Malavecina 2 #3
9%

2 #3

En los prados, las delicadas florecillas amarillas del diente de león formaban alfombras de un color llamativo.

Se mantenían abiertas mientras brillaba el sol y se cerraban de noche o con la lluvia; de ahí el nombre de apagaluces por el que también se las conocía.

Cuando maduraban, las flores se convertían en pequeños globos sedosos que a los niños les gustaba soplar para ver cómo el ligero plumón que esparcían las semillas huía por el aire, llevado por el viento.

—¡Me encantan los apagaluces! —exclamó Alba.

—¿Pero no se llamaban dientes de león?

—¡Sí, también! Porque sus hojas recortadas parecen dientes de sierra grandes, como si fueran los del rey de la selva. ¿Sabes que hay muchas supersticiones sobre el diente de león?

—¿Ah, sí?

—Por ejemplo, que un deseo se hace realidad si consigues hacer volar toda la flor de un soplido.

—Humm... Muy interesante —dijo, pícaro, Antoni.

—Dicen que tiene un significado de presagio, de augurio. Y por eso hay personas que creen que, si después de soplar queda alguna parte del plumón enganchada, eso profetiza los hijos que tendrás.

Antoni se acercó al borde del camino. Arrancó un diente de león por el tallo y se lo acercó a la cara, a la altura de la boca.

Tomó aire y lo expulsó en un soplo sostenido; los pelos del vilano se desprendieron de la flor y revolotearon a su aire.

Todos salvo uno. La pareja se miró y se dedicó una sonrisa cómplice, porque ambos sabían qué significaba aquello.

Y por su cabeza rondaba una pregunta que no osaron formular en voz alta, aunque sí en su interior.

«¿Se cumplirá? ¿Tendremos un hijo?»

El sol picaba, pero no quemaba. Era un día suave.

No se movía ni una brizna de hierba, y por eso la temperatura cambió en cuanto se adentraron en el bosque, un jardín silvestre que crecía imponente al borde de las viñas y cuya extensión era considerable; la densa masa boscosa llegaba hasta los dominios del castillo donde vivían Antoni y su familia.

Allí, bajo la sombra de las copas de los árboles, hacía fresco, y el chico pudo ver cómo a Alba se le ponía la piel de gallina. Solo fue un estremecimiento, un escalofrío al notar el cambio de temperatura gracias a la sombra que les regalaban los árboles.

—Es agradable —dijo Alba mientras se le abrazaba.

—Sí —asintió Antoni señalándole la piel—, pero ¿estás segura de que no tienes frío? —Iba con un vestido blanco de algodón y nada más.

—No... —respondió ella con una sonrisa nerviosa.

Caminaban muy cerca el uno del otro; querían que aquel paseo no terminara nunca, deseaban que las zarzas estuvieran muy lejos, tardar mucho en encontrar las moras.

—Te agradezco que intercedieras en la pelea, a pesar de la oposición de tu padre.

Antoni se refería a la discusión que tuvieron él y un chico que había venido a Garriguella a vendimiar. La disputa, que estuvo a punto de llegar a las manos, la detuvo Alba.

—Es lo que tenía que hacer como jefe de grupo.

El chico vendimiaba con ella y estaba bajo las órdenes de Alba, y por tanto le correspondía a la joven dirimir la cuestión.

No lo expulsó, como le pedía su padre, y justificó la decisión porque iban justos de tiempo y de personal, y no se podía permitir prescindir de nadie.

Todas las manos eran necesarias. No se lo dijo, pero Alba también había optado por aquella solución para que nadie pudiera recriminarle que favorecía al hijo del conde.

—Sin embargo, te atreviste a desobedecer su autoridad.

—Lo respeto a él y a su trabajo, y le quiero —hizo otra pausa, le miró a los ojos y se le acercó. Le tomó las manos y le dijo—: Pero también te quiero a ti. No te podía dejar ahí en el patio y que te golpearan. No lo habría soportado.

A Antoni le subió un sofoco a la cara y no se le ocurrió nada mejor que soltarse de las manos y rodearla con los brazos. Sin decir nada, la estrechó con fuerza contra su pecho y notó que sus corazones latían al mismo ritmo. Se miraron y, poco a poco, sus labios se acercaron hasta encontrarse.

Sus lenguas se acariciaron antes de iniciar un dulce combate.

Habían caído de rodillas sobre la hierba y se quitaban la ropa sin separarse el uno del otro.

Se soltaron un instante. Ella sonreía. Se quitó el vestido, y la imagen de su cuerpo desnudo inflamó a Antoni, que se desprendió de la camisa y los calzoncillos de un tirón y la recorrió de arriba abajo con ansia: desde la base del cuello, tensa, pasando por los pechos carnosos, el vientre plano y los muslos fuertes, hasta llegar al centro de su universo, que pronto hizo suyo.

Se detuvo para conocer el secreto y le gustó lo que vio, el olor que desprendía. No sabía si tenía permiso, pero avanzó con toda la ternura de la que fue capaz mientras ella soltaba un gemido largo y contenido de bienvenida. Perdieron el mundo de vista.

Pero para que eso no ocurriera, mantenían los ojos bien abiertos para no perderse ningún detalle el uno del otro. Les brillaban los ojos, y la piel también, aunque por el esfuerzo de embestirse mutuamente.

Sus ríos se desbordaron en el mismo instante en que cayeron el uno al lado del otro.

Resollaban y jadeaban.

Alba le mordió la oreja y le susurró un «te quiero» que le hizo estremecerse...

—¡Alba!

El grito de Rita la hizo volver al presente. Y aquella imagen idílica de ellos dos amándose se disipó.

—Espabila, que todavía tenemos mucho trabajo por hacer —le recordó su amiga—. ¡El fruto de la viña no espera!