Malavecina 11
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Al salir de la conferencia se dirigieron a un café concierto, en la avenida de los Embajadores, junto a los Campos Elíseos.

Rocabertí aceptó la invitación que tanto Michelet como Dupin le hicieron para que se uniera a ellos, y quedó sorprendido cuando, tras dejar aquella ancha avenida, se internaron por el parque.

Un bosque esplendoroso, una naturaleza exuberante.

«¿Quién sabe qué pasiones debe atesorar este paisaje?», se preguntaba Rocabertí todavía con el eco de la conversación que había tenido con Dupin.

No muy lejos le pareció oír música. Y, efectivamente, unos metros más adelante, y como si emergiera de la nada, apareció ante sus ojos un café.

Era un establecimiento al aire libre delimitado por unas farolas que iluminaban el espacio con una hilera de mesas y sillas distribuidas ante un pequeño escenario con voladizo.

Arriba había una pequeña orquesta que amenizaba la velada interpretando música popular.

Mientras se abrían paso entre las mesas, Dupin recibió los saludos de algunos de los asistentes al café concierto, y Rocabertí lanzó una rápida mirada por las mesas y constató que el público estaba formado por miembros de la clase acomodada, que buscaban diversión mientras tomaban una copa y disfrutaban del agradable fresco parisino.

Un camarero los acompañó hasta una mesa, lo suficientemente lejos de los músicos para que pudieran hablar sin tener que levantar la voz.

—Antes de venir a tu conferencia, he pasado por la morgue —dijo Aurore Dupin, tras pedir una botella de absenta y tres vasos.

Rocabertí se extrañó y Michelet arrugó la nariz en señal de repugnancia.

—¡Aurore! ¡No me lo puedo creer! Tú no. —Y puso los ojos en blanco—. ¿Tú también has sucumbido a esta moda execrable?

—Sí, lo confieso —rio la escritora—. ¡Me ha podido la morbosidad! —le admitió mientras aspiraba su cigarrillo con avidez.

—Perdonad...

Rocabertí estaba completamente perdido, y Aurore Dupin se lo explicó:

—En la Île de la Cité, detrás de Notre Dame, está el depósito de cadáveres. Tiene una fachada muy grande y unos cristales enormes, tras los cuales se exponen los cuerpos de algunas de las personas que las autoridades han encontrado sin vida por las calles de París.

—¿Qué decís? —gritó, horrorizado, el noble de Peralada, que no conocía el lugar y no salía de su asombro.

—Tal como lo oís; es asqueroso ver cómo cada día se arremolina más gente allí, sin ningún respeto por la vida humana.

—Michelet volvió a intervenir, indignado—.

¡Es un espectáculo que atenta contra la dignidad de las personas, y lo único que hace es alimentar ese enfermizo instinto de morbosidad que tiene el pueblo! —exclamó, ofendido.

—Querido, te equivocas —puntualizó Dupin—. Es una gran herramienta, porque como no existe un sistema para avisar a las familias de que su pariente ha muerto... ¡Solo de pensar en la idea de que pueda morir y que nadie reclame mi cuerpo me entran todos los males! —reconoció la escritora.

En ese instante, el camarero regresó con una bandeja que contenía tres vasos, tres cucharas, un cuenco con terrones de azúcar, una jarra de agua fría y la botella de absenta.

—¡Ya tenemos aquí al hada verde! —Dupin saludó la llegada de aquella bebida alcohólica.

—¿El hada verde? —preguntó, curioso, Rocabertí.

El camarero se la sirvió y se retiró asintiendo con la cabeza.

—¡Sí! Le han puesto este nombre debido a sus supuestos poderes mágicos y al color verde claro, que se transforma en un tono lechoso o nublado en el momento de añadir agua antes de consumirla.

Y, a continuación, Dupin colocó la cucharilla perforada sobre el vaso de cristal y le puso en la parte cóncava un terrón de azúcar que acababa de coger. Rocabertí seguía todo el proceso con mucha atención.

—Se suele añadir agua fría para que deshaga un poco el azúcar; el agua rebaja el grado de alcohol y libera aromas, y el azúcar reduce el amargor —explicó Dupin.

—¿Te parece bien, pues, este espectáculo dantesco y lúgubre que se representa en el depósito? —Michelet retomó la conversación donde la habían dejado mientras tanto él como Rocabertí se preparaban sus vasos de absenta.

—¡Ya lo creo! A mí me pueden exponer —admitió Dupin, que dio un buen trago a su vaso de absenta y acto seguido profundizó en los detalles—.

