10 #2
»Más allá de consideraciones esotéricas, la brujería es la visión que la sociedad del momento tuvo de los diversos movimientos de rebeldía libertaria que se extendieron por Europa en los siglos pasados.
De gente de diversas generaciones, ideas y géneros sexuales que buscaban espacios donde ser ellos mismos, libres de acción y de pensamiento en un mundo que les era adverso.
Michelet hizo otra pausa y se quitó el monóculo, pues ya estaba encarando la recta final de su discurso.
—La visión negativa de la brujería es la de aquellas personas que no comulgaban con las ideas de libertad de sus vecinos y familiares, y que se oponían a ellas con acusaciones fantasiosas en las que algunos elementos del folclore han exagerado las cosas.
Todo esto lo encontrarán muy pronto en un libro que estoy terminando y que llevará por título Satanismo y brujería .
»¡Muchas gracias por su atención!
Al acabar la conferencia, Michelet respondió a las preguntas que le plantearon los asistentes, aunque en algunas, las más políticas, se le veía incómodo.
Después de la Revolución no había aceptado la oferta que se le hizo de entrar en la vida política activa.
Su decisión y, sobre todo, sus opiniones todavía suscitaban cierto revuelo.
Cuando se le preguntaba, sus respuestas a menudo tenían un tono mordaz y generaban cierta irritabilidad entre los miembros del Gobierno.
—Que se envíen las tropas contra el pueblo no me parece adecuado. La democracia solo será posible cuando se haya definido y enseñado a todos los ciudadanos. Por eso creo que soy más útil aquí, en el Colegio, impartiendo conocimiento.
Rocabertí esperó a que terminase de responder alguna cuestión más y a que bajase del atril para abordarlo.
De pequeña estatura, con una salud frágil, se veía que Michelet no era un hombre de acción. Más bien de meditación. De evitar las multitudes. No le gustaba el ruido; prefería el silencio, la soledad, el trabajo pacífico del gabinete. El de Peralada se acercó.
—Disculpe, monsieur Michelet... Su disertación me ha parecido muy interesante.
El filósofo lo agradeció asintiendo con un movimiento de cabeza.
—Y creo que la visión que nos ha ofrecido desde aquella época hasta ahora ayuda a interpretar el poder de los bosques y a humanizar la figura de la curandera.
—Lo celebro, monsieur. Es bien cierto que la vida precaria de aquella época remota hacía que las tribus vivieran la magia intrínseca del bosque como un hecho de lo más normal, y esto provocó que esas sociedades se volvieran más imaginativas y creyeran en sus propios sueños, los cuales les servían de consuelo.
Sueños extraordinarios, repletos de milagros, de locuras absurdas y encantadoras.
Y aquí es donde empieza a forjarse el origen pagano de la brujería y de la figura de la bruja a manos del diablo, quien primero la convierte en dueña de la naturaleza, hacedora de milagros, y más tarde en curandera y médica.
—De hecho, todos los pueblos necesitan su propia historia, ya que esta contribuye a crear la imagen que tienen de sí mismos y les otorga una sensación de identidad colectiva.
Y en este sentido, utilizan el pasado que ellos mismos han creado y, hasta cierto punto, inventado e imaginado para explicarse —apuntó Rocabertí.
—No menospreciemos la imaginación, la fantasía ni la magia cuando nos sorprenden imágenes en sueños o aparecen duendes, hadas y otras criaturas de las páginas de un libro.
Debemos pensar que, en cierta manera, aquellos seres fueron una parte muy importante de la vida de mujeres y hombres que vivieron antes que nosotros, y que los utilizaron como herramientas para combatir la brutalidad y la maldad gracias al cultivo de una espiritualidad, a veces pagana, que los llevó a creer en todo: en el rey, pero también en los espíritus, en Dios, en el diablo...
Michelet hizo una pausa. Se le veía fatigado.
—El abandono de la barbarie para dar paso a sociedades más cultas de alguna forma está ligado a estas creencias, a esta fe ingenua e indiscriminada basada en ficciones extraídas de la realidad.
Un relato, aunque tenga toques, chispas de magia, sigue siendo un buen instrumento para entender y explicar esa realidad y sobrevivir a ella.
Y no podemos ser tan descreídos como para acabar imponiendo una desmemoria al conocimiento que nos han legado, si al final no queremos encontrarnos sin tradición.
