Malavecina 4 #2
16%

4 #2

Alba y Antoni se miraron extrañados y decidieron seguirlas.

Al principio avanzaban a paso lento, pero les sorprendió que las mujeres fueran aligerando la marcha hasta el punto de que les costaba seguirlas.

La vieja curandera parecía que tirase del resto del grupo y se adentraron por un sendero con una fuerte pendiente.

Ellos dos resollaban detrás de aquella anciana y, al final, perdieron a las mujeres de vista, como si el bosque se las hubiera tragado.

Estaba a punto de anochecer; solo quedaba un destello de sol, un hilo de luz que pronto desaparecería.

La curiosidad les empujó a abandonar el camino hollado y se adentraron en el bosque.

No habían podido ir muy lejos. La humedad les empezaba a calar los huesos y sentían algo de frío.

Tenían los ojos muy abiertos, casi fuera de las órbitas, no solo para ver qué tenían delante, sino también para saber qué estaban pisando.

¿Adónde narices habrían ido aquellas mujeres?

No se habían esfumado. Entonces oyeron un pitido muy agudo y sostenido que les hería los oídos.

Primero se llevaron las manos a las orejas para protegerse de aquel intenso y retorcido silbido, pero cuanto más cerca lo tenían, menos daño les hacía y más deseaban escucharlo.

La dulce melodía los atraía hacia donde se producía aquella intensa tonada.

Era el sonido de un flautín, que de repente quedó truncado por el repique de un tamboril enfurecido y arrebatado que no seguía ningún tipo de compás.

Avanzando hacia la música, salieron del bosque y tuvieron que frotarse los ojos varias veces cuando, en un claro, vieron lo que tenían delante: al lado de una ermita en ruinas había un grupo de mujeres alrededor de una piedra.

Allí encima, rodeado por unos cirios amarillos y negros que desprendían una luz azulada, había un libro y todas ellas se iban acercando para darle un beso, como si siguieran una ceremonia parecida a una misa, pero con una liturgia muy particular.

La música había cambiado de tono y, entre el grupo de mujeres de todas las edades que ahora empezaban a bailar, les pareció reconocer a la Malaveïna.

Pero lo que más les llamó la atención no fue la variedad de edades, sino que todas iban desnudas.

Se habían quitado los ropajes siguiendo un ritual concreto: primero se desnudaban, acto seguido se frotaban contra un matorral espinoso y después escondían la ropa.

Y una vez guardada, se unían a un corro que giraba al ritmo de aquella música que los había llevado hasta allí.

Entre ellas, risueñas y juguetonas, se ayudaban a desprenderse de los vestidos, se tocaban y se besaban, y acto seguido se untaban el cuerpo con cera o aceite.

No habrían sabido decir de qué estaba hecha aquella pomada, pero seguramente contenía alguna sustancia, algún producto especial o con propiedades alucinógenas, porque después de aplicársela se incorporaban al círculo como unas poseídas, danzando alrededor de una figura que tocaba el flautín y el tamboril.

Así lo intuían por el sonido que salía del centro del círculo, pero no terminaban de verlo con claridad porque los cuerpos de las mujeres no se lo permitían.

Se subieron a un árbol con mucho cuidado para no ser vistos y se quedaron sin aliento al ver la figura que estaba tocando música.

Sentado en un tronco, un macho cabrío gigante de pelo negro brillante sacudía la cabeza y blandía los enormes y retorcidos cuernos que coronaban su testa, una cornamenta formidable que estaba adquiriendo un color morado.

Era ese macho cabrío gigante el que hacía bailar a aquellas mujeres a un ritmo que ahora se había vuelto más sensual, coincidiendo con una reverencia que le hacían las mujeres: de una en una, salían un momento del corro, daban un paso adelante y le dedicaban una reverencia. Lo adoraban.

Las mujeres se postraban ante él, arrodilladas, se inclinaban sobre la entrepierna de aquella bestia humanizada y comenzaba el ritual.

En dos tiempos, primero lo besaban durante un rato y después se retiraban haciendo un gesto cómplice a aquella criatura, para volver al corro a danzar llenas de fuerza, preñadas de una vitalidad inusitada, mientras otra mujer ocupaba su lugar.

Ese ritual se repitió una docena de veces, una por mujer.