Las partes íntimas de los cuerpos están protegidas y no se ve nada.

Y están muy bien conservados, porque hay un sistema de goteo de agua que los mantiene en buen estado.

Y para evitar que se empiece a notar el deterioro de aquellos cadáveres que llevan más tiempo en la vitrina, les ponen una máscara de cera —explicó la escritora, que observaba divertida cómo Rocabertí arrugaba la nariz y el cuello tras beberse la absenta—.

Es fuerte, a pesar de estar rebajada —le reconoció.

—¡Esperpéntico! —fue la definición que dio Michelet de aquellos hechos que le irritaban hondamente.

—¿Sabes a quién me encontré el otro día entre los que miraban los cadáveres?

Michelet levantó las cejas y Dupin respondió a aquella señal de curiosidad.

—Allan Kardec.

—No sé quién es —reconoció Rocabertí.

—Monsieur Kardec es uno de los principales introductores del espiritismo en Francia —le dijo Dupin.

—¿¡Kardec!? —exclamó Michelet—. ¿Qué va a buscar allí? ¿Adeptos a su doctrina espiritista? ¿Pretende encontrar... clientes para sus sesiones?

—Pues sí. Pero no son clientes. Son familias que quieren comunicarse con sus seres queridos o despedirse de ellos y que no han podido hacerlo porque la muerte se los ha llevado demasiado pronto.

—Hace negocio con ello, y no me parece lícito jugar con los sentimientos de las personas.

—No lo hace, Jules, no lo hace —le contradijo Dupin—.

He asistido a alguna de las sesiones y te puedo asegurar que la sensibilidad y el cuidado con que se lleva a cabo todo el proceso de manifestación del espíritu del difunto y la comunicación con los vivos es exquisita —continuó su defensa del espiritista—.

Kardec es muy respetuoso y ha estudiado y explorado esta posibilidad, que es real, de comunicarnos con los espíritus de los muertos.

Jules, tú que estás acostumbrado a cuestiones de brujería deberías saberlo mejor que nadie —le espetó Dupin.

Michelet, serio, sacudía la cabeza de derecha a izquierda, negando. Se mantenía firme en sus convicciones. Rocabertí, que llevaba un rato sin decir nada, atento al combate dialéctico que mantenían aquel par de intelectuales, osó intervenir cuando Dupin mencionó a las brujas.

—Recuerdo haber leído en La Odisea , de Homero, que cuando Ulises baja al infierno, al Hades, el héroe realiza un ritual siguiendo lo que le había indicado la bruja Circe.

Y de esta manera, gracias a las indicaciones de la hechicera, consigue hablar con el espíritu de su madre y con los de sus compañeros muertos en Troya.

Sería una demostración de espiritismo, ¿no creen?

—Cierto —admitió Aurore Dupin—. Bien visto, monsieur Rocabertí.

Jules Michelet resopló, en señal de desacuerdo.

—Aunque puedo estar de acuerdo en que esta referencia literaria da a entender que antiguamente el espiritismo era una técnica que se utilizaba para comunicarse con los difuntos, lo que deploro y critico es la manera en que Kardec y sus seguidores se aprovechan del dolor de los familiares de los fallecidos.

Y cómo los embaucan con su supuesta capacidad para ponerlos en contacto.

Y aún más allí, en el depósito de cadáveres.

No me parece bien, y según tengo entendido las autoridades acabarán con ello muy pronto.

—Pues me parece que será un error, porque el tránsito por el duelo es muy diferente si se puede establecer este tipo de contacto. No deja de ser un último acto de amor hacia el espíritu de aquel que ya no está en vida —reflexionó Aurore Dupin.

Rocabertí asentía con la cabeza. Estaba de acuerdo. Recordó lo que cierta vez le había dicho el rector de Peralada sobre el espíritu, el alma y el amor: «Solo el espíritu da vida al cuerpo y al alma. Y juntos forman la unidad del ser humano otorgándole la plenitud de la vida, que es el amor».

—Oh, no, querida Aurore. ¡Me refiero a que se cerrará la exposición pública de los cadáveres en el depósito! ¡Es un espectáculo indecente! En cuanto a los espiritistas..., ellos verán con su conciencia. —E hizo un gesto de desdén con la mano derecha—. ¡Ya se las arreglarán!

Apuraron los vasos de absenta mientras terminaban de escuchar la música que todavía interpretaba la orquestina que les había dado la bienvenida a aquel café concierto.

Una música que Rocabertí estaba convencido de que espantaba a cualquier espíritu que pudiera habitar en aquellos bosques junto al parque.