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Se acercaba la festividad de San Miguel, el día que empezaba la vendimia en todo el Empordà, y en Can Quelic el ajetreo y el movimiento ya se notaban desde la víspera.
Ya habían llegado los boteros de Marcial de Figueres, un grupo de mozos que cargaban sus herramientas, pero que en el morral también llevaban otras intenciones, como la de encontrar a una joven para cortejarla y casarse con ella; bastante habían repasado de arriba abajo a las chicas de las cuadrillas de recolectores que desfilaban hacia las viñas.
En el patio y en los bajos de la casa se oía mañana y tarde el estruendo que armaban los toneleros con las mazas para enderezar los aros de hierro de las barricas; también ataban los mimbres a los capazos.
El día anterior, Agnès y un grupo de mujeres barrían y quitaban las telarañas de la cuba de azulejos de Valencia que debía contener miles de litros de vino, la fregaban y la dejaban limpia como una patena.
Tanto relucía que se podían incluso reflejar en ella.
La abuela Angeleta sacó de la cómoda manteles y servilletas blancas y cubiertos de boj de Tortellà, tan brillantes que parecían barnizados.
Y con la ayuda de los pequeños, capitaneados por el de la casa, Marçal, empezaron a poner la mesa, a traer los cántaros con agua y a llenar los porrones.
Por San Miguel, en Can Quelic se preparaba un homenaje al santo patrón de los viticultores, que consistía en una buena comida y bailes en la era para todo el mundo. Pero primero había que trabajar duro.
De buena mañana, se reunían en la masía toneleros, arrieros, carreteros, vendimiadores, prensadores y cuadrillas de jóvenes recolectores de los pueblos de los alrededores.
Por parejas y a las órdenes de los jefes de grupo, con los legones y las hoces bien afiladas, llenaban los cestos.
Cuando estaban llenos, los llevaban a la portadera, donde las prensaban con el pisón para que cupiera más cantidad.
Una vez que las portaderas rebosaban, colmadas de uva, se acercaban al carro con las barras de transporte y las subían agarrándolas por las asas entre dos compañeros.
Antes de almorzar, a las nueve y media en punto, todas las portaderas estaban ya bien llenas y cargadas en el carro.
Entonces llegaba el turno de disfrutar de un buen pan con tomate, arenque salado, cebolla y aceitunas.
De postre, uva bien fresca e higos era lo que solían comer, antes de retomar la faena hasta la hora de comer.
Gracias a las canciones, ya fueran tradicionales, nostálgicas o pícaras, la jornada se les hacía más llevadera.
Al anochecer, cuando los carros llegaban a la masía, volcaban los esportones en la tina situada sobre el lagar y los hombres se preparaban, por parejas, para pisar la uva.
Antes, sin embargo, la abuela Angeleta se encargaba de encender una vela.
No quería más desgracias. Ver la llama evitaba a los vendimiadores morir por asfixia; por el tufo del vino, como lo llamaban, que en realidad eran los gases de los efluvios de la fermentación de la uva.
Cuando el azúcar del mosto se convertía en alcohol, liberaba una gran cantidad de dióxido de carbono, y sin una buena ventilación existía el peligro de inhalar este gas y morir por falta de aire.
Dos o tres hombres, con las perneras de los pantalones remangadas y una mano agarrada a una cuerda que colgaba del techo para no resbalar y caer en la cisterna de la primera fermentación, hacían el paso de la oca sobre los racimos, que dejaban de serlo para convertirse en mosto, siempre bien sujetos para evitar la dulce muerte a causa del tufo del vino.
Los niños tenían prohibido acercarse a la puerta de aquel lugar, porque desprendía un olor tan especial y único que, si lo aspiraban demasiado, existía el peligro de aturdirse hasta perder el mundo de vista para siempre.
Eso había pasado solo una vez, hacía muchos años.
Y después de la tragedia que se había vivido en Can Quelic, se abrieron unos respiraderos, unos agujeros en el techo que desembocaban en unas chimeneas exteriores para expulsar el gas.
Después de vendimiar, los jornaleros esperaban con deleite la hora de sentarse a la mesa.
Y, sobre todo, la fiesta de después. Todos se engalanaban para la ocasión.
Alba y Rita también se acicalaban para estar espléndidas.
Todo eran risas y festejos, que se desarrollaban según unos códigos preestablecidos, un sistema de signos y reglas fuera de lo convencional que servían para transmutar el significado de un mensaje en otro con el objetivo que el interesado quería transmitir o interpretar.
