5
Con aquel recuerdo muy presente, Rocabertí pensó que no perdía nada por probarlo, así que metió en un hatillo la ropa de la curandera que había guardado y salió a escondidas del palacio.
Estaba tan desesperado por lo que acababa de decirle Antòniu Tomàs que lo único que se le pasó por la cabeza fue ir a ver a la Malaveïna y devolverle sus pertenencias a cambio de que la vieja hechicera pudiera interceder para ayudarle en su propósito.
Que pudiera ejercer alguna influencia inexplicable, que pudiera cambiar los acontecimientos a través de algún sortilegio o algún embrujo.
El susurro de un autillo que anidaba cerca de la torre del castillo acompañó a Antoni mientras dejaba los dominios condales de Peralada para internarse en la frondosidad del bosque que se extendía ante él.
Cuando llevaba un rato caminando, divisó la casona que buscaba.
Era una masía de piedra de tejado bajo, con la fachada parcialmente tapizada por una gran hiedra y flanqueada por una chimenea larga y prominente. Era la casona de la Malaveïna.
Tomó aire antes de llamar, como si quisiera cargarse de valor. Con los nudillos de la mano derecha golpeó con firmeza y determinación, aunque por dentro le recorría un escalofrío que lo mantenía inquieto. Notaba un nudo en el estómago.
Las bisagras chirriaron y tras el batiente de la puerta apareció la dueña de la casa.
—¿Qué queréis? —preguntó de malos modos. Sus facciones transmitían frialdad y seriedad, y aún más enmarcadas por el pañuelo que llevaba atado bajo la barbilla, que le cubría la cabeza y la mitad de la cara. Mostraba un rostro arrugado y aquella mirada azul que lo taladraba bajo las cejas blancas.
—¿Es vuestra esta ropa? —le preguntó Antoni, enseñándole el contenido del hatillo.
La mujer echó un vistazo rápido a aquel montón de harapos. A pesar del paso del tiempo, la reconoció y asintió con un gesto. Terminó de abrir la puerta y con la mirada lo invitó a entrar.
La estancia era confortable, presidida por una chimenea con una olla que hervía colgada de los llares, un perol ennegrecido que antaño había sido de cobre.
Antoni pensó que debía de hervir todo el día y así ayudaba a oxigenar el espacio, que buena falta le hacía.
Desprendía buen olor. La mujer echó un chorro de aceite y añadió un par de huevos. Era sopa de clara de huevo.
—Eso, gachas y legumbres, las viandas de los pobres. La comida de la escasez —aclaró la anciana al ver que el hijo de los condes la observaba.
El joven sonrió y aprovechó para entablar conversación. Comenzó con un reconocimiento.
—Sé que mi padre hace tiempo que recurrió a vuestros remedios.
Antoni repasaba los estantes, repletos de botes y frascos de todos los tamaños y colores, donde reposaban los aceites, jarabes, ungüentos e infusiones que elaboraba la curandera.
—Es cierto, pero en público desaprueba mis métodos y apoya a las autoridades eclesiásticas, que persiguen a las mujeres que, como una servidora, solo ponemos nuestro conocimiento al servicio de la gente.
La naturaleza me provee de todo lo que necesito, y es mi deber ayudar a todo el que me lo pida.
En general, la gente es bastante agradecida.
Y echó un vistazo a los embutidos, fuets, butifarras y jamones que colgaban de unos ganchos al otro lado de los estantes de los remedios. Antoni entendió que aquellos embutidos formaban parte de algunos de los pagos en especie que recibía por sus curas.
—Pero vos sois una bruja que tiene tratos con el diablo. Lo he visto con mis propios ojos.
—Eso no es del todo cierto.
Antoni alzó las cejas y le volvió a mostrar la ropa.
—Si asistí a aquella reunión fue por curiosidad.
No tengo tratos con el diablo. Tengo la capacidad de sanar porque conozco las plantas, las flores, los árboles y sus frutos.
