Malavecina 7
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—¡Buenos días, señor!

El cochero saludó a Antoni de Rocabertí, quien notó en las mejillas el frío de aquella madrugada de finales de octubre cuando salió del castillo para subir al carruaje.

Inmediatamente después de frotarse las manos, el chófer cargó las tres maletas grandes del hijo de los condes.

A pesar de que el viaje hasta París sería largo, había tenido que contenerse con el volumen del equipaje; en una de las tres cajas de cuero llevaba ropa y otros efectos que necesitaría durante los diez días de trayecto.

Bien mirado, a pesar de las comodidades de las que pudiera disfrutar gracias a su linaje, el viaje tenía un cierto aire de proeza que combinaba resistencia física, paisajes cambiantes y una organización considerable.

Después de colocar las maletas, desplegó el peldaño que había bajo la puerta de la berlina y la abrió para que Rocabertí pudiera acomodarse en el interior.

Este hizo un gesto en señal de agradecimiento, entró para sentarse en aquel compartimento acolchado, y el mozo le cerró la puerta y subió al pescante.

Dio un latigazo al aire y la pareja de caballos tiró del carruaje, que salió brioso del patio del castillo para tomar el camino que lo llevaría de Peralada a Cervera de la Marenda, donde cogería una de las cuatro diligencias que salían hacia París.

A aquella hora de la mañana el trayecto fue plácido y bastante rápido.

Cuando llevaban tres cuartos de hora, ya habían pasado Portbou y se divisaba la villa vecina, un pequeño pueblo de la costa de la Albera, el primero situado en territorio francés.

Una vez llegado a aquella especie de estación, Rocabertí se acercó a la aduana.

Por un lado, para pagar el billete, que costaba novecientos reales, y, por otro, para concluir los trámites requeridos al salir del país.

Le cargaron el equipaje y se dio prisa en subir a su diligencia; quería evitar a toda costa el movimiento y el trasiego que había en la parada.

El alboroto, el bullicio y el griterío se fueron diluyendo a medida que el grupo de pasajeros fue accediendo a sus respectivos coches.

Los carruajes procuraban salir en grupo porque una diligencia sola era blanco fácil de los bandoleros y salteadores de caminos, que solían perpetrar robos por aquellos parajes.

A las nueve en punto de la mañana, la recua de carruajes se puso en marcha y poco a poco los caballos fueron avanzando por el antiguo camino real número 9.

Empezaba un viaje que, de no surgir ningún contratiempo, terminaría al cabo de diez días.

Se harían paradas cada veinte kilómetros para cambiar los caballos en las llamadas postas u hostales de camino real, con el fin de mantener el ritmo.

Y en Perpiñán, se detendrían en el Hôtel des Ambassadeurs para reponer fuerzas.

Después vendrían otras paradas hasta Lyon.

Aquel mismo año, en Francia ya se estaba construyendo la línea de ferrocarril que uniría el sur con París. Muchos viajeros recorrían el tramo Cervera-Lyon en diligencia, y Rocabertí tuvo la suerte de que los últimos kilómetros hasta París los pudo realizar ya en tren.

Toulouse, Montauban, Cahors, Limoges, Châteauroux y Orleans, y terminaría en París.

De momento, sin embargo, en la primera parte del trayecto Rocabertí viajaba en una diligencia de primera clase, una berlina que ofrecía mejores vistas y era más cómoda.

También más cara, pero se lo podía permitir.

Aun así, el ruido era constante. Entre el tintineo de los cascabeles de los caballos, el crujir de la madera y los gritos del conductor, dormir era casi imposible.

Y a pesar de que los caminos franceses estaban en mejor estado que los españoles, los baches, los hoyos y algunos tramos enfangados hacían que la travesía fuera pesada, incluso yendo en un carruaje acolchado.

Él estaba sentado en el lado derecho, junto a la ventanilla, y justo enfrente tenía a otro viajero. Un hombre que, desde que había entrado, había saludado y se había puesto a leer el periódico.

Le venía bien, porque no tenía ganas de hablar, así que se entretuvo mirando por la ventana.

El paisaje que había al otro lado del cristal era cambiante.

Los colores, los pueblos, las construcciones.

Pasada la llanura del Rosellón, y mientras los caballos trotaban por el Languedoc, vio unos viñedos frondosos y no pudo evitar recordar lo que había vivido entre pámpanos y cepas con Alba.

Y tampoco la conversación con Antòniu Tomàs, con su hermana Joana Adelaida y con la Malaveïna.

