Malas lenguas 76
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Era un día bueno, una buena tarde, soleada y diáfana, con la gente justa en la calle y una pátina de buen humor general, como el que brota y brilla después de una larga noche de tormenta.

Yo volvía de una reunión de trabajo con Bobèche, la segunda que tenía en una semana, y ese simple recuento bastaba para animarme.

Los alcohólicos, los adictos, los deprimidos saben de qué hablo.

Lo primero que hay que abandonar, si queremos seguir viviendo, es la fe en la espectacularidad: los grandes gestos, los saltos acrobáticos, las proezas, la altisonancia en general.

Hay que bajar la voz. Fue así, bajando la voz, de hecho, como había conquistado a Bobèche en la presentación del último de sus libros, cuando le susurré que este tendría menos éxito que los anteriores y que yo sabía por qué, y ante su cara de pasmo —estaba más rojo que su célebre boina— pasé a enumerarle la runfla de amanuenses que los habían escrito, cuyos nombres no aparecían en los libros pero eran obvios para cualquier ojo avizor, y sin darle tiempo a reaccionar, con el hilo de voz más afelpado que me salió, le auguré que sólo saldría de la meseta en la que su prédica y su reputación estaban estancadas si redoblaba la apuesta, es decir si escribía su autobiografía, un desafío para el que yo, que venía soñando con él desde hacía tiempo, tenía algunas ideas que podían interesarle.

Bobèche, sólo para no ser menos, me preguntó qué tenía que ver yo con la alta cocina.

Le contesté que poco, pero que nada me daba más odio que ser testigo de una gran oportunidad perdida, y le escupí una receta de risotto all’aringa que por alguna razón recordaba de mi paso, fugaz pero muy divertido, por una revista de viajes.

Congeniamos, lo que para mí era vital, sinónimo de una nueva vida.

Sería un fantasma, un fantasma a sueldo: lo mejor, supongo, a que podía aspirar dadas las circunstancias.

Además de algunas secuelas del almuerzo —Bobèche me había recibido en la cocina de uno de sus restaurantes, entre sus fuegos, como le gustaba decir con una sonrisa satánica, y esta vez me había usado de cobayo para poner a prueba el ghee que una azafata amiga le traía de contrabando de Pakistán—, esa tarde, cuando me fui, yo llevaba encima un cheque, una hora y media de conversación grabada en un aparato del tamaño de una caja de cigarrillos largos, que apenas sabía manejar, y los dos tomos previos de su obra completa, tan coloridos y plúmbeos como el último, con la misma dedicatoria en ambos y dos lonjas de piel de salmón deshidratada a modo de señalador.

Tenía planeado depositar el cheque, volver a casa y, con ese envión tan especial que dan las prosperidades súbitas, desgrabar las fanfarronadas de Bobèche de un tirón, como supuse que encararía un ghost writer sensato esa fase particularmente penosa de su misión.

Pero me fui quedando en la calle. Una cosa llevó a la otra y todas se encadenaron con una fluidez líquida, como de sueño apacible, con la salvedad discordante de las botamangas de mis pantalones, que, al retraerse con la marcha, insistían en atorarse en las lengüetas traseras de mis botas, lo que me obligaba a detenerme cada tanto para destrabarlas.

De alguna manera extraña pero sagaz, porque aunque no conocía bien el barrio del restaurante del cocinero y hubiera sido incapaz de elegirlas, recuerdo las calles por las que se paseó mi espectro como largos invernaderos abiertos, galerías llenas de sol, aireadas y al mismo tiempo protectoras, flanqueadas como estaban por aquellos árboles, especies insólitas que imaginé que habría importado unos siglos atrás algún paisajista extranjero.

De alguna extraña manera terminé en un bar, el Doré, que tenía unas mesas en una plaza, entre aquellos mismos árboles, a una de las cuales me senté, y apenas me senté, mientras me bajaba el cansancio de la caminata, se me ocurrió pensar que ahí, en esa silla —y miré la silla de al lado, en el centro de cuyo asiento una paloma había dejado caer su carga de mierda—, me dejaría olvidados al levantarme los dos bodoques que me había encajado el fatuo de Bobèche.

Pedí un café, el más simple de la exótica lista que ofrecía la carta, el único que conocía.

No hice los cálculos idiotas que hacemos cuando estamos cansados, con la esperanza de que un número, una cantidad cualquiera de calles, pasos, minutos, les den a nuestras piernas la satisfacción orgullosa que les hace falta, pero noté en cambio que Doré se llamaban también la plaza, una mercería con la cortina baja y el modesto cine que había enfrente, encajonado entre un garage y una veterinaria, con el nombre en grandes cursivas rojas ocupando toda la marquesina.

Por lo que podía ver desde mi mesa, si sorteaba una fronda de chicos jugando, viejos inmóviles, perros, daban varias películas en continuado, una costumbre antigua que empezaban a reflotar salas de barrio como aquella, precarias, improvisadas por jóvenes más o menos intrépidos en los locales que sus tíos, amedrentados por vagas incertidumbres financieras, no se decidían a explotar ni a vender, y que languidecían juntando mugre, humedad, facturas impagas.

Me tentó. Me tentó despilfarrar la tarde tan linda en las fauces de un tugurio mal ventilado, aun cuando las razones que hasta no hace tanto me empujaban a esa clase de antros se hubiesen apagado bajo un manto de relativa castidad.

Me tentaron las imágenes y la promesa, que en otro momento me habría escandalizado, de entrar en la caverna de día, a pleno sol, y que al salir fuera de noche, y dejarme estremecer por la suave hostilidad del aire, y dar esos primeros pasos inseguros, curiosos, que da el que se libera de un yeso cruel, un coma, una prisión.

Así que dejé mi café por la mitad y una propina generosa, que el mozo agradecería sin entenderla, porque no premiaba tanto su atención como la cercanía fortuita del bar con el cine (es decir mi alegría), y con cierto disimulo deposité los dos tratados bobechianos en la silla cagada y me despedí, dándole una palmadita suave al de arriba, el de las salsas, como si fuera el mayor de dos hermanos a los que se abandona en un bosque para que se hagan hombres.

Crucé la plaza. Todo muy bien, sin tropiezos, con el aplomo hasta para hacer callar a un perro desquiciado y parar con el pie una pelota perdida, pero no la rapidez suficiente, hélàs , para evitar que el mozo, tras una carrera frenética, sin duda alimentada por la propina que acababa de guardarse —los dos dedos seguían hundidos en el bolsillito de su chaleco—, llegara hasta mí y, con el aire exultante de un rescatista, me hiciera entrega de los tesoros que me estaba olvidando.