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Joan de Can Quelic se moría de ganas de salir a buscar a su hija y a su nieta, pero tuvo que trabajar en los viñedos de los condes.
Quien tiene el culo alquilado no puede sentarse siempre que quiere.
No daban abasto, porque las bodegas francesas venían al Empordà a comprar grandes cantidades de uva.
La pasión, el esfuerzo, la dedicación, además de la calidad y la personalidad del terreno y de la uva, hacían que el vino de aquel rincón de la comarca fuera reconocido en diversos lugares.
Incluso en el país vecino, que elaboraba sus propios caldos.
Los franceses no lo reconocerían nunca, pero ahora que sus viñas habían sufrido el zarpazo de la plaga, estaban recurriendo a las uvas de Peralada.
Sabían que eran excelentes. Resulta que era verdad que había un mal que afectaba a las cepas francesas.
De entrada, los ampurdaneses se frotaban las manos y se enriquecían a costa de la desgracia ajena, que era una especie de polvo que se posaba sobre las hojas y en los racimos como si fuera ceniza.
Aquella enfermedad no presagiaba nada bueno, y fue solo cuestión de tiempo que afectara al Empordà.
Era un hongo que provenía del Reino Unido y que, pasando por Francia, acabaría también llegando a los viñedos españoles y catalanes.
No se tardó mucho en detectarlo en los campos de los condes, en Garriguella.
Al principio no le hicieron caso y decían que la tramontana ya se lo llevaría: «La tramontana los sembrados deja barridos de oruga y palomilla», decía la tonada de la canción popular que alababa aquel viento como remedio para eliminar enfermedades de las plantas y del ganado.
Y tal como se había hecho el siglo pasado, se salió en procesión para pedir a la Virgen María que enviara la tramontana, que soplara bien fuerte para limpiar el Empordà de la gran epidemia que diezmaba su razón de ser: la viña.
Ante la persistencia de la plaga, sin embargo, las creencias populares no acertaron.
Y los resultados y estragos se notaron por todas partes, no solo en Francia y en Italia, sino también en Garriguella.
El vino se encareció y subió de precio hasta llegar a pagarse entre veinte y veinticinco pesetas la bota.
Joan intentaba rendir cuentas como podía al administrador de Peralada porque, aunque debía ser una gran añada, al no saber combatir la plaga, las viñas se quedaban totalmente baldías, secas y mustias.
La uva parecía una pasa muy magra y seca, y lo único que podían hacer para aprovechar lo poco que se había cosechado era pasarla por el trujal de aceite con algo de agua.
Pero tampoco funcionaba. Y se encontraron con que, en el país del vino, los señores y los amos seguían tomándolo, pero el resto bebía agua.
El devastador descenso de las cosechas tuvo dos efectos.
Uno fue la miseria que se enseñoreaba y se apoderaba de todo y de todos.
Y el otro, una actividad frenética en busca de una posible cura.
Los estragos de la plaga del oídio habían sumido a la comarca en una miseria severa y de difícil supervivencia. Alba intentaba que la contratasen en algún sitio; quería ganarse un jornal, lo necesitaba, pero no lo conseguía. No había trabajo.
Un día, desesperada, se lanzó al vacío desde un risco. Su hija, Aurora, crecería lejos del castillo sin su madre, sin saber tampoco quién era su padre y al lado de la Malaveïna.
La curandera la acogió y la instruyó en las nociones básicas de su oficio, empezando por las propiedades de las plantas, las hierbas y las flores que les ofrecía la naturaleza.
Las idas y venidas al bosque para encontrarlas y saber distinguirlas formaron parte de sus particulares días de estudio.
Y enseguida aprendió a destilar la resina de pino silvestre, que se utilizaba como base de ungüentos, jarabes, parches y pomadas.
También elaboraba remedios con pez negra y diferentes aceites, como el de enebro, lagarto, serpiente blanca o víbora.
La joven Aurora, que recordaba a su difunta madre, estaba ávida de conocimientos y aprendía deprisa.
Había llegado la hora de pasar a la práctica.
Mientras esperaba las órdenes de su maestra, observaba de pie al lado de un aparato metálico.
Era una especie de caldera con una tapa en forma de cúpula de donde salía un tubo, un conducto pequeño y estrecho por donde circulaba un líquido de color cobre que goteaba dentro de un recipiente que había al otro lado.
—¡Fíjate! Con paciencia, ahora tendremos un aceite que, por destilación con vapor de agua, dejará caer gotas en este alambique. —Y la anciana le mostraba todo el proceso, que maravillaba a la joven aprendiz de bruja.
Recogían el aceite y lo guardaban en diferentes botes, frascos y otros recipientes que contenían todos los remedios naturales elaborados por la Malaveïna, y que a menudo tenían dos o tres aplicaciones: tanto podían curar golpes, heridas, picaduras o erupciones en la piel como romper pulmonías, curar la tos más seca y rebelde o las úlceras de estómago.
