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Fueron esos cinco renglones mezquinos, sin embargo, los que hicieron que mi enfermero parara las antenas.
No sé cómo los interpretó; no me lo quiso decir, y yo tampoco le di tiempo para explicármelo.
Tal vez la emoción que yo creía anestesiada o extinguida siguiera más viva de lo que parecía, y lo que él interpretó no fueron tanto esas líneas como el efecto que me provocaron, y eso lo sacó de quicio.
En todo caso, sin interrumpir la extraña maniobra a la que estaba abocado en ese momento, una presión suave, concéntrica, a la vez paciente y decidida, que yo, que la había tomado por una especie de masaje preliminar, agradable pero sin consecuencias significativas, sentía ahora abrirse paso y llegar ad portas , como habría dicho Baldó, el enfermero detuvo mi mano, que pretendía dar vuelta la página, y, a la vez que señalaba con su uña fúnebre el nombre de Bernal, se burló en términos muy generales de los topónimos usados como apellidos, una sandez atendible en alguien que se movía entre cánulas y papagayos.
No me cayó bien pero se la perdoné. Lo que no le perdoné fue la rima que improvisó después con Bernal, fea, innecesaria, de una procacidad rastrera aun para mí.
Otros veinte segundos y me vería llorar, vería mi corazón en carne viva.
Aduje unas molestias repentinas, evidentemente falsas, que sirvieron sin embargo para poner fin a la lectura, a la rima (que el infame repetía ahora en voz alta, como un estribillo marcial) y a las embestidas, y lo mandé a buscar comida, único recurso que se me ocurrió para sacármelo de encima.
Hacía veinte horas que no probábamos bocado, y él había gastado el triple de energías que yo.
La orden lo sorprendió, pero no estaba para objetar nada.
Salió enseguida, a medio vestir, y yo hundí la cabeza entre las sábanas que hedían y lloré y grité bajo las almohadas, mordiendo lo que creía que era la costura de la funda, como en la oscuridad de la infancia, hasta que vi sangre y mi antebrazo herido y las muescas, regalos rupestres, que le habían dejado mis dientes.
Media hora más tarde, secadas las lágrimas y la sangre, lo tenía en la puerta tocando el timbre como un desesperado.
Todavía me visita a veces la imagen que me hice de él mientras lo dejaba esperando: de pie en el hall, tapando la tortuga del techo como una nube el sol, con mi impermeable y mis pantuflas (que le quedaban chicas, que confieso extrañar más de lo que pensé y pienso reclamarle cuando venga a recoger sus cosas), enchastrándose los dedos con las bandejas de cartón metalizado.
En un momento, previsiblemente, mi renuencia a abrirle colmó su paciencia y, con las mismas manos de ogro con que me había hecho crujir a lo largo de tres días, la emprendió contra la puerta.
Sólo lo disuadió una advertencia (que creo que robé de una película mala y le lancé a través de la mirilla): a mi psiquiatra, que había apostado por él confiándole mi delicada salud —una temeridad que sus antecedentes no justificaban—, le haría muy poca gracia enterarse de las muchas, variadas secreciones que muy a mi pesar había descargado en mí en el lapso en que se suponía que debía cuidarme; y un poco también el portero, que subió a ver qué pasaba con una llave inglesa en la mano; y también la policía, que nunca llegó pero siempre disuade.