Malavecina 30
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El doctor Bonet apuró un vaso de ron. Tenía las facciones desencajadas. Se secó el sudor que le perlaba la frente con un pañuelo que volvió a guardar en el bolsillo.

—Ataque de gota originado en el estómago, tisis, indicios de apoplejía, parálisis de la médula espinal y una sombra en el corazón que le fatiga de forma desmesurada —dijo en voz alta el diagnóstico al que había llegado tras visitar al paciente.

La salud de Antoni de Rocabertí siempre había sido delicada. Cuando era pequeño, sus padres, los condes, no habían escatimado ni esfuerzos ni dinero, y lo habían llevado por toda Europa a los mejores médicos para sanarle. Pero en aquella ocasión ya no había nada más que hacer.

—El organismo está agotado y las continuas preocupaciones no han hecho más que empeorar su ya de por sí precario estado de salud. No creo que pase de esta noche.

—¿No podemos hacer nada? ¿Nada de nada puede salvarle la vida? —preguntó Antòniu Tomàs, el administrador de los condes.

El doctor Bonet apretó los labios mientras negaba con la cabeza.

—Lo siento mucho.

Tomàs se quedó pensativo y apesadumbrado. Y de repente, como cuando se abre una grieta en un cielo nublado antes de la tormenta, tuvo una revelación.

—Quizá no esté todo perdido —se dijo a sí mismo el administrador.

Y salió corriendo a buscar lo que creía que podía ser el último remedio que curara al conde. Quiso encargarse él mismo. Era una cuestión de vida o muerte, y no valían intermediarios.

Dirigió sus pasos hacia aquel caserón que había a las afueras de Garriguella, en los límites de las fincas del viñedo propiedad de los condes de Peralada.

No le gustaba, y nunca había confiado en aquellas artes que decían que eran curativas, pero, dada la situación en la que se encontraba, no podía elegir.

Llamó a la puerta y notó un escalofrío que le recorría la espalda.

Y cuando abrieron y vio la cara de la chica, no podía creérselo.

Era idéntica al conde.

Antoni de Rocabertí tenía el sueño ligero, le despertaba el revoloteo de una mosca.

Ahora, sin embargo, sintió batir el aire muy cerca de sus oídos.

Era un aleteo pesado y acompasado. Después notó el aleteo junto a él, hasta que se detuvo.

La siguiente sensación, muy real, fue un pinchazo en la nuca que le recordó al que había recibido Alba años atrás, cuando ambos estaban subidos a aquel roble mientras espiaban el aquelarre de brujas.

Se medio incorporó, sobresaltado, llevándose una mano al lugar donde había recibido el pinchazo y vio revoloteando ante él, con las alas desplegadas, una mariposa.

Y no una cualquiera.

Tenía las alas, potentes y robustas, de color blanco amarillento, con franjas negras verticales.

Las alas inferiores, abiertas, mostraban unas manchas azuladas, negras y anaranjadas, y terminaban en una especie de larga cola.

La cabeza y el cuerpo eran castaños o negruzcos, con un dibujo que recordaba a una calavera.

Se le erizaron los pelos de la nuca y se le heló la sangre.

Un escalofrío le recorrió la espalda. La trompa que la mayoría de las de su especie utilizaban para succionar el néctar y el polen de las flores, en su caso tenía otra utilidad: pinchaba la piel de sus víctimas para extraer la sangre que le servía de alimento.

Era un singular cruce entre dos especies poderosas y peligrosas: la mariposa cebra y la mariposa de la muerte o de la calavera.

El resultado había sido aquella criatura.

De vuelo nocturno, solían entrar en las casas al anochecer y esparcían sus males al sacudirse las alas.

Portaban un veneno mortal y, cuando se posaban sobre la cabeza de las personas, eran un augurio de muerte.

Eran aliadas de las brujas y su aparición anunciaba la llegada de una hechicera. Dicho y hecho.

El chirrido agónico de la bisagra de la puerta que daba a la estancia del conde fue toda la bienvenida que recibió Antòniu Tomàs.

El administrador entró en la estancia condal acompañado de una mujer que se dedicaba al arte de la hechicería.

Iba abrigada con un manto de color marrón oscuro, una especie de túnica con capucha que se retiró para hacer un tímido saludo al noble.

Cuando Antoni de Rocabertí la vio, le dio un vuelco el corazón.

Al principio pensó que era fruto del problema cardíaco que padecía.

Sin embargo, enseguida entendió que lo que estaba haciendo era recordar, es decir, volvía a pasar por el corazón una fisonomía, un conjunto de facciones que le evocaban a una persona que había conocido en otra época y por quien su corazón nunca había dejado de latir.

Incluso le pareció que la conocía, que la había visto antes. Y, de hecho, era muy cierto.

«Desvarío», pensó. «Seguramente estos pensamientos, estas cosas desaforadas, sin sentido, son efecto de la fiebre», intentaba convencerse.

La chica metió la mano en el zurrón que llevaba colgado de un hombro, cruzándole el cuerpo hasta el lado contrario, y sacó un frasco donde llevaba aceite de sabina, que dejó en la mesita de noche del conde.

—... ¿te conozco? —susurró él con un hilo de voz, medio incorporado en su cama.

—No es la primera vez que nos vemos —contestó la mujer.

—... es que tu cara... —insistió el conde—. Esos ojos verdes con motas de oro... me resultas familiar. Como si te hubiera conocido hace muchos años. Pero es evidente que no puede ser, porque tú eres joven y yo..., yo soy un viejo enfermo. ¿Eres de Peralada?

—No exactamente —respondió enigmática—. Vivo a medio camino.

—¿A medio camino...?

