Malas lenguas 75
98%

75

Corazón,

Habrás escuchado muchas cosas sobre mí. Todas son ciertas.

Ninguna tiene la menor importancia salvo una: la plata de Hurlingham se la quedó Murzi.

Me dormí, me madrugó, como quieras llamarlo (y vos vas a preferir madrugó, lo sé).

Se ve que no nací para estas cosas. Si me preguntás, entré en el asunto porque me intrigaron las fotos de los confesionarios, esa cosa medio neoclásica que tenían, toda esa cosa de las togas, los pliegues, el mármol, toda esa carne vista a medias, no sé si llegaste a verlas.

¡Porno grecorromano! Por lo menos pude vender bastante bien las pocas que me quedaron.

Así que acá me ves: además de pobre, prófugo.

La casita en la playa desde donde te escribo la pago con monedas variadas, a una landlady que no está casi nunca y tiene una buena biblioteca de clásicos (¡está la versión de Baldó de Los establos !) y media docena de perros que necesitaban cuidado.

Por lo demás, el viento insoportable de siempre.

Te ahorro el nombre del lugar para evitar tentaciones que no sé si nos harían bien.

Sueño mucho, mayormente pavadas. Le puse tu nombre a uno de los perros, mi preferido, el último en llegar, que la dueña no había tenido tiempo de bautizar.

Me la paso llamándolo pero no hay caso. Ojalá sea sordo.

Ojalá no me guardes rencor. Salvo la del premio, que vi de reojo en el diario en el bar de la terminal de ómnibus, no tengo noticias de nuestra amiga.

¿Vos? Habrás leído el libro, supongo. Sabrás si vale la pena.

Contame si aparezco, si salgo bien parado.

Me apenó lo de B, no te creas. No lo hacía tan frágil, con toda esa calistenia que hacía.

Más alimento para la maldición de las biografías en vida.

¿Me creés si te cuento que me lo crucé a Martinengo en un tren?

No me reconoció, por entonces yo viajaba disfrazado, con un bigote manubrio que te hubiera encantado.

Lo vi muy perdido. En un rato viene un amigo a comer, trae unos hongos que cosecha él mismo.

Larragarri, lo conociste: un compañero de armas que nos encontramos una noche durmiendo en un cajero automático, que contaba chistes de judíos.

(No te enojes, pero tengo la boca que es un horror, y eso que me hice sacar dos muelas por un bañero que supo ser enfermero).

Trabaja en una base de acá cerca, la misma de donde lo echaron hace diez años por robarse un par de garrafones de gas.

Dice que puede conseguirme algo. ¡Marino otra vez!

, imaginate. Si se me da te mando una foto con el uniforme.

Por lo demás, todo normal: engordo, envejezco, sigo exagerando.

Pero ¿a quién le gusta exagerar solo? Escribo, sí, con la mente, donde los errores no duelen y todo suena mejor.

Te pediría que me cuentes de vos, cómo estás, a qué dedicás tu tiempo libre, pero quizá sea mejor imaginármelo.

Imaginar que me lo contás a solas, de noche, en el silencio de la cocina, como si rezaras.

Hablando de pedidos, ya pasó un tiempo, habrás limpiado todo lo que hable de mí y no soy quién para culparte.

Pero por si las moscas: fijate si entre mis paperolas no quedaron unos versos que me gustaría recuperar.

Unos sobre una cápsula, una sílaba en el pecho.

.. Son viejos, y no gran cosa, pero hace rato que los vengo corrigiendo y me gustaría echarles un vistazo antes de que se pierdan para siempre.

Deberían estar donde los escribí, en el dorso de algo, un aviso de un curso de francés, el flyer de un sauna.

Pero si es mucho pedir no hay drama, nadie se va a morir.

Ahí está llegando Larra. Aprendí a reconocer el sonido que hace cuando se limpia las botas en el porche.

Ahora te dejo. No me esperes, pero sabé que el secreto de tu corazón siempre estará a salvo conmigo.

tu B.