Malavecina 1
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Malavecina

Malavecina

Por Marti Gironell

© inepub.com

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Alba estaba convencida de que el día que debía dar a luz morirían tanto ella como la criatura.

No estaba asustada, no: estaba aterrorizada.

Sabía que había habido mujeres mucho más fuertes que ella que no habían superado el parto y habían muerto, y otras que habían visto llegar a su hijo al mundo, pero no lo habían visto crecer.

Hacía horas que había roto aguas y no había forma de que diera a luz.

La acompañaban su madre y su abuela. Y, tras muchas horas, siguió los sabios consejos de su madrina, Angeleta, la única que contaba con experiencia ayudando a traer niños al mundo.

Entre resoplidos y gritos de dolor, saltó de la cama de matrimonio de sus padres, se desnudó y se puso en pie, recta en un rincón limpio y bien iluminado de la alcoba.

Alba abandonó la postura erguida en la que se encontraba al principio y, cuando la anciana partera se lo indicó, se puso en cuclillas, tal como lo hacía para evacuar.

Agachada y encogida, con los talones rozando los glúteos, el hueso sacro basculaba hacia atrás mientras los músculos que ceñían su vagina se abrían y se dilataban.

Tenía la sensación de estar desgarrándose viva.

Intercambió una mirada de inquietud con su abuela mientras profería gritos y resoplidos que le aceleraban la respiración.

La angustiaba que la criatura no terminara de salir.

Se resistía. No veía asomar nada, salvo sus propios excrementos mezclados con un fluido viscoso de un color pardo verduzco, el contenido del saco embrionario del que debía nacer su hijo.

Y sangre. Mucha sangre. Fue toda aquella cantidad de sangre la que alertó a Angeleta y le hizo llamar a la Malaveïna.

—Rezad una novena. Procurad aplicaros la baba de una babosa sobre las verrugas durante nueve días, antes de ir a dormir y cuando os levantéis al romper el alba.

Y podéis ir a recoger semillas de jengibre.

Recoged una por cada verruga; si queréis que se os quiten, tenéis que ponerlas bajo la almohada y dormir sobre ellas durante ocho días.

Pasado ese tiempo, las tiráis. Notaréis que, antes de una semana, las verrugas habrán desaparecido.

El hombre asintió, tomó la bolsita, le pagó y se marchó.

La Malaveïna era una mujer menuda y robusta que, al girarse, tapaba el sol.

Miraba con unos ojos estremecedoramente azules, cautivadores, y a menudo perturbaba a quien osara sostenerle la mirada más tiempo del debido.

Poseía una voz plena y unas manos surcadas por sabañones y arañazos, cicatrices que daban testimonio de su labor en el bosque, requisando de la madre naturaleza raíces, plantas y flores que poseían la prodigiosa virtud de sanar.

Su cabellera lucía un gris perla singular; cuando el sol la alcanzaba, como por arte de magia, adquiría un tono suave y lustroso de blanco roto con un sutil fulgor iridiscente.

Decían que rondaba el centenar de años, pero conservaba la vitalidad de una muchacha.

Y todos narraban versiones distintas sobre su vida.

Unos rumoreaban que había huido de un sanatorio de Barcelona donde recluían a los endemoniados; otros sostenían que mantenía tratos con el diablo y que de ahí provenían sus poderes.

E incluso había quienes aseguraban que su don nacía del hecho de haber sobrevivido a la caída de un rayo.

En realidad, nadie sabía nada a ciencia cierta.

Habladurías que la habían convertido en una mujer temida y respetada a partes iguales.

Vivía en un caserón destartalado, a las afueras de Garriguella.

Cada semana montaba su puesto en el mercado, con una hilera de hierbas y ungüentos dispuestos sobre el mostrador.

Terminado el día ya no quedaba ni uno. Todos depositaban su fe en la eficacia de sus remedios; sus ungüentos eran respetados y temidos, y gozaban de gran demanda.

Sin embargo, su figura despertaba el recelo de las autoridades, tanto eclesiásticas como civiles, quienes desaprobaban sus métodos y le atribuían vínculos con el demonio.

Pese a ello, en una ocasión, para doblegar el tifus que había postrado al jefe de los somatenes, sacrificó un gato negro, cercenó su cabeza y su rabo, lo desolló por la mitad y lo evisceró por completo.

Preservó las entrañas en un tarro por si le hallaran utilidad en el futuro y aplicó el resto del animal sobre el cuerpo del enfermo.