Y soy capaz de aliviar el dolor y hacer desaparecer todos los males sin hechizos ni prácticas oscuras.
Uso las fuerzas de la Naturaleza porque estoy en comunión con ellas.
—A mí no me engañaréis. Sé lo que vi.
—Vos sois un hombre cabal. Soy una curandera, no una bruja ni una hechicera.
Aunque me llaman de todo, no debéis temer que os eche mal de ojo ni os embruje.
¡Eso no lo hago! —insistió alzando la voz—.
Y tampoco hace falta que eche cinco granos de sal al fuego para que vuestro corazón arda; ya lo tenéis bien encendido por esa chica de Can Quelic. Bien que se os nota.
Antoni no se sorprendió al oír aquellas palabras, porque creía que la mujer tenía poderes y, por tanto, no era extraño que supiera que amaba a Alba.
—Por eso venía. ¿No podéis hacer nada para interceder por nosotros?
—Vuestro amor ya se ha consumado y la Naturaleza seguirá su curso.
Ahora sí que Antoni bajó la mirada y se ruborizó. Pero enseguida volvió a levantar la cabeza bien alta porque consideraba que no tenía que avergonzarse de nada.
La curandera prosiguió:
—La voluntad de vuestro padre depende de otra fuerza contra la cual no puedo hacer nada.
—¿Y no tenéis el poder de averiguar el futuro?
—¡Ay, qué cándido! El futuro... Mirad, los de nuestro gremio nos regimos por cuatro preceptos que, una vez que se ponen en marcha, liberan una energía que se puede transformar en aquello que queramos.
—¿Y cuáles son?
—Debéis tener una voluntad constructiva, debéis desarrollar una imaginación creadora, debéis tener fe, creer en ello, y finalmente debéis trabajar para hacer realidad vuestro deseo.
Mientras tanto, es necesario mantener el secreto para que nada ni nadie pueda estropear vuestros planes.
Eso y ser fiel. La fidelidad es constancia.
Os debéis mantener firmes, tenaces y perseverantes para conseguir vuestro objetivo —sentenció la Malaveïna.
Ya estaban fuera, delante de la fachada del caserón donde crecía una gran hiedra. Y la vieja curandera le dijo:
—Tenéis que ser como la hiedra. Ella no es capaz de soportar su propio peso, de modo que busca un árbol o una pared para sujetarse y poder trepar. Una vez que ha conseguido agarrarse, nada la puede separar de su compañero de vida.
—Pero tenía entendido que la hiedra representa la ingratitud, porque ahoga al árbol que la sostiene —objetó Antoni.
—No es verdad. La hiedra no vive de su compañero, sino que se alimenta de sus propias raíces —puntualizó.
La Malaveïna acariciaba aquellas hojas verdes que alfombraban la pared del exterior de su casa.
La consideraba una gran aliada. Sabía que, si trepaba por los muros de una vivienda, protegía a sus habitantes, igual que a ella.
La hiedra curaba heridas, y el agua teñida con el verde de sus hojas se aplicaba como remedio para vencer las cataratas.
Incluso había hecho colgar hiedras en los establos para evitar que la leche de las vacas se volviera agria.
—En la antigua Grecia, los matrimonios se presentaban en el altar de Himeneo con un ramo de hiedras, como símbolo de una unión indisoluble. No lo dudéis —concluyó la Malaveïna antes de despedirse de él y volver a entrar en su caserón.
Antoni le dejó el hatillo de ropa y abandonó la casa.
No se iba precisamente con las manos vacías.
Tenía el respeto de la curandera a la que había ido a buscar y la idea que le había dado la anciana rondándole por la cabeza.
Quizá no era un hechizo, pero sí una fórmula que le permitiría, una vez que estuviera en París, trabajar para intentar conseguir lo que deseaba en un futuro.
Y eso no era otra cosa que, algún día no muy lejano, volver a estar con Alba.