Malavecina 6 #2
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Los facinerosos se largaron, muertos de miedo, al oír que la mujer invocaba un nombre que a menudo se asociaba al demonio. Una vez que hubo pasado el peligro, la curandera se acercó a Alba.

—¿Estáis bien? —espetó, enfadada.

—Sí, muchas gracias, señora...

—¡Vámonos! Salgamos de aquí, no sea que vuelvan ese par.

Alba obedeció y, estrechando bien fuerte contra su pecho a su hija, se puso a caminar detrás de la mujer. La había reconocido porque ya la había asistido el día del parto. Estaban predestinadas a encontrarse.

Al poco tiempo de caminar por el bosque, apareció ante ella una masía de piedra cubierta por una gran hiedra de la que emergía una larga chimenea.

—¡Ya hemos llegado! —anunció la Malaveïna.

Entraron, y cuando Alba hubo terminado de dormir a la niña, la curandera, que estaba sentada junto al fuego, le acercó un cuenco de caldo humeante.

Había aplastado una cabeza de ajos con el puño, los había echado al fondo de la olla donde hervía un caldo de verduras y había añadido un puñado de tomillo fresco; al cabo de un rato, había roto un par de huevos y, al final, puso un par de trozos de pan seco.

—Come. Esta sopa de tomillo te recuperará del susto —le aseguró mientras Alba le agradecía el ofrecimiento con una sonrisa y se la tomaba de las manos—. ¿Qué hacías en aquella cueva?

—Huía.

—¿Sola y con una criatura?

Alba le relató su historia: que había tenido que huir de casa con la niña porque la había tenido sin estar casada y no quería que la señalasen ni a ella ni a sus padres.

En ningún momento citó ni a Antoni ni a los condes de Peralada, pero la vieja hechicera empatizó con su desgracia y no le costó nada ponerse en su lugar.

Aquel relato consiguió ablandar el carácter feroz y esquivo de aquella mujer, que se había ganado fama de arisca, solitaria, hosca e intratable.

La Malaveïna rehuía el trato con la gente y a menudo se mostraba irritable con quienes se acercaban. Era desconfiada por naturaleza. Pero tenía sus motivos.

—No sabes cómo te entiendo, hija... —Y dejó escapar un suspiro—.

Años atrás, yo también hui y me tuve que esconder en el bosque.

Tenía que dormir como las liebres, con precaución y mucho cuidado para no dejarme sorprender ni atrapar.

Comía huevos que cogía de los nidos, ponía alguna trampa para cazar algún conejo y como no podía acercarme a ningún río...

—¿Por qué?

—Porque sabía que mi marido los vigilaba. Para poder beber, me bebía el agua de la niebla. Conocía una técnica que le había oído alguna vez a mi abuela Silvèria, un sistema para obtener agua en tiempos de sequía, pero también en situaciones difíciles como aquella.

Como estaba lejos de cualquier riachuelo, en medio de la montaña y rodeada de niebla —por suerte, era espesa—, la Malaveïna dispuso las hojas más grandes de los árboles de tal modo que filtraran las nubes bajas; así la densa niebla se iba transformando, gota a gota, en agua que iba a parar a una especie de cuenco que se había fabricado con un trozo de corteza de otro árbol, y podía beberla.

Se refugió dentro de una cueva, una estructura cavernosa con unas formas que no había visto nunca.

Era un refugio austero, pero le pareció que estaba habitado, o que alguien había estado viviendo allí hasta hacía poco.

—«Algún animal», pensé, y agudicé los sentidos por si aparecía. Al cabo de un tiempo, supe que mi marido había muerto, decidí que ya estaba bien de esconderme y de huir, y levanté esta casa.

—¿Qué problema tuvisteis con vuestro marido?

—Me casé con un hombre que no me merecía. Lo único bueno que me dio fue un hijo, mi pobre hijo... Abandoné a ese hombre. Me pegaba, me maltrataba y lo dejé. Hui con mi hijo. Pero el niño estaba enfermo.

—... ¿y qué pasó?

—Aquel hombre, que tenía mucho poder, hizo que me buscaran y me persiguieran por todas partes, pero no me encontró. El bosque, la naturaleza, nos protegió a mi hijo y a mí...

Hizo una pausa y tragó saliva, como si le costara continuar, como si tuviera un nudo en la garganta.

—A pesar de todos los remedios naturales que le di a mi hijo, finalmente se me murió en los brazos.

Eso hizo que me recluyera en mí misma. Y levanté esta casona con mis propias manos.

Desde entonces he vivido de lo que me da la gente a la que curo.

Mis artes, mi aspecto y mi carácter me han procurado el apodo que me han puesto y que ya conoces.

—Sí..., pero ¿cómo os llamáis? ¿Cuál es vuestro verdadero nombre?

—Llogaia. Nací cerca del arroyo de Àlguema, no muy lejos de Llers. Y es curioso, porque todo el mundo piensa que soy una bruja, que hago magia negra, y es justo lo contrario.

—¿Qué queréis decir?

—Mi nombre proviene del griego Leucadia , que significa ‘diosa blanca’, y ya sabes que el nombre siempre acaba marcándote. Me lo pusieron precisamente porque nací durante un eclipse de sol.

Alba se mordió el labio inferior porque conocía la superstición.

—Cuando vine al mundo, todos a mi alrededor lloraban, mientras que, al parecer, yo sonreía.

Mi madre lloraba por el miedo a que se cumplieran los malos augurios que podían abatirse sobre el pueblo y sufría por haber dado a luz a una criatura el día de la oscuridad, por haber traído al mundo a un bebé en una jornada que presagiaba desgracias, por haber parido a un demonio y no a un ángel en el día del eclipse.

Incluso mi abuela Silvèria, conocedora de estas malas noticias, cada primero de enero procuraba guardar un trozo de pan en un cajón de la cocina.

Alba levantó las cejas y abrió los ojos en señal de sorpresa. La Malaveïna se lo aclaró:

—Sí. Resulta que cuantas más migas se amontonaran, mayor protección, según decían las mujeres más ancianas del pueblo.

Y mi abuela creía en ello. Pero no fue suficiente y tampoco dio resultado.

Y eso que decidieron que debían ponerme un nombre que pudiera revertir la superstición y se decidieron por el de Llogaia.

La gente, sin embargo, se ha empeñado en ver en mí a una servidora del Maligno.

—Pero allí en la cueva os he oído invocar al demonio.

—La mejor arma que tienes cuando te enfrentas a alguien que sabes que teme al demonio es hacerle creer que tienes tratos con él, ¿no crees?

Y esbozó una sonrisa pícara que la confundió.

—He soltado un nombre que algunos creen que es el dios del inframundo.

¡Nada! ¡Patrañas! —E hizo como si espantara una mosca mientras le decía—: Si quieres, te puedo enseñar a conocer e interpretar el lenguaje del bosque, de los árboles, de las plantas y de las hierbas.

Entender la Naturaleza te puede ser útil.

—Y apuró el líquido que quedaba en la jarra y se levantó del asiento.

Acto seguido, la Malaveïna cogió la raíz de sabina con la mano izquierda para salir hacia el bosque y le dio un consejo:

—Ahora, duerme y reposa. —Y desde el umbral de la puerta le aseguró—: Mañana... será otro día.