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—... ¡¿Y bien?!
Antòniu Tomàs, el administrador del conde, se disponía a responder a lo que le preguntaba el hijo mayor de su amo.
Bajo la calva y la amplia frente, su cerebro trabajaba para contestar de manera adecuada, con sus pequeños ojos centelleando tras las gafas redondas.
Leal y protector como era, Tomàs se debatía consigo mismo para dar una respuesta beneficiosa tanto para el señor conde como para su hijo.
—No sé si acertaré, pues lo que me pides cuestiona una determinada forma de pensar y de manifestarse desde que el mundo es mundo.
Es inevitable que los padres sufran, se alegren, desaprueben o, como mínimo, supervisen las amistades y compañías de sus hijos.
Las clases sociales y la permisividad de los progenitores son una de las notables barreras que los familiares suelen colocar para evitar relaciones no deseadas.
Estoy hablando del eterno vínculo entre los privilegiados y el pueblo llano.
Esta es la gran mentira de la Humanidad, Antoni.
Tus padres saben qué te conviene. Hazles caso.
Eres muy joven y tus padres tienen otros planes para ti.
Piensa que a la larga serás el conde de Peralada, y que el linaje de los Rocabertí...
—... ¿y qué? ¿De qué me servirá tener un título, posición social, posesiones, si no puedo tener a mi lado a la mujer que amo? Porque yo quiero a Alba. ¡Y si me envían a París no la veré nunca más!
—Mucho me temo que mis argumentos no son de tu agrado y que querrías escuchar otros, pero, desgraciadamente para ti, es así.
Esa es la voluntad de tus padres y debes obedecerles —insistía Tomàs—.
Además, piensa que el hecho de no verla ni quedar con ella te ayudará, y así quizá dejarás de quererla —le aconsejaba, porque lo apreciaba y no quería verle sufrir.
—¿Que no la vea?, ¿que no quede con ella?
, ¿que no piense en ella? —Antoni de Rocabertí interrogaba al administrador condal sin miramientos—.
¿Es que no tenéis memoria? Cuando erais joven, Antòniu, ¿no habíais sentido lo que yo siento?
Me pedís un imposible: aunque no me quede, aunque no la vea, la amaré.
No hay nada que hacer. Es como un hechizo, como un encantamiento.
Resignado y triste, el hijo mayor de los condes dirigió sus pasos hacia su habitación, con el corazón dividido.
En Peralada se preparaban dos grandes acontecimientos de signo muy distinto: uno, la boda de su hermana, Joana Adelaida, la única hija de los condes; el otro, la despedida forzosa de Antoni hacia Francia.
Y él, por una parte, estaba contento por su hermana; por la otra, sin embargo, estaba dolido por las diferencias que establecían sus padres, porque a ella la dejaban casarse con el hombre al que amaba y a él no.
A ella la bendecían ante todos con una celebración y a él lo maldecían con un exilio dorado.
Pura injusticia. No sirvió de nada intentar hablar con su padre para hacerle cambiar de opinión: la decisión estaba tomada.
Ya se lo había advertido Antòniu Tomàs, quien lo había preparado para el golpe.
A pesar de su estado de ánimo, decidió pasar por la habitación de su hermana para despedirse y desearle suerte.
—Hermana, espero que seas muy feliz con Gabriel. Te lo deseo hoy porque mañana al alba me marcho hacia París —le dijo Antoni una vez dentro de la estancia.
Joana Adelaida estaba de pie ante la cama, contemplando el vestido, el velo, el abanico y el pañuelo que luciría al día siguiente para casarse.
—Lamentaré mucho que no estés mañana, pero tengo que confesarte que creo que nuestros padres hacen lo mejor para ti.
—Joana... —dijo él, visiblemente decepcionado.
—Sí, ya lo sé, quieres mucho a esa chica, pero... —y se detuvo para intentar encontrar las palabras adecuadas que no hirieran a su hermano mientras le cogía las manos— estoy convencida de que te mereces a otra persona más adecuada para ti.
—No quiero a nadie más, Joana. La quiero a ella. Quiero a Alba, y nos merecemos tenernos el uno al otro. Como tú y Gabriel.
—No compares nuestra situación con la vuestra —contestó ella algo tensa—. Hemos llegado al punto final de un noviazgo y de un compromiso...
Antoni la interrumpió:
—... y de unas negociaciones económicas y políticas entre las dos familias.
La hija de los condes se casaba con el primogénito de una familia adinerada, de buena posición e influyente de Figueres.
