Malavecina 2
5%

2

Garriguella, un año antes

El olor del aire anunciaba que la uva ya estaba lista para recoger. Era un aroma afrutado y dulce, pegajoso y húmedo.

Alba, la hija de los masoveros que trabajaban las viñas que los condes de Peralada tenían en Garriguella, estaba nerviosa.

Esperaba con ilusión aquella época del año y se levantaba muy temprano para estar lista.

Se puso un vestido largo de algodón cómodo para trabajar y se hizo una coleta para que el pelo largo y negro no le molestara.

Así todo el mundo podía ver sus ojos verdes con motas doradas y su sonrisa de satisfacción en aquella cara pequeña, redonda y pecosa cuando saludaba a los vendimiadores.

Solía ponerse al frente de la cuadrilla porque tenía mucha destreza y encaraba las cepas con la podadera bien afilada.

En la mano derecha llevaba una pequeña hoz curvada y con la izquierda agarraba los racimos con firmeza.

Tal como le había enseñado su padre. Un corte preciso, seco, y el racimo caía al fondo del cesto hasta que este quedaba rebosante.

Pero cuando cosechaba las uvas de las cepas nuevas el primer año que daban fruto, dejaba de cortar al menos un racimo para que así la cosecha del año siguiente fuera más abundante.

Según le había contado su padre, esta creencia recordaba a un viejo culto a la madre tierra y representaba una ofrenda en su honor.

Vendimiaban de sol a sol y por las noches, a pesar de tener la espalda quebrada por la dura jornada de trabajo, todavía tenían ganas de cantar y bailar.

Durante el día, las chicas del grupo se habían encargado de inflamar los ánimos de los vendimiadores con canciones y tonadas picantes y subidas de tono, y ahora se dejaban cortejar por los mozos que venían de los pueblos de los alrededores.

Pero a Alba ya hacía tiempo que la rondaba Antoni, el hijo mayor de los condes.

A sus padres no les hacía mucha gracia esta relación.

Hubieran preferido que la heredera de la casa se encaprichase de algún joven de Figueres, de Vilamaniscle, de Rabós o de Llançà, pero...

Los viñedos de los condes ocupaban grandes parcelas y necesitaban muchas manos durante los meses de septiembre y octubre para realizar la vendimia.

Era habitual que los señores de Peralada diesen permiso para contratar más personal, tanto vecinos como forasteros, para agilizar el trabajo.

Convenía meter toda la uva en la bodega cuanto antes para evitar que un mal temporal arruinara la cosecha.

El trasiego de la tierra al lagar era intenso, y los racimos sobresalían de las comportas, unos recipientes de madera con dos asas a cada lado que facilitaban el transporte de las uvas.

El aroma del mosto prensado se esparcía por todos los rincones del pueblo, y el olor lo impregnaba todo.

Aquella fragancia activaba en Alba todos los mecanismos internos que la incitaban a actuar, marcando uno de los momentos que ella consideraba más bonitos y mágicos del año.

La cháchara, los rumores, las melodías y las cantinelas disparatadas acompañaban a los grupos de vendimiadores que se dirigían hacia las viñas.

—«Hierve el serón de uva bien lleno, / llora la madera con el mosto novel, / ronda la pasa más de una abeja / que rodea y corteja / el nuevo moscatel» —cantaba un chico.

—«Y tú, muchachita tan presumida, / fruta madura, espliego florido, / labios de mora, fina cintura, / color en la mejilla / y flores sobre el pecho» —gorjeaba otro.

—«Eres como el dedo de dama, granada y madura, / lo mejor de la viña para el vendimiador. / ¡Quién pudiera cogerte o hacer como la abeja, / buscar en tu boca la más rica ofrenda, / tenerte, / y ser en tu vida, / quien te bese mejor!» —concluía el jefe de grupo de los mozos.

Rita, un portento de mujer, alta y bien plantada, era prima y amiga de la heredera de Can Quelic desde que compartían pupitre en la escuela.

La chica estaba risueña y excitada con aquellas palabras que le dirigía un mozo de Vilajuïga.

De proporciones exageradas para unos, exuberantes para otros, Rita era una fuerza desbocada de la naturaleza; al ver a Alba trabajando, aunque con un semblante serio, como si estuviera preocupada, se acercó para hablar con ella:

—¿Qué te pasa, muchacha? —Puso los brazos en jarras mientras la miraba con una expresión divertida.

—Nada... —respondió Alba sin cambiar el gesto. Seria.

—A mí no me lo parece. ¿Qué más necesitas para ser feliz? ¡Tendremos una buena cosecha y tu pretendiente es el hijo de los amos! ¡Todo te sale bien!

Alba se sonrojó, avergonzada, y Rita consiguió arrancarle una tímida risa.

—Si lo supieran mis padres...

—¡Oh, tus padres tira que te va! Pero ¿y los suyos? ¿Qué harían los condes si supieran que su hijito corteja a la hija de los masoveros? ¡Dónde se ha visto algo así! Pero el amor, ya se sabe... —dijo risueña Rita.

—Precisamente este año ya podré pisar la uva —soltó Alba.