Dado que el remedio solo surtía efecto cuando el gato todavía estaba caliente, tuvo que sacrificar una docena.

El caso es que, tras aquello, aquel hombre volvió a perseguir a los malhechores con más brío que nunca.

La fama de la Malaveïna y, sobre todo, de la eficacia de sus remedios había llegado a oídos del conde de Peralada, don Francesc Xavier de Rocabertí.

El noble tenía la cara llena de verrugas, como si fuera la piel de una calabaza.

Pero el de Rocabertí no se acercó al puesto de la hechicera para no ser reconocido.

No quería que el pueblo supiera que el señor conde confiaba en los métodos de aquella a quien todos consideraban una bruja.

Y por eso envió a un criado con el objetivo de que la mujer le recetase uno de sus remedios para hacer desaparecer todos esos granos.

El conde había oído muchos rumores sobre las mujeres que traficaban con esas materias y con esos materiales, las llamaran brujas, hechiceras o curanderas.

Pero lo que sobre todo se había extendido —favorecido por las malas lenguas— era la idea de que si aquellas mujeres acudían a reuniones clandestinas o con objetivos oscuros y poco claros, era porque se habían dejado enredar por el demonio.

Y a pesar de que nadie podía demostrarlo, se decía que la Malaveïna había sido tentada por el Maligno.

Corría el rumor de que, en general, la mujer era fácilmente influenciable por el demonio y sus malas artes.

En realidad, sin embargo, el conde siempre había pensado que lo que arrastraba a aquellas mujeres hacia la brujería y la hechicería era el grado de libertad del que gozaban.

En aquel contexto, se sentían superiores y disfrutaban por partida doble.

Primero, porque tenían la posibilidad de hacer todo aquello que en la sociedad en la que vivían no podían hacer —esto incluía también liberarse sexualmente—, y, después, porque así tenían en sus manos un poder temporal que las hacía sentirse plenas, y no un mero objeto de intercambio.

—¡Vengo a buscaros de parte de Angeleta de Can Quelic!

Plantado ante el puesto de la Malaveïna, Joan, sudado y preocupado, restregaba nervioso entre sus manos la gorra, que se había quitado en presencia de aquella mujer a la que veneraba.

La hechicera alzó las cejas mientras se guardaba el dinero del conde en un saquito que llevaba atado a la faja por encima de la falda de arpillera, larga hasta los pies, de donde, dependiendo del día, sobresalían las punteras de unos zuecos o de unas alpargatas de esparto de cintas.

—¿Qué le pasa?

—No, a ella nada... Es Alba, mi hija —susurró.

—¿Qué tiene?

—Lleva muchas horas de parto y la criatura no sale. Y nos da miedo perderlas a las dos.

—¿Es primeriza? —preguntó la mujer mientras se bajaba las mangas de la camisa negra, que llevaba remangadas.

—Sí.

La Malaveïna terminó de recoger botes, ungüentos, ramos y flores que tenía sobre la estrecha mesa de madera que servía para mostrar el género a los compradores y lo metió todo en un saco. Se lo echó a la espalda y salió zumbando hacia Can Quelic.

—¡Vámonos! ¡No podemos perder tiempo!

Dentro de la habitación de Can Quelic, la Malaveïna sacó un frasco con un líquido dorado.

—Siéntate en la cama. Bébete esto y dejarás de sangrar.

Alba miró de reojo a su madre y a su abuela, que asentían con la cabeza.

La joven obedeció las órdenes de la vieja hechicera y se tragó un buen sorbo de jarabe de caléndula, que aliviaba los dolores de la menstruación y calmaba los espasmos uterinos y, sobre todo, reducía el sangrado excesivo.

El brebaje incluía un poco de espino blanco, que hacía de relajante muscular y también actuaba contra los espasmos.

Esperaron un rato a que el brebaje surtiera efecto. La chica dejó de retorcerse de dolor y el malestar fue a menos. La poción había hecho efecto.

Cuando la curandera consideró que había pasado suficiente tiempo, le pidió que se tumbara.

Le puso las manos sobre la barriga y empezó a presionar.

Mientras la hechicera apretaba con las manos para conducir aquella vida que se obstinaba en no querer salir del vientre materno, le pedía a Alba que empujara.

—¡Empuja, tienes que empujar mucho más fuerte!

—exigía también Angeleta, sumándose a las órdenes de la Malaveïna.

Actuaban coordinadas, como si fueran una sola mujer, aunque físicamente eran muy diferentes.

