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París volvía a ser la cura.

Ya lo había sido, y ahora sus padres volvían a confiar en ella.

Cuando Antoni era pequeño tenía una salud muy delicada, y los condes no escatimaron esfuerzos para recurrir a los mejores médicos para que lo atendieran.

Después de un periplo que les había hecho viajar por media Europa, decidieron llevarlo a un médico que, cuando era necesario, se valía de técnicas más propias de un curandero que de un profesional de la medicina, pero que era efectivo, tenía mucha fama y vivía en París.

Se llamaba Jean-Baptiste Dubois y era un ferviente seguidor de los métodos del doctor Franz Anton Mesmer, el médico austríaco que cien años atrás había revolucionado la medicina con sus curas aplicando imanes a sus pacientes, lo que se conoció como magnetismo animal.

El éxito hizo que se trasladara rápidamente de Viena a París, donde, a pesar de tener mucho trabajo y reconocimiento social, no siempre triunfó.

Algún caso que no terminó del todo bien, como el de una chica ciega que estuvo a punto de morir, puso en alerta a sus colegas franceses del gremio, quienes le cuestionaron y lo tacharon de fraude.

La Real Sociedad Médica, por orden del rey Luis XVI, intervino y, tras realizar diversas comprobaciones, concluyó que las ideas sobre el magnetismo animal eran inútiles y peligrosas, y que se debía prohibir su uso.

Mesmer fue invitado a marcharse de París, pero su forma de entender la medicina dejó huella.

Con el paso de los años, Dubois había perfeccionado sus métodos y por sus manos pasaban dignatarios de todo el continente y los nobles franceses más adinerados.

Los condes de Peralada llevaron allí a su hijo Antoni, que sufría una debilidad nerviosa y era propenso a episodios de vómitos, desmayos, ceguera pasajera, depresiones y delirios, una especie de ataques o brotes de epilepsia.

Tuvo suficiente con una semana ingresado en aquella pequeña clínica, situada detrás de la catedral de Notre Dame.

Antoni de Rocabertí recibió las medicinas necesarias para curarse; no recordaba el tratamiento, pero la agresividad de algunos medicamentos hizo que su salud se resintiera para siempre.

Pensativo y paseando por la margen izquierda del río Sena, Antoni de Rocabertí recordaba todo esto cuando dejó atrás la imponente arquitectura de Nuestra Señora de París y llegó al corazón del distrito quinto, el barrio más antiguo de la ciudad.

Si ahora lo habían enviado a Francia para alejarlo de una relación que no le convenía, también era cierto que pasaría allí una larga temporada porque debía formarse.

Y por este motivo, una vez instalado en la casa donde vivía su hermano Tomàs, había decidido asistir a las clases que se impartían en el Collège de France, uno de los lugares de transmisión de conocimiento más importantes del país.

Era una institución de educación universitaria de enorme prestigio fundada en el siglo XVI por el rey Francisco I de Francia.

Bajo el lema Docet omnia , ‘enseñarlo todo’, ofrecía un conocimiento de alto nivel científico y literario.

Y esto significaba matemáticas, ciencias físicas, ciencias naturales, filosóficas y sociológicas, ciencias históricas, filológicas y arqueológicas de la mano de las eminencias más reputadas.

Este conocimiento se impartía gratis y las clases eran abiertas a todo el mundo, a todo aquel que quisiera aprender.

Esta idea es la que llevó a Rocabertí a asistir a una de las conferencias que pronunciaba un filósofo y catedrático de Historia del Colegio, el insigne Jules Michelet.

Hacía poco que Michelet había vuelto al Colegio después de que una decisión ministerial, por orden de la monarquía, hubiera suspendido su curso en enero de 1848.

La razón de la suspensión no la había acabado de entender nadie porque se había querido contentar a todo el mundo, pero esgrimieron que era demasiado anticlerical y liberal.

Por este motivo, su disertación había levantado mucha expectación y había mucho público, que había llenado el anfiteatro del Colegio.

Pero lo que atrajo a Rocabertí a la conferencia era el tema sobre el que disertaba: la brujería.

Parapetado tras el atril de madera y con la ayuda de un monóculo, Michelet, al que se veía enjuto y marchito, consultó los papeles antes de empezar.

Y lo hizo con una afirmación contundente:

—¡La brujería nace en los bosques!

Un cierto rumor se extendió entre la multitud de asistentes, que aguardaban expectantes.

—¡Es así! Y lo es desde los tiempos medievales, en los que los europeos vivían más cerca de la naturaleza, no por gusto, sino por necesidad.

En ella encuentran una manera de subsistir, o quizá de refugiarse de las banderías de la época o de las arbitrariedades de los señores nobles.

