Malavecina 4 #3
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Con la última, el gran macho cabrío lanzó un largo y estridente relincho que remató con unos repiques de pandereta, y entonces todo se detuvo.

Desde lo alto del árbol, Alba y Antoni no dejaban de mirar el corro.

Las mujeres estaban quietas. El macho cabrío se levantó y fue pasando por delante de todas sus fieles servidoras.

Eligió a tres, y les extrañó que las elegidas no fueran solo jóvenes.

Eran mujeres que representaban las tres edades: la juventud, la madurez y la vejez femeninas.

Las tres, cogidas de las manos, siguieron a quien parecía su amo mientras el resto de las mujeres que habían estado bailando formaban un segundo círculo alrededor de aquella endiablada trinidad; porque, en el momento en que entraron en ese segundo círculo, se unieron en un solo cuerpo.

Una vez que el macho cabrío las hubo satisfecho, se sumó el resto de las mujeres, en lo que se convirtió en una orgía salvaje que la pareja contemplaba desde lo alto del árbol sin dar crédito a lo que veían.

Alba oyó un intenso batir de alas cerca de sus oídos y notó que algo la había picado.

Se giró para ver qué le provocaba aquel escozor, pero solo vio una mariposa naranja y negra que se alejaba.

El picor era muy fuerte y se le extendía por toda la espalda, que le empezaba a quemar.

Tenía la intención de rascarse; sentía que toda ella hervía por culpa de aquel picotazo que acababa de recibir.

No sabía que una mariposa pudiera picar así.

Y mientras intentaba rascarse para aliviar el picor, hizo un mal gesto con tan mala suerte que resbaló y se cayó del árbol.

Antoni se quería morir.

El grito de dolor de Alba cuando se golpeó con todas las costillas en el suelo alertó a algunas de las participantes en aquella fiesta carnal.

Dos mujeres levantaron la cabeza de entre aquel bosque de piernas y brazos en el que estaban sumergidas y corrieron a buscarla.

Cuando Antoni vio que se acercaban, se encaramó todavía más arriba.

Fue un acto reflejo. Tenía miedo y, aunque no lo pareciera, sufría por Alba.

Desde lo más alto de la copa del árbol, protegido entre las hojas y las ramas, pudo verlo todo mientras se autoconvencía de que lo mejor era no exponerse, aunque aquella muestra de cobardía le hacía sentirse en contradicción con una parte de sí mismo que le reclamaba que saltase y ayudara a la chica.

Cuando estaba a punto de hacer caso a la voz de la conciencia, tuvo que desdecirse.

Las dos mujeres que habían salido de la multitud ya ayudaban a Alba a levantarse con gran delicadeza, y la invitaban a entrar en el corro y unirse a la celebración.

Se sentía un olor muy fuerte e intenso, como a huevos podridos.

Era hedor a azufre. Alba no giró la vista hacia el árbol en ningún momento, estaba como embrujada; no sabía qué le pasaba, pero avanzaba hacia el corro tambaleándose, con la ayuda de las dos chicas.

Tras un rato siendo testigo de una escena que se le quedó grabada en la retina, y con mucha cautela, Antoni decidió bajar del árbol, tratando de elegir un momento en el que le pareció que estaban tan absortas que no lo verían.

Se deslizó por la corteza rugosa del árbol procurando no romper ninguna rama y cuando llegó al suelo se alejó retrocediendo, sin dar nunca la espalda a las brujas.

Deshizo el camino del bosque que habían tomado antes con Alba, y aprovechó para pasar por el lugar donde las brujas habían dejado sus ropas y coger las de Malaveïna.

Recordaba haber oído decir que si alguien les arrebataba la ropa podía conseguir, a cambio de devolvérsela, el respeto de la bruja, tanto para él como para su familia.

Una vez finalizado el ritual, las mujeres se fueron vistiendo y se marcharon por caminos distintos.

La montaña ofrecía suficientes atajos y senderos para que pudieran regresar a sus lugares de origen de manera discreta.

Mientras tanto, Alba intentaba reponerse del aturdimiento en el que la había dejado aquella ceremonia tan alocada.

No daba crédito.

Tenía la mirada extraviada, perdida por aquella explanada que hacía un rato —no sabía cuánto, pues había perdido la noción del tiempo— había sido testigo de una locura.

Notaba la boca pastosa, con una mezcla de sabores.

Y en la nariz, aquel hedor a huevos podridos.

Estaba mareada, confusa, y dentro de su cabeza aún resonaba la melodía juguetona del flautín.

Aquella melodía ensordecedora había sometido su voluntad y la había sumido en un estado que no sabía definir.

Era consciente de lo que había pasado a su alrededor y de lo que hacían ella y el resto de las mujeres.

Poco a poco, se incorporó y notó que la espalda se quejaba.

Y gracias al pinchazo de dolor en el cuerpo empezó a recordar.

Se había caído del árbol. Se giró y vio el roble del que se había caído.

Y se tocó el cuello, donde aún sentía un leve escozor.

Recordó que le había picado algún bicho.

Que estaba con Antoni. ¿Dónde estaba él?

¿Adónde había ido? ¿Por qué no la había ayudado?

¿Quería ella que la ayudara? Si lo hubiera hecho, la habría privado de vivir una experiencia única y...

turbadora. Aquellas mujeres la habían acogido en su círculo.

Había sentido lo que hasta entonces jamás había sentido, ni sabía que pudiera sentir.

Se acarició el cuerpo desnudo. ¿Le había gustado?

Preguntas sin respuesta.

Alba giró la cabeza a un lado y a otro, se frotó los ojos y reconoció junto a un seto un montón de ropa: su vestido. Se lo puso tan rápido como pudo, porque hacía rato que había oscurecido, y se dirigió a casa. En Can Quelic ya debían de echarla de menos.