Malavecina 6
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El silencio de la noche quedó interrumpido en Can Quelic. Unos golpes insistentes repicaban en la puerta de la masía.

—¿Quién demonios es? ¿Quién llama a estas horas?

Joan y Agnès llevaban muy poco rato en la cama y se levantaron de un salto.

—Ve a mirar qué quieren. Todavía despertarán a Aurora, con estos golpes. —Agnès se preocupaba por la hija de Alba.

Y Joan salió de la habitación, con el pecho medio desnudo. Los golpes continuaban.

—¡Ya voy! ¡Mal rayo lo parta! —dijo mascullando cuatro juramentos mientras atravesaba a zancadas el espacio que servía a la vez de comedor y de sala.

Cuando abrió, se encontró de frente con uno de los hombres del conde de Peralada.

—¡Buenas noches! —dijo, serio, Antòniu Tomàs, el administrador del castillo.

—Dios os bendiga. ¿Qué te trae hasta Garriguella, Antòniu, que no pueda esperar a mañana?

—¿Podemos hablar dentro, Joan?

El heredero de Can Quelic se apartó para dejarle entrar, cerró la puerta tras de sí y le hizo sentarse en una silla de la cocina.

—Habla.

—El señor conde sabe que tu hija ha dado a luz a una criatura.

Joan se pasó la mano por el cabello y suspiró profundamente antes de contestar:

—Sí, así es.

—¿Sabe quién es el padre?

—No —respondió, decidido, Joan.

El administrador del conde de Rocabertí levantó las cejas en señal de sorpresa. Aquella negación no le había convencido en absoluto.

—¡Venga ya, Joan! ¡A mí no me vas a engañar!

—¿Por qué dices eso, Antòniu?

—Porque como tú muy bien sabes, y el conde también, el padre de esta criatura es Antoni, su hijo. Y no piensa consentir que haya vínculo alguno entre su casa y la vuestra.

—¿Y qué quiere que haga?

—Quiere que tu hija y la criatura se marchen de estas tierras.

—¿Cómo dices? —Abrió los ojos como platos.

—Lo que oyes, Joan. El conde dice que por nada del mundo permitirá que en sus tierras viva el fruto de una aberración.

—¿De una aberración? Pero si es fruto del amor de...

El enviado del conde lo interrumpió, sin dejarle continuar:

—El conde considera que es una desviación de la moral. Ni los padres están casados ni aceptará que su hijo se case con una... cualquiera.

Joan tuvo que morderse la lengua por la forma en la que aquel hombre, que también provenía de una familia humilde, se refería a su hija.

—¿Y si me niego?

—Si te niegas, os echará a ti y a tu familia.

Y de repente se oyó un golpe seco. A Joan le pareció que provenía de la habitación donde estaba la letrina, pero no le dio más importancia. Tenía las manos en la cabeza y, nervioso, se pasaba los dedos por el cabello.

—Ya sabes que el conde no tendrá problemas para encontrar otros masoveros que se encarguen de los viñedos —le anunció Tomàs.

—Es un castigo muy severo. Me parece muy injusto. Desmesurado... ¿Adónde van a ir mi hija y mi nieta? —sollozaba Joan.

El administrador del conde se levantó y, cuando ya se dirigía hacia la puerta, le dijo:

—El conde es un hombre recto y estricto. Debes saber que va a enviar a su hijo a París, donde vive su hermano, para que se concentre en los estudios y se olvide de vuestra hija y de la criatura, a pesar de que el chico no sabe nada del nacimiento.

Y, dicho esto, le dio la espalda y salió de Can Quelic.

Joan se había quedado abatido en la silla de la cocina.

Deshecho y triste, con las manos intentando sostenerse la cabeza, tenía los ojos llorosos clavados en el suelo que pisaba.

Un lugar que, como le acababa de recordar el enviado del conde, no era de su propiedad, y si quería seguir allí debía acatar las órdenes.

—Lo he oído todo...

Era Agnès, que apareció en la cocina con la voz rota.

Tenía la cara desencajada y los ojos rojos y húmedos; todavía lloraba.

Estaba de pie ante su marido en camisón, solo abrigada con la manta que tenían a los pies de la cama y que se había echado por la espalda cuando decidió salir de la habitación de matrimonio.

Joan levantó la vista hacia su mujer y negó con la cabeza.

—Agnès, no tenemos otra solución que obedecer.

—¡Joan, por el amor de Dios! ¿¡Adónde quieres que vayan!?

—No lo sé, no lo sé... —Y se rascaba nerviosamente la cabeza—. ¿Y nosotros? ¡Somos mayores, Agnès! Si nos marchamos de Can Quelic, ¿dónde iremos a parar, con Marçal y la abuela Angeleta?

—Ya nos espabilaremos —dijo ella, por inercia y sin demasiada convicción.

—¿Cómo? No tenemos adónde ir. No tenemos nada. Esto —y abría los brazos para abarcar la cocina, y por extensión la masía y las tierras—, esto es lo que creemos que tenemos. Pero ni siquiera esto es nuestro —reconoció lleno de impotencia, sollozando.

Sobrecogida ante aquella escena que acababa de contemplar desde su habitación, Alba, que se había despertado al oír algún grito, tomó una determinación. Huir. Si la desterraban porque el conde consideraba que había cometido un acto de depravación, no quería avergonzar a sus padres. Huiría.