Aurora había visto que los tenía repartidos en estantes en la sala principal, pero también en otras estancias de la casa.
—¿Y este que hacemos para qué servirá? —preguntó mientras con la mano izquierda le acercaba un vaso para aprovechar los restos del aceite.
—¿El aceite de abeto? A menudo lo necesito para curar enfermedades de los pulmones o de los riñones, pero también para la uretra y para las úlceras de estómago —le respondió mientras recogía, con un cucharón de madera de boj, la resina sobrante.
—Y esta resina, una vez destilada, ¿la tiras?
—¡No! ¡Yo lo aprovecho todo! La mezclo con cera y preparo unos parches que van muy bien contra el dolor, los golpes, las torceduras y las picaduras de araña o de víbora. También la aplico sobre la piel para extraer espinas y para tratar llagas y granos infectados.
La chica dirigió la mirada hacia los ramos de flores que colgaban del techo de la cocina. Algunos ya estaban secos, como los de salvia y tomillo.
—¡Con estos dos cerca y bien administrados, no te hace falta nada más!
—le aseguró la anciana—. La salvia sirve para curar cualquier enfermedad.
¡Y el tomillo también! Mira, yo lo uso para limpiar los ojos y las heridas, para cuando tenemos dolor de muelas, para las anginas, los dolores de vientre y de estómago; de hecho, también puedes hacerte sopas y comerás salud —le recomendó.
Aurora estaba sorprendida por la variedad de plantas y la cantidad de aplicaciones que tenían. No daba abasto para aprender todos los conocimientos que le transmitía la Malaveïna.
—¿Y esta flor blanca? —Con el índice de la mano izquierda señaló una flor que tenía cinco pétalos dobles en forma de estrella.
—Es el té de roca o rompepiedras. Vive en las rocas y en los riscos y arraiga en las grietas; por eso también se la conoce como la hierba de la piedra. Y porque su infusión es ideal para el mal de piedra de los riñones.
A Aurora no se le escapaba ningún detalle de la curandera.
Le parecía extraordinario que tuviera remedios para todo y que todo lo pudiera curar.
Parecía que nada se le resistiera. Y por eso, un día que no se lo esperaba, le soltó lo que pensaba a la hechicera.
Se lo dijo después de ver, con aquellos ojos verdes manchados de oro, cómo curaba a un hombre que tenía un pie y medio en el otro mundo.
La Malaveïna había conseguido curarle una pulmonía.
Le envolvió el pecho con la piel de un conejo recién matado, con la parte interna de la piel del animal tocando la del enfermo.
Como la fiebre era muy alta y no bajaba, la curandera cambió la piel de conejo, que ya estaba reseca.
Lo tuvo que hacer hasta cuatro veces. Tuvieron que desollar otros tantos conejos para curarlo.
Pero el heredero de la casa salió adelante.
—¡Tú haces magia!
—No sé si hago magia —le contestó la Malaveïna—. Debes creer en la magia. Yo creo. ¿Y tú?
Aurora se encogió de hombros porque no sabía qué decir.
—No se trata de entender la magia como si fuera real, sino de ver la realidad como si fuera mágica. La realidad no tiene límites, porque en la realidad también tienen cabida los sueños y lo que llaman elementos sobrenaturales, lo que hace que se generen supersticiones.
—¿Superstiqué?
—Supersticiones. Son creencias y miedos absurdos, sin sentido, ante lo que es desconocido y misterioso. Lo que no vemos con los ojos no significa que no exista.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, curiosa.
—Que si sabes mirar, aquello que es insólito y sobrenatural deja de estar al otro lado. Lo que es desconocido se incorpora a la realidad, forma parte de ella.
Aurora estaba confusa.
—Tienes que mirar con otros ojos. —Y la curandera se puso la mano a la altura del pecho—. Tienes que mirar con el corazón limpio.
—¿Eres una bruja?
La mujer esbozó una sonrisa socarrona.
—No sé si soy una bruja. Dicen que si una mujer da tres vueltas a una iglesia se convierte en bruja. Nunca me he acercado a ninguna iglesia. ¿Y tú?
Aurora no entendía nada.
—¡Pínchame!
La chica estaba atónita.
—Dicen que para determinar si una mujer es una bruja tienes que pincharla. Y si es insensible al dolor, se considera que lo es.
—¡Qué tontería!
—También las lanzan al río, y si flotan se las considera culpables de brujería. Y tú ve con cuidado.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Por dos motivos. Primero: dicen que a una mujer que no tenga ninguna peca en la piel también se la toma por bruja.
Aurora no salía de su asombro y, en un acto reflejo, se tocó la cara. No tenía ninguna mancha. Ni en la cara ni en ningún otro rincón de la piel. Y enseguida preguntó:
—¿Y el segundo?
—Veo que usas la siniestra, como una servidora —apuntó la Malaveïna.
La cara de sorpresa de la chica pedía una explicación.
—Ya hace tiempo que vi que eras zurda.
—¿Y qué mal hay en ello?