Malavecina 9
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Y la oscuridad brilló.

Parecía imposible, pero era exactamente lo que percibía Aurora.

Ahora que caminaba por el centro del bosque, la sensación de luminosidad que notaba, que apreciaba en todo su esplendor, no podía ser más real.

Y a medida que se adentraba en él, veía con mayor claridad y se conectaba más con aquella realidad, que ahora observaba bajo otra luz, pero con los mismos ojos.

Notó que no solo la vista, sino otros sentidos, como el oído primero y el olfato después, se le agudizaban, y que era capaz de distinguir los matices, los acentos, los ruidos y los olores.

El balanceo de las ramas de los árboles parecía susurrarle algo; en el vuelo de los pájaros y en su melodioso piar también intuía unos sonidos que se acercaban mucho a las palabras, tal y como ella las entendía.

Los bramidos, los gritos y los chillidos armoniosos de otras criaturas que provenían del sotobosque, del interior de los troncos de los árboles, de las cuevas, del río...

Era como si el bosque entero entonara un canto de bienvenida, una melodía hecha de sonidos antiquísimos totalmente desconocidos para los seres humanos, pero en los que percibía una cierta familiaridad, pues los había oído muchas otras veces.

La diferencia, sin embargo, era que ahora los escuchaba desde el corazón.

En aquel instante, Aurora empezó a presentir la existencia de muchas vidas invisibles, tal como le había explicado la Malaveïna, que estaban dispuestas a confiarle sus secretos, guardados en la profundidad de las raíces que se hunden buscando el latido del corazón del mundo.

La esencia. Aquello que los hace únicos, permanentes, invariables.

Un enjambre de luciérnagas empezó a sobrevolarla, como si bailaran en su honor. Y Aurora recordó lo que le había contado la curandera sobre aquellos curiosos insectos:

—Ver una volando cerca de ti es una señal de protección de fuerzas superiores.

Su luz es un augurio de buena suerte y protección espiritual, porque las luciérnagas son mensajeras de los dioses.

Su centelleo rápido y coordinado transmite mensajes secretos entre las criaturas del bosque —le había susurrado la Malaveïna.

También le había hecho saber un detalle que convenía no pasar por alto—: Las luciérnagas son venenosas, pues al verse atacadas comienzan un proceso de sangrado por el cual liberan una sustancia química que tiene un sabor amargo, áspero y un tanto avinagrado.

Debes saber que es mortal para sus depredadores, que son los sapos, las lagartijas y los pájaros.

Para los humanos no. Al contrario, como todo, ¡con mesura puede resultar de gran utilidad!

Esta sustancia tiene un poder anestésico, calmante y sedante muy útil.

La he usado muchas veces y es muy eficaz.

La vieja curandera estaba satisfecha con el aprendizaje que había realizado Aurora.

Cuando la veía emboscada en medio de la maleza o frente al caldero preparando algún aceite, la miraba con orgullo, como si fuera su hija.

Observaba que, con el paso de los años, la hija de Alba había aprendido a escuchar, a mirar la naturaleza con el corazón y a entenderla.

Y tenía la sensación de que su trabajo ya estaba hecho.

Había traspasado todos sus conocimientos y daba gracias a los dioses que se lo habían permitido.

Presentía que el tiempo de sus días se escapaba y que no tardaría en dejar este mundo.

Tal como le había dicho una vez a Aurora, cuando ella sintiera la llamada del bosque se iría sin hacer ruido, y en un acto mimético adoptaría la forma y el color de cualquier especie con la que se sintiera conectada y se convertiría en una parte más de la naturaleza.

Y así fue como Aurora, que ya podía percibir ciertas señales, entendió que a la Malaveïna, tal como la había conocido, ya no la vería nunca más.

Lo constató un día, cuando, antes de entrar en el bosque, le dio la bienvenida un árbol que se alzaba al lado del camino y que hasta entonces no había estado allí. Lo miró de arriba abajo y reconoció en él el espíritu de la vieja curandera.

Era una sabina.

Un árbol alto y resistente, sólido y firme.

Indestructible. Capaz de aguantar sin ceder ni flaquear ante las condiciones más adversas de frío, calor, viento y sequedad.

Aurora recordaba que en una ocasión la Malaveïna le había confesado que sentía una ferviente admiración, rayana en la devoción, por aquel árbol, al que se consideraba único por ser capaz de unir el infierno, la tierra y el cielo.

No era casualidad que ella nunca fuera a ninguna parte sin su inseparable bastón, hecho de una raíz de sabina, una raíz que se había hundido en la tierra, retorciéndose entre el barro y la oscuridad subterránea, y que, a pesar de todos los inconvenientes, había sido capaz de nutrir un árbol frondoso y vigoroso como el que se alzaba ante ella.

Por algo se le conocía como el árbol de la vida, el árbol siempre verde.

Y Aurora se acercó a aquel ejemplar lozano y lleno de vida para acariciarle la corteza.

Era de un color ceniciento y, al tacto, resultaba rugosa y fibrosa.

Levantó la vista hacia la copa, densa y espesa.

Y con la mirada empañada por la emoción, recorrió el conjunto de ramas de la sabina, desde la horcadura hasta la cima, para detenerse en el verdoso follaje.

Podía sentir cómo la esencia de su maestra se respiraba entre el ramaje.

Sus ojos se detuvieron en unas formas redondeadas de color naranja-marrón.

Arrancó un fruto y lo olió. Tenía un aroma fuerte, resinoso, parecido al del enebro.

Recogió unos cuantos y pensó que, de aquellos frutos que le ofrecía la Malaveïna, haría un aceite cuyas propiedades ya conocía.

El aceite de sabina era uno de los esenciales para la curandera.