—Entre Peralada y Garriguella.

—¿De Garriguella? —dijo, incrédulo, el conde.

—Sí. Mi madre era hija de los masoveros de la finca que los condes de Peralada tenían en Can Quelic, en Garriguella.

La cabeza de Antoni de Rocabertí empezaba a comprenderlo todo.

—Hace muchos años, cuando yo acababa de nacer, tuvimos que irnos de casa y nos refugiamos en el bosque. Allí una gran mujer nos acogió. —E hizo una pausa porque se le quebraba la voz.

Aquella historia le sonaba a Antoni, que negaba con la cabeza.

—Y cuando mi madre murió, crecí al lado de aquella mujer, mi única familia, porque hizo de madre y de padre para mí y me instruyó en todo lo que sé.

Adquirí sus conocimientos, y ella me permitió aprender y entender el lenguaje de las flores, de las plantas y de las hierbas.

Y antes de que ella dejara este mundo, me hizo heredera y custodia de su saber y de su legado para poder continuar haciendo lo que ella mejor sabía hacer: sanar, curar.

Hasta el punto de que todo el mundo me llama por el nombre con el que fue conocida ella... —E hizo una pausa.

—... y ¿cuál es ese nombre?

—Malaveïna.

Rocabertí abrió los ojos y la boca en señal de sorpresa.

—Tú eres la curandera que sigue sus pasos, los de la vieja Malaveïna. —Poco a poco, el conde recuperaba la memoria—. ¿Tú eres a la que acusaron de brujería en el proceso que celebramos en el Carmen?

Aurora asintió con la cabeza, pero Rocabertí no la recordaba porque aquel día apenas le había visto la cara. Finalmente preguntó lo que hacía rato le rondaba por la cabeza.

—¿Cómo se llamaba tu madre?

—Alba.

Al oír el nombre, Antoni de Rocabertí empezó a sollozar y, enseguida, a llorar sin consuelo. Tenía delante a su hija.

«Ahí está esa familiaridad que le encontraba», pensó, y susurró unas palabras casi solo para él:

—Todos los hombres se encuentran a sí mismos en su primer hijo. El primer hijo es el amor hecho evidencia.

Aquella chica era la prueba irrefutable, el fruto, del amor que sentía por Alba. Se encontró a sí mismo en su primer hijo, y era para estar orgulloso de ello. Aunque fuera al final de su vida. Como mínimo se iría de este mundo con una alegría inmensa y poco buscada.

Detuvo en seco esos pensamientos porque se dio cuenta de que probablemente ella no sabía que estaba ante su padre.

—¿Y tú? ¿Cómo te llamas?

—Aurora.

—Aurora. —El conde repitió lentamente cada letra de su nombre—. No me extraña nada, eres como ella, como Alba... Eres luz, como tu madre...

Rocabertí se incorporó.

—¿Te puedes acercar? —Y le señaló el trozo de cama donde quería que se sentara—. Tengo que contarte una historia.

Aurora obedeció el deseo del conde y se acercó.

—Hace muchos años, me presenté en una vendimia, pero unos cuantos chicos de un grupo de vendimiadores quisieron impedírmelo y echarme de malas maneras.

Hubo una persona, sin embargo, la jefa del grupo, que no les dejó y les hizo desistir de sus intenciones.

Me enamoré al instante de aquella chica.

La cortejé y nos amamos en secreto. Yo era el hijo de los condes y ella, la hija de un trabajador de una de nuestras fincas.

»Cuando mis padres descubrieron nuestra relación, nos separaron. A mí me enviaron a Francia y a aquella chica la obligaron a marcharse de nuestras tierras.

—Aquella chica era mi madre y se fue de su casa con una hija recién nacida, que era yo...

Rocabertí exhaló un suspiro que le ensanchó el corazón. En sus ojos brillaban unas lágrimas que acompañaban a una sonrisa. E hizo el gesto de estirar los brazos hacia la que ahora sí sabía con certeza que era su hija.

Aurora se acercó y se abrazaron.

—Hija...

El conde cerró los ojos y el olor del cabello de la joven, mezcla de pino y romero, le provocó una reacción inmediata.

El olfato era uno de los sentidos que, sin darse cuenta, más le condicionaba.

Bien lo sabía, tras tantos años en contacto con las flores.

Las flores tienen significados, las flores hablan, las flores, como los olores, evocan recuerdos.

Y aquel olor era tan potente y sugerente que lo empujó a buscar y encontrar en el cajón de la memoria y las emociones un episodio que, con el paso de los años, no podía creer que hubiera olvidado.

Como si se tratara de un hechizo, de un embrujo, tuvo una percepción muy real de ciertas sensaciones vividas años atrás con Alba. La veía, en realidad, veía a ambos. Corrían por el bosque y se llenaban los pulmones de su aroma, un olor que los excitaba y los tranquilizaba a partes iguales.

El olor de la naturaleza que tantas veces los había acogido.

Eran criaturas del bosque, eran jóvenes, eran felices.

Era tan fuerte lo que sentía que Rocabertí no daba crédito. Emitió un gemido y un pequeño bufido.

Aurora notó que el abrazo de Antoni languidecía, que perdía intensidad y fuerza.

Se separó un instante y comprobó que los brazos le habían caído a ambos lados del cuerpo.

Un cuerpo que había dejado de luchar contra la enfermedad y un corazón que había dejado de latir y que, finalmente, estaba en paz.

El rostro lo reflejaba. Una sonrisa se le había quedado dibujada en los labios.

—Papá... —susurró Aurora, que por primera y última vez se dirigía a Antoni de Rocabertí de esa manera.

Y la mariposa cebra se posó sobre el cabecero de la cama.