Porque no olvidemos que la tradición es eso, la transmisión oral de padres a hijos, de generación en generación, de hechos históricos, de creencias, de doctrinas religiosas.
Transmisión de todo tipo de conocimientos.
También de aquellos que provienen de la Naturaleza.
—¡Jules! ¡Mi querido duende!
Era la voz de una mujer que, vestida como un hombre, con el pelo cortado à la garçon y fumando en pipa, se acercaba de forma decidida y arrolladora hacia ellos.
—¡Aurore! —exclamó Michelet—. ¡Gracias por venir!
—No me lo podía perder por nada del mundo. —Y le tomó dulcemente del brazo para hacerle un comentario que Rocabertí también oyó—. Sin embargo, permíteme que te contradiga, porque, tal como apunté en La niña hada , al final la bruja bien puede ser una científica, una psicóloga o una confesora.
—¡Ay, Aurore! Ahora no pienso meterme en esas disquisiciones. Estoy fatigado —le reconoció el catedrático.
Pero Rocabertí, que seguía a su lado, no pudo resistirse a intervenir:
—Disculpad mi atrevimiento. ¿Habéis mencionado La niña hada ?
—Sí.
—¿La historia de la pequeña Fadette, criada por su abuela, una mujer menospreciada por el pueblo por su fama de hechicera, de bruja?
—Sí.
—¿Sois...? —dudó, nervioso—, ¿sois George Sand?
—Aurore Dupin, para serviros. —Y soltó una nube de humo de la pipa que casi le nubla la vista a Rocabertí—. ¿Y vos quién sois?
Tosiendo para no ahogarse con aquella neblina que lo envolvía, Antoni se aclaró la garganta para tragar saliva y responder:
—Soy Antoni de Rocabertí, asistente a las clases del doctor Michelet —que estaba apoyado en el brazo de la escritora— y un humilde admirador de vuestra obra —le reconoció, un tanto ruborizado—. El estanque del diablo me cautivó.
Dupin alzó las cejas por encima de las gafas, sorprendida, y torció la cabeza en un gesto de agradecimiento, un movimiento que Rocabertí interpretó en el sentido de que podía continuar hablando.
—De hecho, la descripción del paisaje, especialmente del bosque y del estanque cerca de Mers-sur-Indre, creo que juega un papel crucial en la novela.
Gracias al dominio del lenguaje y a su sensibilidad artística, Sand había conseguido escribir una obra cautivadora que sumergía al lector en el mundo rústico y poético de la campiña francesa.
En El estanque del diablo pintaba un escenario casi místico en el que la Naturaleza acompaña y refleja las emociones de los personajes: Germain, un joven campesino viudo con tres hijos, y Marie, una joven humilde del campo que se marcha a trabajar de pastora al mismo pueblo al que se dirige el primero para conocer a su futura esposa.
Ambos se encontrarán por el camino y se perderán en el bosque, cerca del enigmático estanque.
Rocabertí continuó el elogio.
—Los troncos de las encinas, los abedules, la luna y las estrellas, el reflejo del fuego en el estanque del diablo y sus simbolismos hacen que todos se conviertan en testigos silenciosos de la historia de amor y desamor que se desarrolla a orillas de sus aguas, casi encantadas.
En este punto, Michelet intervino:
—Hace unos momentos hablaba con este joven tan despierto sobre el inmenso poder de la Naturaleza, de los bosques, y de cómo esto ha contribuido a fortalecer y entender las tradiciones y sus relatos.
Aurore Dupin, George Sand, iba asintiendo y finalmente habló:
—A través de esta obra, he querido ofrecer un testimonio de las pasiones humanas, enmarcadas en la belleza y la austeridad de nuestro paisaje, de nuestros bosques.
—Y modulando el tono y haciéndolo mucho más amable, reconoció las palabras que le había dedicado Rocabertí—: Me siento muy honrada por la lectura que habéis hecho de este libro.
Es esencial para aquellos que buscan entender el corazón de los seres humanos, hombres y mujeres, a través de la perspectiva de la naturaleza.
Hacía tiempo que Rocabertí buscaba respuestas a través de la expresión más genuina de la naturaleza, los bosques, ya que era allí, en aquel lugar con un componente mágico, donde su vida había dado un giro.
De ahí también esa necesidad de querer saber, de conocer, de entender la complejidad de los bosques; a menudo le pasaba por la cabeza la idea de que debía hacer algo con el entorno natural, asalvajado y auténtico que se extendía por los dominios del castillo de los condes de Peralada.