—¡¿Qué?! —exclamó, extrañada—. ¿Que podrás pisar uva? —Fruncía el ceño—. No tienes... ¿no tenías siempre el periodo para la vendimia? A ti y a mí la regla nos baja siempre por estas fechas...

Hizo una pausa mientras miraba a Alba.

—O es que... —Y se tapó la boca para reprimir un grito.

—No, no me ha bajado. He tenido dos faltas —confirmó con gesto grave.

Entre los vendimiadores existía la creencia de que la sangre mataba a la sangre.

La superstición decía que la menstruación mataba al vino, la sangre de la tierra, y por tanto las mujeres fértiles y en edad de procrear no solo tenían vetado su consumo, sino que no podían participar en la elaboración y debían abstenerse de pisar la uva.

Se consideraba un sacrilegio. Las mujeres enturbiaban el vino, decían.

—Quizá este año podré pisar uvas, ¡pero no podré beber ni una gota!

—se lamentaba Alba, que enseguida lanzó una advertencia a Rita—: Y tú, todo lo que podrás catar será un vino pequeño, aguado, dulce o cocido.

Ya sabes que mi padre siempre dice aquello de «Mujer borracha y vino en bodega, no puede ser».

Y por eso no os deja beber vino puro a ninguna de las vendimiadoras, porque dice que luego hay demasiado desenfreno con los mozos.

—¡Siempre quedará la bota de la madrina! —le recordó Rita, con una sonrisa pícara.

Las bodegas algo importantes, con solera y tradición, solían tener una bota destinada al vino rancio, y solo se sacaba un poco en las grandes ocasiones.

Solía ser la más vieja de la bodega, y se la conocía con el nombre de la madrina .

Para vendimiar, se terminaba de llenar la madrina con la flor del vino nuevo, que, por efecto de la mezcla, del tartrato y de la madera de la misma bota, muy pronto se volvía también rancio.

Tradicionalmente, la madrina estaba al fondo de la bodega, junto al ángulo que formaba el rincón, y era la última bota de la estiba.

—¡Aunque a mí me gustan los vinos fuertes y ásperos, que se agarran a la garganta como un gato loco! —le reconoció Rita.

—¡Tú sí que estás hecha una pilla! ¡Ya he visto, ya, cómo os mirabais ese chico y tú! ¿De dónde es? —preguntó Alba.

—¡Sííí! —Los ojos de Rita brillaban—. ¿Lo has visto? ¡De Vilajuïga, es un pedazo de hombre! ¡Es guapo, ¿eh?!

Pero Alba ya tenía la cabeza en otra parte. En un rincón de su memoria donde guardaba uno de los episodios más bonitos de su vida.

Era un día que había ido hasta la barraca que tenían junto a las viñas, un cobertizo con paredes de piedra y un tejado hecho de cañas y paja.

Aquella cabaña les servía tanto de refugio como de almacén para guardar las diferentes herramientas que necesitaban para trabajar y así no tener que volver a la masía a buscarlas.

Alba estaba rodeada de legones, un par de azadas, una hoz, una navaja, una pala, un pico para desarraigar y tijeras de podar, entre otros aperos.

Salió de la barraca con una aceitera. Cuando llegó cerca de las viñas, dio un trago al líquido de aquel recipiente de metal por el pitorro grande y lo escupió para rociar todas las parras y los racimos.

Era un sistema antiquísimo que se utilizaba desde tiempos remotos para evitar que se acercaran avispas y abejas.

A lo largo del año, también utilizaba otras técnicas poco ortodoxas, con resultados desiguales.

Por ejemplo, esparcir ceniza con aceite sobre los troncos para que, al podarlos, la ceniza que caía en los ojos de las cepas las protegiera de la helada.

Y, en pleno invierno, para prevenir más heladas, también cogía estiércol seco y lo depositaba en diferentes puntos de la viña.

Según de dónde soplara el viento y dónde viera que iba a caer la helada, quemaba el estiércol para que el humo resultante la fuera dispersando.

Al regresar a la masía, los pómulos de Alba, ligeramente salpicados por unas pecas deliciosas, habían adquirido una rojez que se tornaba rosa pálido en las mejillas, fruto seguramente del esfuerzo de las últimas horas en las viñas.

Aquel rubor, sin embargo, también era señal de vergüenza, confusión y excitación, porque vio que Antoni, el hijo mayor de los condes, se dirigía a grandes zancadas hacia ella.

Alto y bien plantado, tenía un rostro noble de frente amplia, nariz recta y barbilla cuadrada y belicosa, que le endurecía los rasgos, pero unos ojos vivos y redondos y un cabello alborotado que le daban un aire despistado.

—¿Quieres un trago de agua? La del botijo está fresca —le ofreció, señalándole uno pequeñito que siempre tenía a mano para cuando volvía del campo.

—Oh, sí, gracias —respondió Alba con un hilo de voz tras soltar un bufido que le hizo ondear un rizo.

La chica agarró el recipiente de barro por el asa, lo alzó para beber a chorro y miró fijamente el pitorro, por donde salió un hilo impetuoso que primero le mojó la nariz —lo que le hizo lanzar un grito y una risotada—, después los labios y, finalmente, le llenó toda la boca.