Cuando se aseguró de que Joan y Agnès ya se habían retirado a su habitación y los ronquidos de su padre certificaban que estaban dormidos, Alba salió de casa ligera de equipaje, después de envolver a la niña y colgársela a la espalda como si fuera un fardo.

Antes, sin embargo, había escrito una nota de despedida que dejó sobre la mesa de la cocina.

Padre, madre, no me busquéis. He decidido que lo mejor para todos es que la niña y yo nos marchemos, sobre todo para que no tengáis que estar pendientes de la benevolencia de los condes de Peralada.

Os quiero mucho y por nada del mundo querría que tuvierais que pasar vergüenza o penurias por mi culpa.

Os estoy muy agradecida por la vida que me habéis dado, pero ahora ha llegado la hora de que busque mi propio camino, sola con mi hija, lejos de la viña y de Peralada.

Alba

A aquella hora, cuando faltaba poco para que amaneciera, todavía no había nadie en ninguna parte.

Alba caminó campo a través en dirección a Mollet de Peralada hasta que la lluvia que empezaba a caer la obligó a refugiarse en una cueva.

Era una cavidad no demasiado profunda en una pared de roca, en una ladera muy empinada, en la que penetraba un poco de claridad.

Decidió que se quedaría allí hasta que el chaparrón amainara, pero la lluvia fue arreciando y, cuando ya llevaban muchas horas allí, la niña se despertó y empezó a llorar.

Tenía hambre. Intentó darle el pecho, y mientras estaba ocupada en ello oyó ruidos que venían de la entrada de la cueva.

Se angustió porque le pareció que eran risas, de hombres.

Resultó que eran una pareja de malhechores que apenas hacía unas horas que habían salido de la cárcel de Figueres, dos desdichados a los que por la mañana habían dejado libres y que, una vez fuera de la prisión, habían entrado en la taberna de la plaza de Figueres y habían pedido dos vasos de vino.

El dueño del local les había servido y a continuación habían hecho chocar los vasos para brindar.

—¡A la salud de Butarós! —Y los vaciaron de un trago.

El 10 de agosto de 1839, el padre Josep Vilert, el sacerdote custodio del santuario de la Mare de Déu del Camp, en Garriguella, no estaba en el templo, pero a las nueve de la mañana entraron tres hombres que, tras mil excesos, martirizaron a la pobre mayordoma e incluso le abrieron el vientre de forma cruel.

A pesar de la salvajada, la mujer sobrevivió y la víctima pudo declarar a la Guardia Civil que habían sido el hombre que vivía solo en el Mas Butarós y dos compañeros suyos.

Butarós fue ejecutado mediante garrote vil en la plaza de Figueres y sus cómplices, encarcelados.

Habían pasado ocho años desde que colaboraron en aquel crimen contra la mayordoma del santuario de la Mare de Déu del Camp, el mismo tiempo que estuvieron encerrados en la prisión de Figueres.

Aquella pareja de malvados rondaba de nuevo por Garriguella y por los alrededores del santuario.

Y así fue como dieron con la cueva donde se habían refugiado Alba y su hija. Al descubrirlas quisieron violentarlas.

Los gritos se oían desde fuera de la cueva, y la Malaveïna, que recolectaba ruda cerca de aquel abrigo rocoso, no lo dudó: dejó lo que estaba haciendo y se dirigió allí.

En cuatro zancadas se plantó en la cueva con la intención de ayudar a aquella mujer que, con una niña en brazos, gritaba ante dos tipos corpulentos.

Cuando vieron a la Malaveïna, los dos granujas, con aire de ser capaces de cometer cualquier fechoría, se rieron de ella y la menospreciaron.

Ebrios como estaban, el alcohol les hacía pavonearse, y no sabían discernir el peligro que conllevaba enfrentarse a la Malaveïna.

Pero, al cabo de un rato de decir tonterías y fanfarronadas, uno de ellos la reconoció y empezó a persignarse, como quien ve al demonio.

—¡Es esa vieja bruja! ¡La que dicen que hace pactos con el diablo! Nos echará un mal de ojo que nos provocará alguna desgracia.

—¡Anda ya! —decía el otro—. ¿Qué quieres que nos haga esta vieja escuálida?

—¡Cállate! Mira, ¿ves cómo nos observa? Su mirada maligna tiene una especie de fuerza que no es de este mundo. Esos ojos...

La Malaveïna los acechaba, atenta a lo que pudiera pasar y calculando sus posibilidades. Eran dos, y aunque hubiera uno que estaba muerto de miedo, el que llevaba la voz cantante tenía malas intenciones. Se le veía en la cara. Y aquel podía arrastrar fácilmente a su compañero.

—¡Ves cómo nos estudia de arriba abajo! —insistía—. ¡Seguro que está mascullando alguna maldición para lanzárnosla!

La Malaveïna no solo les amenazó con darles un buen zurriagazo con aquella raíz de sabina que usaba de bastón, sino que además les lanzó un hechizo:

—Me he atado al demonio, me he atado a una piedra negra, me he atado a las siete hoces del Todopoderoso...

Me he atado a la cola del sol y a los cuernos de la luna.

Y me habéis agarrado como a un perro, por el hocico, como a un cachorro por la nuca.

¡Soy vuestro, oh, amo y señor! ¡¡Oh, misericordioso Marduk, venid hacia mí! !