Malas lenguas 74
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Reaparecieron juntos, tan juntos como habían desaparecido.

Juntos quiere decir el mismo día y para mí, que —aunque los había experimentado por separado— ya no podía evitar considerarlos en tándem, como una especie de aberración bicéfala.

De las otras dos personas en quienes esa mala yunta habría tocado alguna fibra sensible, una, la más sensible, sin duda, estaba muerta, abonando las colinas del tiempo, y la otra, que había reanimado al muerto de manera fugaz, las dos o tres semanas que se tomó su libro para triunfar y ser olvidado, gastaba el dinero del premio en el centro Bohórquez, un establecimiento famoso por sus termas, su biblioteca, su casino al aire libre y un bungalow lleno de encanto y alimañas a orillas del arroyo Tagarita, donde veinte años antes habían encontrado muerta a Lila Lafée, la mezzosoprano.

Murzi resucitó un jueves a última hora de la tarde.

Llevaba uno de esos trajes oscuros muy entallados que usan los muñecos de torta y los matones de los jefes de la mafia cuando están en funciones, y que no ven la hora de sacarse.

Saltó con bastante gracia del último escalón de la entrada de la embajada y, deslizándose sobre el ripio de perfil, como un esquiador, una proeza que sigo sin explicarme, llegó hasta mí, hasta la puerta del coche que me llevaba, que acababa de frenar, y la abrió, y cuando me bajé, con alguna sorpresa, porque lo había reconocido, él, instado por alguno de sus jefes, ya estaba en otra cosa, mirando en otra dirección, creo que al convertible color petróleo que franqueaba el portón detrás de nosotros, con el que mi taxi había tenido una acalorada diferencia de opiniones a la salida del túnel San Ardengo.

Fue una velada larga, quizá demasiado. Era mi regreso al grand monde después del episodio Cannistrà, y aunque volvía con un propósito puntual, muy específico, del que me había comprometido a no dejarme distraer por nada, sobrevivir tres horas sin flaquear en un chiquero estimulante como aquel me exigió fuerzas y un temple sobrehumanos.

Fiel a la receta de un bon vivant injustamente olvidado, hablé poco, me moví mucho, casi no bebí y mantuve ocupada la boca con cuanta aceituna negra pude encontrar, y si me sentía a punto de sucumbir, porque el malestar o las tentaciones eran grandes, salía a dar un paseo por los jardines, bellos como nunca con todas aquellas esculturas de luz, o esperaba a que se me pasara encerrándome en alguno de los baños de la embajada, donde admiraba las molduras del techo, me cepillaba los dientes o descubría con qué bibliografía estrafalaria acompañaba el personal de la delegación sus desahogos fisiológicos, todo mientras unos puños golpeaban a mi puerta con creciente frenesí, urgidos por necesidades más recreativas que las mías pero que yo conocía bien.

Pero también comí, muy bien, y contra mis propios, sombríos presagios, disfruté del programa musical —una selección de canciones premiadas en cierto festival maspolitano— y logré lo que me proponía: convencer al nuevo agregado cultural, un farsante adorablemente desconcertado, con pies de geisha y un sospechoso resfrío, de que nadie haría por él y su gestión y su inserción en los círculos locales lo que haría yo si el selecto comité de ociosos que él presidía elegía mi candidatura para la residencia literaria del próximo semestre en la Villa Montelatici, un básico del eremitismo melancólico que siempre había querido conocer y que confiaba me aportaría el cambio de aire, la dosis de lejanía y desapego y las caras nuevas que estaba necesitando.

Murzi tampoco me defraudó. Sólo tuvimos contacto una vez, brevemente, pero a lo largo de esas tres horas se las arregló para pavonear —ante mí, me gustaría creer— la novedad de su versátil abanico de identidades.

Además del Murzi valet parker , eficiente pero poco caballeroso, hubo un Murzi mozo (por el que temí un par de veces), un Murzi escolta, un Murzi traductor (de una intrepidez desvergonzada) y un Murzi encargado del guardarropa, que fue finalmente el que decidí abordar, aprovechando que a nadie se le iba a ocurrir recuperar su abrigo mientras la Rotiroti hacía su versión de “ Suonerai il campanello e non ti aprirò ”.

Exhausto y todo, con el maquillaje un poco corrido, Murzi era bastante más atractivo que la chirusa que lo había precedido en el puesto, linda pero sin el menor modal, que me arrancó la capa de las manos sin siquiera mirarme.

Mi viejo informante me vio aparecer, abrió una boca grande y ansiosa de pez recién arrancado del agua y miró a su alrededor buscando una salida rápida, algo que no fuera el batallón de percheros vestidos de piel que le cerraban el paso.

Me reí. Le dije que una embajada llena de gente no era el mejor lugar para pasar inadvertido.

Se rio también (me pareció ver que le faltaba un diente, el mismo que había conocido días dorados).

