gracias. Estoy abierto a escuchar.
—Queremos crear unos jardines únicos alrededor de un castillo. Unos jardines que sirvan tanto para ensalzar y mostrar la grandeza de quienes viven allí como para, si conviene, camuflar sus debilidades.
Los Rocabertí profundizaron en los detalles de su objetivo, le explicaron que eran los condes de Peralada, un lugar con mucho encanto justo después de la frontera natural de los Pirineos, y se extendieron explicándole las características del lugar y de los terrenos.
—Somos conscientes de que el proyecto será largo, pero no queremos que se eternice.
—Oh, eso no ocurrirá —les aseguró Duvillers—. Por lo que me habéis contado del espacio y la intención que tenéis, podría aventurarme a decir que dentro de unos tres o cuatro años ya podréis abrirlo al público.
—¿De verdad? —exclamaron los condes, sorprendidos por la respuesta.
—O cinco, si hay problemas con los suministros. Que no debería haberlos, pero ya se sabe que siempre pueden surgir imprevistos.
—Está claro —dijeron con comprensión los Rocabertí.
—Sí, sí. Pero, evidentemente, habrá que seguir trabajando en ello —matizó rápidamente Duvillers—. Un jardín de estas características es cambiante, crece y se modifica con el paso del tiempo y de las estaciones.
Antoni de Rocabertí se levantó y dio una vuelta sobre sí mismo con las manos detrás de la espalda. Reflexionaba. Finalmente, miró al paisajista y le dijo:
—Monsieur Duvillers, no os ocultaré que nuestra voluntad, al margen de ennoblecer el castillo con un entorno de ensueño y paradisíaco que incluya unos jardines como los que os planteamos, sería poder dotarlo de una vertiente científica.
—¿Científica?
—Sí. Tenemos la voluntad de ofrecer conocimiento: que los jardines se puedan visitar, que se puedan mostrar y estudiar en ellos las diferentes variedades de plantas y árboles a partir del conocimiento de su entorno original y natural.
La naturaleza es buena, saludable para los hombres y las mujeres.
—Y añadió—: Cabe recordar que para mantener una buena salud se aconseja relajarse prestando atención al vuelo de los pájaros, el verdor de los bosques y el color y el olor de las flores.
—Tenéis razón. Para Rousseau, la naturaleza es aquello que es originario, generador de vida, primitivo, pero también sabio y bueno. La naturaleza se manifiesta en el hombre, en sus sentimientos, en sus creaciones —apuntó el arquitecto paisajista.
—¡Exacto! Y por eso también queremos abrirlo al entretenimiento, al disfrute —añadió Tomàs de Rocabertí—.
En el jardín se puede ensayar el diálogo siempre abierto entre naturaleza y cultura que representa la jardinería.
Abierto a la música, a la danza, al teatro...
El jardín implica un conocimiento y un reconocimiento de las leyes de la naturaleza.