8 #2
—Que las personas que usamos la izquierda en vez de la derecha estamos mal vistas. Dicen que es la mano del demonio.
La curandera la ilustró:
—Desde tiempos inmemoriales, hay gente que cree en estas tonterías.
Mira... Cuando en el campo se tenía que segar el trigo con la hoz —y se puso a imitar el gesto del segador—, decían que el zurdo podía hacer daño a su compañero.
O en las guerras. La lanza y la espada se agarraban con la derecha y el escudo, con la izquierda.
Los soldados que en una formación fueran al revés podían hacer daño a los demás.
También dicen que Judas era zurdo, y que Eva en el paraíso dio la manzana a Adán con la mano izquierda.
Todo ello ha hecho que la siniestra, la izquierda, esté mal considerada, y que se relacione con el demonio, el infierno, las brujas...
—Pero ¿quién hace estas acusaciones?
—Ay, pequeña... —suspiró—. La religión. Mira, Aurora, el cristianismo intentó suprimir las creencias ancestrales, aquellas en las que habían creído nuestros antepasados.
Algunas las reafirmó, como estas que te contaba, pero a las otras las persiguió.
Debes pensar que aquellas convicciones fueron una parte muy importante de la vida de mujeres y hombres que estaban aquí antes que nosotros.
Tenían mucha fe en ellas, y las usaron para sobrevivir a la brutalidad y la maldad de su mundo.
Gracias al cultivo de esta espiritualidad, pudieron creer en todo: en el rey, en el señor feudal, pero también en los espíritus, en Dios, en el diablo...
Hizo una pausa.
—Ya hace muchos años que la Iglesia persigue a las personas que no se quieren someter a su yugo, a sus leyes, a su religión.
Y si son mujeres, todavía lo hace con más malicia.
Por eso se inventaron esta palabra: bruja.
Y la han preñado de connotaciones negativas.
Que si tienen comportamientos y conductas sospechosas, que si practican la magia, que si invocan y convocan a las fuerzas de la naturaleza...
»La brujería se empezó a ver como una religión paralela, con una liturgia propia, y aseguraban que estaba presidida por el diablo, que ya sabes que conspira contra la Iglesia oficial. Y han hecho lo imposible por extender el miedo entre la gente.
Hizo otra pausa.
—Pero en realidad la Iglesia no lo ha conseguido.
Porque los vínculos con aquello que nos rodea y que nos ampara son muy fuertes, y han dado sentido a la vida de miles de generaciones.
Aunque una forma de desdibujar estas creencias fue cristianizar a los espíritus y dioses de antaño.
Así, santa Bárbara y san Marcos protegerían del trueno; san Antonio Abad cuidaría del ganado, o san Juan Bautista protegería las aguas, entre otros.
Las antiguas divinidades, todo aquello que se había venerado y adorado y que quedaba fuera de los altares, pasaron a considerarse el Mal, el demonio y los malos espíritus.
Así, los palacios de cristal de las mujeres de agua se convirtieron en cuevas oscuras y siniestras, y ellas pasaron de ser muchachas bellas a viejas feas y harapientas.
Y las hadas benefactoras se convirtieron en hadas malditas: las brujas.
Y concluyó:
—Sin embargo, lo más curioso es que los hombres que practican las artes antiguas y ocultas lo hacen para bien. ¡Los brujos y los curanderos no están ni perseguidos ni mal vistos! No les deseo ningún mal, pero no hay ninguno que haya acabado en la hoguera o en la horca.
Aurora ponía cara de no entender nada. E insistió:
—Pero tú puedes curar. ¿De dónde sale tu poder?
—¡Del bosque! Miro, escucho y aprendo de mi alrededor.
Y repitió:
—¡Del bosque! ¡De la Naturaleza! —dijo mientras abría los brazos para intentar abarcar todo aquel espacio—.
Me encanta el bosque. Soy quien soy gracias al bosque y a todo lo que atesora.
Aquí he aprendido y he entendido que en el bosque entras en un mundo que es mágico, donde la realidad y la fantasía se entrecruzan y se sitúan en un mismo punto.