Generalmente, las chicas llevaban un ramito en el pecho y los chicos un clavel en el pliegue de la barretina.
No obstante, había alguna chica, como Rita, que lucía un aciano.
Lo llevaba sobre el corazón, y quería decir que buscaba amor.
Que estaba disponible para que la cortejasen y pidiesen en matrimonio.
La joven se apresuró a poner un aciano en el bolsillo de aquel joven de Vilajuïga que se la había comido con los ojos mientras iba hacia la viña.
Si la flor vivía, era señal de que debía casarse con él, pero si moría quería decir que tendría que buscarse a otro chico.
Alba, en cambio, llevaba el aciano en el pelo, y aquello implicaba precaución.
Era una advertencia a todos para que tuvieran medida, sensatez y tacto, porque sus flores las vigilaba otro jardinero.
El lenguaje de las flores era otra manera de comunicarse que tanto jóvenes como mayores habían aprendido de generación en generación.
Fue la abuela Angeleta quien enseñó a Alba a leer las flores y las plantas.
Siempre le decía que eran portadoras de felicidad y que podían curar el cuerpo y el alma.
Y ella no lo comentaba, pero Alba bien sabía que la abuela no había encontrado la que pudiera curar la suya, su alma.
Cuando llegaba la vendimia, la abuela Angeleta estaba turbada, sobre todo cuando se acercaba el final y el olor afrutado y dulce del mosto nuevo daba paso a aquel hedor penetrante de la uva que fermenta.
Entonces, sentada en una silla de enea, ajena a todo el ajetreo que había en Can Quelic y sugestionada por aquel aroma, recordaba la tarde en que perdió a su hijo por culpa del aguardiente.
Ese día había tenido tanto trabajo que ni ella ni nadie había pensado en comprar velas para que estuvieran listas cuando tuvieran que pisar la uva y garantizar con la llama encendida que el ambiente era respirable.
Las habían gastado todas. El trajín de toda la jornada yendo arriba y abajo de la viña a la masía y de la masía al lagar había hecho que no se prestara atención a los niños, más allá de tenerlos controlados cuando entraban los carros cargados para que las mulas no pudieran pisar a los pequeños con sus cascos.
Había sido una buena añada y se preveía una excelente producción.
La uva que se había cosechado ya estaba lista para pisar, y el aroma era penetrante, atrayente, vivo y cautivador.
Igual que la miel atrae a las moscas, el olor había atraído a los niños, que eran muy golosos. Y tenían un demonio en cada oreja.
El hijo de Angeleta, Ramonet, le había dicho a su primo, Siset, que lo siguiera, que harían lo que hacían los mayores.
Y entraron en el lagar, impregnado de aquel fuerte olor.
Se cogieron por los brazos, tal como habían visto hacer a los hombres, y empezaron a pisar uvas.
Entusiasmados y animados, al cabo de unos instantes no notaron que las piernas les flaqueaban y, en un abrir y cerrar de ojos, se doblaron como un junco y quedaron tendidos el uno al lado del otro, sin sentido, como si durmieran sobre una cama de uvas a medio pisar.
De la tina situada encima del lagar cayó una nueva y abundante lluvia de uvas que los sepultó.
Cuando al final de la jornada una pareja de vendimiadores llegó con la intención de empezar a pisar uvas, notaron un estorbo bajo sus pies que no les permitía presionar con la fuerza que necesitaban.
El espanto al descubrir los cuerpos de los dos pequeños sin vida dejó a todos muy conmocionados.
—¡Maldito tufo del vino! La nariz me dice que, a menudo, no prestamos a los olores la atención que se merecen. —Angeleta se lamentaba en voz alta, mientras su cabeza regresaba de aquel doloroso viaje al pasado.
El olfato es uno de los sentidos que, sin darnos cuenta, más nos condiciona.
Incluso más que el gusto, la vista o el tacto.
Angeleta siempre decía que, si te habías pasado todo el día oliendo un olor desagradable, un hedor, terminarías la jornada de mal humor.
Y que, en cambio, si te paseabas por el bosque y te llenabas los pulmones de su aroma, te tranquilizaba y te dejaba el estado de ánimo en paz.
Los olores son evocadores de recuerdos, de buenos y malos momentos.
Entran por la nariz y suben directamente al cajón de la memoria y las emociones.
Angeleta lo experimentaba a menudo. No le hacía falta pasearse por delante de la tina para tener presente a su hijo, pero aquel olor del mosto fermentado era tan potente y sugerente que la empujaba cada año a buscar su presencia.