Es esta vecindad forzosa con la naturaleza la que permitirá el nacimiento de la brujería primigenia, los brujos y las brujas que en las fábulas posteriores darán forma al arquetipo de la bruja solitaria, que vive en una cabaña en un bosque lúgubre, y del brujo alquimista encerrado en su torre oscura.

El aspecto asilvestrado de este lugar, áspero, lleno de tejos y zarzas, la belleza sobria y siniestra de la implacable Proserpina, perturban la percepción.

Por este motivo dirán que el bosque está embrujado.

Varias veces en los eriales se han visto cosas que no se debían ver.

Muchos hombres van allí a escondidas. A las mujeres todavía les cuesta mucho aventurarse a entrar en ellos.

Observan el peligroso camino, preguntan a quienes regresan de él.

»El patrón era bien claro: el pastor de las montañas, la vieja curandera, el hombre que entiende el lenguaje de los pájaros y de las serpientes, el cortanubes, la chica con dotes de sibila...

Vecinos de los bosques o casi unos habitantes suyos más.

Y todos ellos pertenecen a las clases y los estamentos inferiores de la sociedad, siervos maltratados por sus señores en aquellas regiones boscosas donde eso era el pan de cada día.

Podemos partir con total seguridad de la premisa de que, durante siglos enteros, el vasallo vivió como el lobo y la zorra, como un animal nocturno: quiero decir que, de día, se mantenía lo más quieto posible y que solo vivía realmente de noche.

Más claro no se puede decir. De día, los siervos hacían lo que podían, y al anochecer encontraban refugio en la nocturnidad y en el salvajismo, el del bosque, el del erial...

, allí donde encontrasen un rincón de libertad, lejos del altivo y tenebroso castillo y del pueblo repleto de ojos y oídos fisgones.

Allí encontraban a Lucifer, el demiurgo, el Gran Padre, y con él pactaban un acuerdo que les otorgaba la tan ansiada libertad.

»Pero esta libertad tenía un precio en este mundo, pues quienes se creen sus dueños siempre están al acecho del que se sale de las normas. Ya por aquel entonces, los ojos y oídos espías corrían por todas partes..., igual que ahora.

Michelet hizo una pausa que aprovechó para beber un poco de agua.

Mientras tanto, el auditorio permanecía en un respetuoso silencio ante el discurso que desarrollaba el orador. Entonces, el profesor se aclaró la garganta y continuó:

—Si el maleficio se asocia a las malas opiniones, todo brujo es un hereje y todo pusilánime es un brujo.

Se puede quemar como brujo a todo aquel que piensa mal, o contra el pensamiento establecido.

Puede ser quemado en la hoguera de la brujería todo aquel que piensa mal, y quien dice mal dice diferente —dijo, usando otro tono para subrayar la singularidad de la palabra.

Entonces prosiguió:

—No es que en la Edad Media no se persiguiera a personas acusadas de brujería, pero la gran locura de las hogueras, los juicios teatrales y los inquisidores desbocados llegaría en la Edad Moderna, aquellos siglos de renacimiento cultural, fuerza de la razón y orden ilustrado combinados con conflictos como la guerra de los Treinta Años.

Michelet detuvo su relato y barrió con la mirada, un tanto inquisitorial, a los asistentes. Le gustaba comprobar que el público estaba atento.

—Hasta cierto punto, la caza de brujas de la Edad Moderna sirvió para oponer el poder laico al eclesiástico, en una pugna que ya venía de antiguo; los tribunales de unos llevaban a cabo juicios y quemas masivas de brujas y brujos más ostentosos que los de los otros, los perpetrados por la Iglesia.

Todo ello, en el contexto de la Ilustración.

Luces con sombras. Pero ¿qué es la luz si no genera sombras?

El mundo en que vivimos así lo exige, es ley natural, y aquellos tiempos de estallido ilustrado, con la razón y la ciencia en la boca y la mente de tantos, por fuerza debían acentuar la parte oscura y esotérica de la experiencia humana.

Lo exotérico y lo esotérico no son sino las dos caras de la realidad tal como la entendemos nosotros, los humanos.

E hizo otra pausa para tomar un pequeño trago de agua.

—Para mí, la persecución de la brujería, desde un punto de vista esotérico, fue el intento de eliminar definitivamente un remanente de religión pagana del que los brujos y las brujas serían los seguidores.

Sí, ya sé que la teoría sonará controvertida y que será descartada por algunos estudiosos.

Pero, en mi opinión, es la siguiente: la brujería sería una forma superviviente de los antiguos cultos paganos en los que un dios con cuernos sería la divinidad principal, lo que habría dado origen a la idea medieval del diablo.

Aunque la hipótesis es atractiva, hoy el consenso académico es que los juzgados y condenados por brujería no eran practicantes de ningún culto pagano.