Luego hizo aparecer una gastada petaca de peltre y bebió un trago largo, ávido, y recién después, avergonzado de su propia descortesía, me la ofreció, y apenas le dije que no con la cabeza, como le hace Fels al baboso de Darrigol en la ópera de Venezia Boli, me ofreció atropelladamente otras cosas, tan sórdidas y malas como la que debía de estar tomando él.

Entonces, como si estallara, se deshizo en explicaciones que yo no le había pedido, muchas de las cuales ni siquiera se me habían pasado por la cabeza.

La magia de perseverar en el silencio, a la que los amos de las vidas ajenas harían bien en estar más atentos: basta con mantener la boca cerrada para obtenerlo todo, todas las respuestas, pero también todas las preguntas que les dieron origen.

Me dijo que había vuelto a trabajar por necesidad, porque no tenía un centavo.

Porque el de la idea del chantaje había sido él (se le había ocurrido al descubrir los confesionarios en las salas de lectura de la Naldoni), pero Bernal, así, lento y colgado como parecía, lo había madrugado (verbo que me encantó) y se había quedado con todo.

Bueno, agregó con una sonrisa amarga, de payaso sin trabajo, mostrándome la petaca: casi todo.

Al final me quedé sin Villa Montelatici.

Una lástima. Prefirieron darle la beca a otra persona —poeta, creo, muy menor pero de un suburbio difícil, bastante fotogénico.

Hoy pienso que los versos que le habrá inspirado el paréntesis montelaticiano —ese triste trastero centroeuropeo, como dijo alguien para consolarme cuando me enteré de la mala noticia— pueden ser buenos, incluso muy buenos, pero nunca serán tan desesperadamente necesarios como el jugo que soñaba con sacarle yo, cualquiera fuese, porque el proyecto con el que me había presentado era una especie de pesquisa sobre la malograda Heriberta Bix, pero todo lo que yo quería en realidad era olvidar, olvidar y perderme, ahogar en un mar de dialectos, de turistas, de barracones militares reciclados en salas de masajes al poeta que me había dejado por nadie, por nada, por el botín miserable de una extorsión, y al esclavo que ahora resultaba que había sido su cómplice, cuando todo lo que yo sabía de él era que bastaba una orden mía para verlo arrastrarse como un perro, ladrar, lamerme los pies, cosa que hacía, debo decir, con un talento bastante único.

Y Bernal, el poeta, a quien conocimos en el bendito capítulo doce, reapareció a la mañana siguiente de la velada italiana.

Tocaban el portero eléctrico. Yo ya había dejado la cama y estaba sin resaca, toda una novedad a la que me costaba acostumbrarme, pero lo dejé sonar igual, siempre con la idea de que dos de cada tres avisos de esos más vale perderlos que encontrarlos, y de que aceptarlos, encima, puede acarrear toda clase de contrariedades irremediables.

Como insistían, atendí. Apenas escuché la palabra fatal —¡Correo!

— se me cruzó por la cabeza el pobre Zoltan, de quien no había vuelto a tener noticias y cuya obstinación probablemente había subestimado.

¿Con qué cebo se descolgaría ahora? ¿Una cueva, una terma, una dieta a base de mazapán?

¿El museo del látigo, de donde Pipe Márquez me había traído un llaverito precioso?

Me gustó imaginarlo buscando en un puñado de folletos mustios el menú de atracciones que me hechizarían, y abrí, y cuando las delicias de la imaginación se apagaron, muy pronto, hélàs , porque la membrana que protege la órbita en la que viven es tan fina como una burbuja de jabón, del jabón de lavanda, ya que estamos, que insistía en comprarle a Bernal y que él se negaba a usar, me descubrí de pie en el pasillo del ascensor, al que sin duda había salido a recibir lo que tuvieran para darme, con una tarjeta postal en la mano, donde el canto afilado del cartón dejaba ya una muesca rojiza, mirando un pie, un torpe pie del cartero, supongo, que tropezaba y desaparecía en el ascensor con la satisfacción de la misión cumplida.

Del lado de la foto había una selección de monumentos irrisorios, una carreta de hormigón, un pony de troncos, una pirámide con un avioncito incrustado donde tendría que haber estado el vértice, una pareja de teros de caña, todo en el estilo aniñado de Pambianco.

Di vuelta la postal para chequear si era y me encontré con la letra.

Conocía esa letra, esas efes, las pes trémulas como banderas, la manera caprichosa en que los trazos se encimaban, necesitados de calor, o tendían a separarse ofuscados.

La había visto a menudo en todos esos desechos de papel donde sobrevivía componiendo estrofas, aforismos, fragmentos de diálogos, unos silogismos sin pies ni cabeza que empezaban como axiomas filosóficos y dos líneas después terminaban en un chiste, que me asombraba siempre entender de manera instantánea, con sólo mirarlos. No era la letra de Zoltan.