En Peralada, aquel matrimonio se veía como una forma de establecer pactos y alianzas de tipo económico y político con la familia del novio que favorecerían los negocios y el patrimonio de ambas.
—¡Ni se te ocurra decir eso! —gritó Joana, ofendida.
—Quizá no quieras oírlo, pero es lo que hay detrás de vuestro enlace. No dudo que amas a Gabriel, pero...
—Pero ¿qué? ¿Insinúas que él no me quiere? ¿Que es un matrimonio por conveniencia? —replicó ella, sobresaltada.
—No... Eso lo has dicho tú. ¿Es que no estás convencida de que Gabriel te corresponda?
—No pienso seguir hablando en estos términos de mi futuro marido, a quien, por cierto, deberías tener un poco más de respeto. Te pido, por favor, que salgas de mi habitación. Buenas noches, y que mañana tengas un buen viaje.
Le dio la espalda y se dirigió a la ventana para perder la mirada en el Bosque del Conde. Detrás de ella, oyó los pasos de su hermano dirigiéndose hacia la puerta de la estancia. Antes de cerrarla le dijo:
—Buenas noches, hermana. —Y mientras se iba masculló unas palabras en voz baja que Joana no entendió. Pensaba que, si hubiera sido otra persona, quizá le habría lanzado una maldición, un mal augurio, pero no su hermano.
Aun así, aquella conversación de despedida había tomado un cariz que no le había gustado nada; parecía que quisiera atraer el mal tiempo a deshora.
No había querido reconocerle a Antoni que su noviazgo con Gabriel había sido especial, diferente, pero que ambos sabían lo que sentían el uno por el otro.
Cuando se aseguró de que su hermano ya se había ido, Joana Adelaida se acercó de nuevo a la cama, donde descansaba una parte del ajuar nupcial que luciría.
La futura novia, alterada por la conversación que acababa de tener y por las dudas que le había planteado Antoni, repasó con ojos tristes el vestido, acariciándolo con los dedos de la mano derecha para notar la seda negra, el organdí con puntillas y bordados, y el velo blanco con el que se cubriría la cabeza y parte de la cara, trabajado con diseños florales que dejaban entrever unas cuantas perlas.
Al lado había otro componente imprescindible: el abanico.
Desplegó el abanico, también de color blanco, un regalo del novio, y notó los materiales nobles con los que estaba hecho: marfil, hueso, nácar para el varillaje y puntillas para el país.
En el país del abanico —el trozo de tela o de papel pintado sostenido por las varillas—, se entretuvo en seguir con la mirada las iniciales bordadas de los novios, entrelazadas.
Y, finalmente, la mirada se detuvo en el pañuelo.
Blanco, de encaje y con un único bordado: sus iniciales.
Las tradiciones y las supersticiones indican que la novia debe llorar el día de su boda.
En las sociedades rurales interpretaban que este hecho auguraba un año de buenas cosechas.
Y, según otros, el hecho de que la novia llorara aquel día indicaba que nunca más volvería a llorar.
Joana Adelaida cogió el pañuelo, inmaculado, lo desplegó y, como si se tratase de una premonición, lo dejó empapado de lágrimas.
Antoni de Rocabertí llegó a su habitación desesperado.
Estaba abatido. Se dejó caer en el sillón que tenía frente a la chimenea y, mientras repasaba mentalmente la conversación que acababa de tener con el señor Tomàs, primero, y con su hermana, después, la vista se le fue hacia un baúl que había a los pies de la cama.
De repente, se le iluminó el rostro. Se levantó y se dirigió hacia aquel arcón, una caja de madera recubierta de piel y molduras metálicas.
Abrió la cerradura con una pequeña llave que llevaba colgada al cuello, levantó la tapa y en el fondo encontró lo que había escondido a la espera de que quizá algún día le fuera de utilidad.
Ahora creía que había llegado aquel momento.
Hundió el brazo y sacó un par de prendas de ropa, unos calzones largos y una casaca de un marrón grisáceo que desprendía un hedor difícil de definir.
Una mezcla de humedad, de bosque y de humo.
Con aquella ropa en las manos, Antoni recordó por qué había decidido quedársela.
Fue un día que estaba con Alba, paseando por los alrededores de Santa Maria del Camp, y oyeron un rumor de voces detrás del santuario.
Se asomaron con cautela y vieron a un grupo de mujeres, entre las cuales distinguieron a aquella vieja hechicera.