La futura bisabuela era seca y larguirucha, con los ojos marrones y el pelo gris recogido en un moño.

Angeleta era de las pocas personas, por no decir la única, que tenía una relación amistosa con la Malaveïna.

Se entendían muy bien. Fue gracias a esa franqueza y esa confianza que se tenían la una a la otra por lo que la curandera acudió enseguida a Can Quelic.

—Ya lo hago, ya lo intento, pero... ¡no puedo! —gritaba Alba. Estaba exhausta.

Jadeando, buscó con la mirada a su madre, que intentaba transmitirle la serenidad y la confianza necesarias para encarar la recta final.

—¡Un último esfuerzo, hija, que ya está aquí! —susurró Agnès.

Alba asintió con la cabeza y sacó fuerzas de flaqueza para traer a su criatura al mundo. Las venas del cuello se le hinchaban y volvía a empujar y a soplar mientras se aferraba a unas cuerdas de cáñamo que había colgadas en la pared, donde se apoyaba para no perder el equilibrio y no desfallecer.

—¡Así! ¡Muy bien! Y ahora muévete como un péndulo sin dejar de empujar hacia abajo, como si fueras del vientre —le indicó Angeleta.

La chica hizo caso de las indicaciones de su abuela y repitió aquella acción pendular, y al poco notó un movimiento como cuando la fruta madura se desprende de la rama.

—¡Ya sale, ya sale! —oyó gritar a la Malaveïna—. ¡Venga, un último empujón! Tienes que ayudar, yo tiro del niño, pero tú tienes que empujar, ¡vamos!

Y tiraba de la criatura como los hombres que arrancaban la corteza de los alcornoques.

Alba miró hacia su entrepierna. Quería ver si intuía la cabecita, pero no pudo porque perdía el equilibrio.

Entonces decidió volver a fijar la mirada en el cañizo que tenía sobre su cabeza, bajo el techo, acompañando el movimiento con un grito que le salió del fondo de las entrañas, justo del mismo lugar de donde salía su criatura, ayudada por las sabias manos de la Malaveïna.

Era una niña.

—Aurora... —susurró Alba con un hilo de voz al verle la cara.

Una cara luminosa, sonrosada como la luz que precede a la salida del sol. Y, de hecho, aquella criatura marcaría un nuevo principio, un comienzo. Estaba convencida de que era el preludio de una nueva vida.

Un chillido claro y agudo rompió el silencio que momentáneamente se había instalado en la habitación.

El aire que empezaba a respirar la recién nacida le dolía en los pequeños pulmones y por eso se quejaba, unas quejas que quedaron ahogadas por los gritos de alegría y júbilo que se escucharon dentro y fuera de la estancia.

Con la criatura recién nacida, durante las primeras horas tras el parto, la Malaveïna hizo beber a la madre una infusión de santónico, una planta olorosa y amarga, de hojas pequeñas, grisáceas y con flores amarillas, que soltaba una sustancia blanca, cristalina, ligeramente amarga.

La bebían las mujeres que acababan de dar a luz porque iba bien para estimular la subida de la leche, pero también para aliviar los dolores de las contracciones del útero, que volvía a recuperar su forma normal.

Antes de la primera lactancia, sin embargo, y tras el trasiego del parto, era tradición que las personas que habían asistido al mismo salieran de la habitación para que madre e hija pudieran estar en paz y disfrutar de unos minutos de intimidad y tranquilidad.

Alba cogió a su bebé, la desenvolvió de las telas que la arropaban para que no pasara frío y se la puso encima.

El contacto entre las dos pieles desnudas sin ninguna interferencia provocó un tímido escalofrío en la pequeña, que desapareció enseguida. Reconoció la piel de su madre y, buscando su calor, se acurrucó y se acopló a ella.

Alba la observaba.

Estaba absorta en todos y cada uno de los movimientos que los pequeños músculos del bebé dibujaban en su carita y en todo el cuerpo, que todavía, de vez en cuando, tenía algún espasmo.

La niña medio abrió los ojos, unos ojos diminutos y negros que con el tiempo se convertirían en verdes con motas doradas, como los de su madre.

Alba tenía la mirada centelleante, sus pupilas doradas brillaban más que nunca, de orgullo, de felicidad.

Le sonrió y le acercó un dedo para acariciarle la barbilla.

Fue en aquel instante cuando su hija le agarró el dedo con su manita, con una fuerza que no olvidaría jamás mientras viviera.

Madre e hija se miraron fijamente. Y en la mirada de su pequeña, Alba vio la de Antoni.