El traqueteo de la diligencia le fue dando sueño y se quedó dormido. Cuando se despertó, el carruaje estaba parado y ya estaba oscuro. Abrió la ventanilla y el aire fresco le despejó.

—Nos hemos detenido cerca de Perpiñán. Parece que una de las diligencias tiene algún problema en las ruedas. —Era su compañero de viaje quien le informaba.

Rocabertí le dedicó una sonrisa. Ahora que no tenía el periódico delante tapándolo, pudo mirarle detenidamente.

Era grande y corpulento, debía de ser un poco más joven que su padre.

Vestía de manera elegante: chaqueta, chaleco y pantalones de color gris, camisa blanca y corbata azul oscuro.

En el asiento de al lado, como si se tratase de un animal de compañía, reposaba un sombrero de ala corta.

Llevaba unas enormes patillas blancas que se le juntaban con un bigote del mismo color, todo recortado de manera pulcra y exquisita.

En una mano sostenía un monóculo que se había quitado de la cuenca del ojo y con la otra aguantaba un ejemplar de El Eco de los Pirineos .

—Lleváis un rato durmiendo.

Rocabertí pensaba que había dado una cabezada, pero por lo que parecía llevaba unas cuantas horas durmiendo.

Con el desasosiego y los nervios de la situación que dejaba atrás, no era extraño que su cuerpo le hubiera reclamado un descanso.

Y aquel traqueteo de la diligencia lo había terminado de arrullar.

—¿Hacia París, joven?

—Sí. A estudiar —contestó Rocabertí—. ¿Vos también, supongo?

—Efectivamente, pero no por estudios. ¡Ya no tengo edad! —Soltó una carcajada y acto seguido puntualizó—: Negocios. Unos negocios son los que me llevan a la capital. Pero ¿puedo preguntarle dónde va a formarse?

—En el Colegio de Francia.

—Enhorabuena, joven. Vuestros padres han hecho una buena elección. De allí han salido algunos de los mejores servidores de la patria francesa.

—Oh, sí, lo sé —admitió el chico—. Mi interés, sin embargo, está en otras disciplinas, no en hacer carrera política.

—Bien hecho. —Y el hombre reforzó sus palabras asintiendo con la cabeza.

En aquel preciso momento, la diligencia se puso de nuevo en marcha.

Los dos hombres retomaron la conversación—: Mirad, acabo de leer en el periódico que han comenzado las sesiones de las Cortes, que se siguen celebrando en el Teatro Real mientras se termina el edificio de la carrera de San Jerónimo de Madrid.

Y es mucho mejor hacerlas en el teatro, porque acercarse al nuevo edificio ahora que llega Todos los Santos es ser un poco osado.

—¿Por qué lo decís?

—Hay una historia trágica y siniestra en aquel lugar.

Rocabertí lo escuchó con más atención.

—¿Ah, sí? Explicaos.

—Allí donde pronto se alzará el edificio de las Cortes, antes estaba el convento del Espíritu Santo.

—No lo sabía.

—Hace unos veinticinco años se quemó misteriosamente.

—¿Y hubo víctimas?

—Sí, una docena larga. Y el hecho es que, aunque se investigó, nunca se aclararon las circunstancias ni se supo el nombre del o de los responsables.

De repente, bajó el tono de voz y casi susurrando dijo:

—Pero, según cuentan, los espíritus de los que allí perdieron la vida deambulan por aquel lugar...

Rocabertí estaba estupefacto, absorto, con el ánimo suspendido ante lo que oía.

—... no saben si estas almas en pena se manifiestan para reclamar que se haga justicia en su causa.

¡Qué más da! —E hizo chasquear la lengua contra el paladar—.

Tampoco quiero turbar la placidez de vuestro viaje con estas historias de malos espíritus.

Con esto, solo quiero decir que es mejor que por los alrededores del Día de los Difuntos los diputados todavía no puedan acceder al nuevo palacio. ¿Me entendéis?

—Oh, no os preocupéis; no me atribuláis en absoluto.

Yo, como vos, siento un gran respeto por estas cuestiones, digamos, esotéricas y misteriosas.

Creo que también forman parte de nuestra realidad, aunque a menudo sean incomprendidas por la mayoría, pero encuentro que tienen su punto de verosimilitud.

Son creencias que hunden sus raíces en tiempos remotos, tienen su origen en la época de nuestros antepasados, que se merecen todo nuestro respeto.

Por eso creo en ellas, y también porque, hasta cierto punto, forman parte de nuestra manera de ser.

