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Acto seguido, Alba hundió el brazo entre los sarmientos, las ramas largas y delgadas de las cepas, palpó el zarcillo y arrancó un pámpano junto con una lozana hoja de vid.
Encima extendió un racimo con una multitud de bayas jugosas, uvas de pulpa dulce y piel amarillenta, y se los ofreció como si se tratara de un don, de una ofrenda a una divinidad.
No en vano, Antoni la veía como una diosa.
—¡Parecen perlas! —se maravilló él.
—Sí, es una variedad de cepa blanca que se llama macabeo —apuntó Alba mientras acariciaba con suavidad el racimo de uvas, compacto y grande—.
El grano es redondo y muy dulce, ¿lo ves?
Es dorado tirando a blanco. —Antoni asintió—.
Y tiene la piel muy fina. Brota lentamente, es resistente a las heladas y a las sequías, pero sensible a las plagas.
Al verlo interesado, Alba continuó:
—Pero hay otras que tienen otra tonalidad más rojiza, casi negra. La garnacha negra da unas uvas dulces, jugosas y con la piel de color morado.
—Vinos tintos, blancos... ¡Debe de haber muchos tipos de uvas! ¡Qué trabajo!
—Sí, estamos entretenidos, aunque cuando tenemos más trabajo es en otoño, pues tenemos que vendimiar y después empezar el proceso de producción del vino.
Pero antes de hacer el vino tenemos que arar la tierra, abonarla y podar las cepas para que no tengan ni enfermedades ni animalitos que estropeen la planta y el fruto.
El chico asentía con unos ojos vivos, abiertos, atento a los comentarios que ella le hacía.
—La clave para un buen vino es la uva. Si la tienes, tienes buen vino garantizado durante décadas.
Nuestra uva hace vino tinto, pero tenemos una muy especial que es la que te he enseñado, que se llama macabeo o garnacha blanca y que guardamos en barriles pequeños para ocasiones especiales; ¿la quieres probar?
—Claro, me gustaría mucho.
Llegaron a la bodega y Alba le sirvió de una bota pequeña donde no cabían más de treinta litros. Le acercó un vaso y se puso otro para ella. Los chocaron y se los tomaron de un trago.
—¿Qué notas?
Antoni se lo había tragado y no lo había podido saborear.
—No lo sé, me lo he bebido todo —reconoció con una sonrisa, tapándose la boca como quien admite una travesura.
—Da otro sorbo, pero esta vez, antes de tragártelo, mantenlo y deja que llene todos los rincones de la boca.
El chico le acercó el vaso para que le sirviera más.
—Está muy fresco.
—¿Y no notas nada más?
Dio otro trago.
—No, no sabría decirte qué sabores encuentro... Quizá si me echas un chorrito más —dijo sonriendo, y le acercó el vaso para que vertiera el líquido en él.
—Un poco más y basta, que si no, se te subirá a la cabeza —le concedió Alba.
—Ya estoy algo aturdido —reconoció él. Cerró los ojos, se pasó la lengua por los labios y abrió la boca para emitir su veredicto—: Creo que tiene... tiene sabor a fruta —dictaminó con seguridad.
—¡Exactoooo! Es un vino blanco con sabor a fruta, con un aroma fresco y con mucha personalidad...
Y Alba se dispuso a explayarse.
—Estos días que hay luna ascendente y creciente mi padre y yo hemos decidido injertar para poder tener otro tipo de uva. Así, si tenemos más oferta, podremos vender con más garantías en el mercado y en las ferias donde llevamos el vino.
—¿Y cómo haces eso de injertar?
—Es muy sencillo. Mira —le explicó mientras salía de nuevo a la era—, se trata de hacer un corte en una rama de la planta ya arraigada e introducir un tronco o una rama de otra cepa, de modo que se establezca una unión permanente que dé un fruto diferente, pero con características de uno y de otro.
—Es una acción muy sexual, ¿verdad?
—Sí —reconoció Alba notando un calor en las mejillas, no sabía si por el vino o por el tono que estaba tomando la conversación.
—No tienes por qué avergonzarte, mujer. —Antoni había advertido la turbación en el rostro de Alba—.
De hecho, no deja de ser una acción reproductiva para obtener un fruto, más o menos como en las uniones entre un macho y una hembra, en las que también hay que poner mucho amor —insistió, y arrancó una sonrisa cómplice de Alba.
—Este es un oficio donde hace falta mucho sentido común y mucho respeto por la tierra; se la tiene que tratar como a un ser vivo, como si fuera una persona.
Por tanto, hay que ponerle mucho amor: tienes que amarla, cuidarla, escucharla, saber interpretarla en cada momento, porque va cambiando y cada año es diferente.
Antoni la escuchaba con una sonrisa permanente estampada en los labios, por donde se entreveían los dientes, muy blancos, con los que se mordía los nudillos.
Se imaginaba en los brazos de Alba recibiendo esas atenciones y siendo mimado por sus manos rugosas, llenas de asperezas, pero generadoras de placer y de sensaciones suaves.
—¿Y qué necesita la viña para dar buen vino? —consiguió preguntar.
—Un suelo bien pobre —contestó ella.
—¿Qué quieres decir? ¿Que estas tierras de mis padres... no son buenas?
—¡Sí, sí que lo son! Pero, según la creencia campesina, cuando...
—y se agachó para coger un puñado de aquella tierra, y la iba deshaciendo entre los dedos mientras hablaba— cuando la tierra es rica y fértil se plantan verduras.
Cuando no lo es tanto, si la calidad sigue siendo baja, se siembran trigo o ajos.
Pero cuando el suelo parece que no tiene nada que dar, entonces es cuando se dedica al cultivo legendario, ancestral por excelencia y más complejo.
Ahora bien, también es el que da más alegrías desde hace miles de años.
Plantar viñas en una huerta muy fértil te dará muchas uvas, aunque no servirán para hacer buen vino.
Antoni la escuchaba embelesado, pasándose la lengua por los labios de vez en cuando.
—El vino se hace en la viña y no en la bodega —le aseguró—. En la bodega reposa una barrica que hay que llenar de un líquido que ya debe tener calidad, personalidad y diferencia. Cuando esté listo el nuevo vino, ya lo probaremos.
—De acuerdo —concedió Antoni.
Los dos jóvenes continuaron paseando por los viñedos junto a los bosques que rodeaban las cepas. Alba miró aquella frondosidad y le dijo:
—¿Me acompañas a recoger moras?
Antoni asintió con un movimiento de cabeza.
—Conozco un rincón del Bosque del Conde... —apuntó ella sonriendo.
El chico levantó las cejas en señal de sorpresa.
—Sí, sí..., allí crecen unas zarzas que dan las más sabrosas. Y aunque sean de vuestra propiedad, ¡dudo que hayas probado nunca nada tan bueno! —sentenció.
Las habían descubierto Rita y ella el año anterior y, desde entonces, iban a menudo.
—¡Vamos! ¡No me lo perdería por nada del mundo!
La chica se adelantó para enseñarle el camino y Antoni observó cómo caminaba con aquel aire suyo de autoridad enérgica que, sin embargo, no provocaba rechazo en sus interlocutores; al contrario: cuando le veían los ojos verdes salpicados de oro, no podían evitar sentir una cierta atracción.
Alba era de constitución sencilla, bien proporcionada, bonita, ingeniosa y decidida.