—Y mientras decía esto gesticulaba con las manos en dirección a los árboles que tenía delante—.
En el bosque, las cosas se confunden entre los árboles y la espesa maleza de los matorrales.
Pero de repente hay una claridad que te lo hace ver todo con otros ojos.
En el bosque, he descubierto que la oscuridad brilla, que hay sonidos totalmente desconocidos para los humanos...
—¿Oyes voces en el bosque?
—Las voces de los que viven en el bosque y que me hablan, sí.
—¿Son las que te han contado los secretos para curar?
—Todas esas voces, que no se oyen pero que conocen su entorno, me han enseñado el poder que tienen las plantas, las flores, los árboles.
Sin que nadie lo advierta se balancean desde las ramas más altas hasta las raíces más profundas para descubrir el alma del mundo.
Aquí he conocido la existencia de innumerables vidas invisibles y diminutas que susurran sus secretos de hoja en hoja, de tallo en tallo, y que depositan cada gota del rocío por la mañana.
Es un regalo de la Naturaleza que debes saber leer.
—¿Esos seres son duendes y hadas? —preguntó Aurora con curiosidad, esbozando una media sonrisa.
—Viven en este mundo que está dentro del nuestro.
—¿Y qué tengo que hacer para percibirlos?
—Eso no lo eliges tú. Son ellos los que te llaman.
—¿Y cómo los oiré?
—Cuando estés preparada. No menosprecies la capacidad mágica de la realidad, ni la fantasía ni la imaginación.
Te aseguro que, si lo haces, puede sorprenderte que, tras el roce de una rama, el trino de un pájaro o el salto del agua de un río, pueda brotar una señal que te permita entenderlos —le advirtió la curandera—.
La realidad no tiene límites —aseguró—, porque también tienen cabida en ella los sueños, las supersticiones, los elementos sobrenaturales.
Aquello que es insólito y sobrenatural deja de estar al otro lado y se incorpora a la realidad.
No se trata de creer que la magia es real, sino de ver la realidad como si fuera mágica.
Y le puso un ejemplo:
—¡Mira! Para que veas que la magia está en cada rincón, estamos a punto de llegar a uno de los días, o, mejor dicho, a una de las noches más mágicas del año.
—¿Cuándo? ¿Cuál?
—Mañana. La de San Juan.
—¿Y por qué?
—Hay dos rituales que son vitales y que atesoran una cierta magia.
—Y la Malaveïna la ilustró—: Uno consiste en escribir en un papel aquello que no te gusta y que quieras enmendar o enderezar.
Tienes que echar el papel al fuego y, mientras se consume, remangarte las faldas y saltar las llamas.
Es el gesto simbólico que hay que hacer para superarlo.
A la mañana siguiente, cuando te levantes, tienes que lavarte la cara con agua de romero, que encontrarás en la jofaina.
—¿Por qué?
—Porque te dará suerte. ¡Ay, mi niña! ¡Más vale tener siempre la suerte de cara!
—exclamó la curandera, que enseguida continuó—: La noche de San Juan también recogeremos nueces verdes y hierba de San Juan, los dos últimos ingredientes de la sesentena de hierbas y la docena de especias que necesito para elaborar ratafía.
Lo pondremos todo dentro de una gran damajuana, una garrafa de vidrio de cuello estrecho, y con las manos removeremos su contenido.
Notarás que desprende un aroma muy característico cuando lo agitemos.
Una vez hecho, lo taparemos con un paño y pondremos un plato encima para que no entre ningún bicho.
—¿Y después?
—La mezcla estará cuarenta días y cuarenta noches a la intemperie, macerando, en un rincón del patio.
Y no será hasta noviembre, después de la matanza del cerdo, cuando la abriremos, la pasaremos por el colador y ya estará lista para beberla.
Si hemos hecho bien la mezcla, tendrá mucha salida, no solo como digestivo, sino también para aliviar un resfriado o hacer pasar los dolores de barriga de las mujeres, entre otras aplicaciones.
Si no sale bien, solo servirá para desatascar el fregadero de la cocina.
—Y soltó una carcajada que enseguida le contagió a Aurora.