El hombre se mostraba conforme con el razonamiento de Rocabertí y le escuchaba asintiendo con la cabeza para darle a entender que compartía su punto de vista.

—Lo celebro. Escuchad, joven, a mí hablar de estos asuntos me ha abierto el apetito. ¿Me acompañaríais a cenar?

La diligencia se había detenido, según lo previsto, en el Hôtel des Ambassadeurs de Perpiñán.

—Perfecto. ¡Vamos!

—Por cierto, no me he presentado: Teòfil Barceló, para serviros. —Y le tendió la mano para estrechar la suya.

Rocabertí siguió su ejemplo y, una vez hechos los honores, bajaron de la diligencia y se dirigieron al hostal.

Después de una cena a base de cocido y un guiso de conejo regado con vino de la tierra, subieron a sus habitaciones para intentar dormir.

A Rocabertí le costó conciliar el sueño.

Su cabeza no podía dejar de dar vueltas al episodio que le había contado su compañero de viaje, el de los espíritus errantes de las personas que murieron en el incendio del convento.

A la mañana siguiente, al despertar, tomaron un pequeño desayuno y, cuando el postillón —el encargado de guiar los caballos de la diligencia— hubo tocado el cuerno, todos ocuparon sus respectivos asientos para continuar la marcha hacia Lyon.

El resto de los días hasta llegar a la ciudad transcurrieron sin ningún hecho destacable.

Las conversaciones con Teòfil Barceló versaron sobre todo tipo de temas: de la política a la familia, de la cocina a la religión, pasando por la magia, que era una cuestión que fascinaba tanto a Rocabertí como a su acompañante.

Visitar algún paraje durante las paradas en las postas y la lectura de algún libro que se había llevado fueron ocupando los días y las noches.

Las posadas donde dormía no siempre eran del gusto del noble de Peralada, pero, a pesar de todo, estaban lo bastante limpias, la comida era buena, consistente y abundante y, como cada vez estaba más cerca de llegar a su destino, lo relativizaba.

E incluso veía ya llegar el momento en que abandonaría definitivamente el ritmo de los caballos por la velocidad del vapor.

Porque cuando llegaron a Lyon, un barco de vapor los llevó navegando por el río Saona hasta Chalon-sur-Saône.

Allí pudo coger un tren. Era uno de los primeros tramos en estar operativos porque conectaba el tráfico fluvial del río Saona con la capital francesa.

No llegaba a los cuatrocientos kilómetros de distancia, pero el tiempo de viaje, que era de entre nueve y doce horas, no se podía comparar con los tres días que tardaba una diligencia en hacer el mismo recorrido hasta París.

Por suerte, Rocabertí pudo viajar en unos vagones cerrados con asientos tapizados de terciopelo y cortinas.

Muy exclusivos, tal como acordaron con Teòfil Barceló.

El tren, sin embargo, no era directo; se detenía para cargar agua y carbón.

Bajaron a estirar las piernas o comprar algo de comida en Dijon, la parada más importante de Borgoña.

Hicieron un par más, en Tonnerre y Montereau, donde se unían las líneas del valle del Sena.

Después de tantos días en una diligencia de madera y caballos, entrar en la capital del mundo en un convoy de hierro y vapor era una sensación indescriptible.

El tren se detuvo en una estación provisional y bastante rudimentaria, situada en la plaza de Mazas, justo delante del puente de Austerlitz.

Rocabertí y Barceló bajaron del vagón y se despidieron.

Mientras una multitud de mozos de cuerda se peleaban por cogerles el equipaje para llevarlo hasta el carruaje, Rocabertí levantó la cabeza para intentar vislumbrar, en medio de aquel hormigueo de gente, una cara conocida. Y de pronto escuchó su nombre.

—¡Antoni!

Era su hermano Tomàs, que lo esperaba con su preceptor, ambos instalados en la ciudad desde hacía meses.

Se abrazaron y Antoni le admitió que, a pesar de la larga duración del viaje, había sido un trayecto plácido.

El preceptor hizo una indicación a un mozo para que cogiera las maletas de Antoni y las llevara al fiacre, un taxi de caballos particular que los esperaba fuera.

Mientras se dirigían hacia el carruaje, Tomàs le pasó la mano por el hombro y le dijo:

—¡Bienvenido, Antoni! Nuestro padre me ha dicho que aquí te curarás de tus males.

—¡Seguro que sí, Tomàs!

Le habría gustado decirle que estaba convencido de que tenía la receta para curarse, pero no quiso precipitarse. Antoni de Rocabertí confiaba en los consejos que le había dado la Malaveïna.