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Fue una suerte, con todo, tenerlo a mi lado en esas postrimerías difíciles.
Me costaba mucho dormir. El simple hecho de tirarme en la cama activaba toda una red de corazoncitos ubicuos, inquietos, que se ponían a latir en mi pecho al unísono pero no al mismo compás.
El resultado —un reguero arrítmico masivo— no era agradable.
Me ardían los ojos, llorara o no llorara, pero el alivio que me producía cerrarlos era rápidamente interrumpido por unas puntadas malignas que los martirizaban desde adentro, como alfileres epilépticos.
Sentía los músculos agarrotados o demasiado laxos, aunque no siempre distinguía un estado de otro, y algo tan elemental como levantarme de la cama o poner a prueba la elasticidad de mi enfermero se volvía una fuente de peligros o cómicas decepciones.
Una sola idea, resplandeciente y ciega como una misión, iluminaba ese calvario: leer, leer las quinientas, seiscientas, setecientas páginas que nuestra amiga había escrito sobre Baldó —la imprecisión habla menos de la obra de nuestra amiga que de mí, de las pocas fuerzas con que contaba para leerla.
¿Me asustaba el libro? No, no me asustaba.
Me asustaba que leerlo fuera lo último que hiciera, como el que, ignorando que está condenado, pierde el tiempo en estupideces y se da cuenta demasiado tarde de que esas horas que dilapidó eran las últimas y ya no tendrá otras.
Sólo las atenciones de mi cuidador me alejaban de esas conjeturas funestas, que volvían a asediarme, sin embargo, apenas se apartaba de mí para ducharse, cosa que hacía con alarmante frecuencia, o cuando se dormía, y roncaba, y yo me quedaba mirando lo poco que tenía que ofrecerme el techo mientras el fragor de sus tuberías respiratorias me llenaba la cabeza.
Son tonterías; nada que nadie medianamente razonable confundirá con ingratitud.
De hecho el insomnio, incluso en la versión atronadora que me tocaba padecer a veces, era casi una bendición: en los casos en que nuevas raciones de pastillas, pases de hipnosis (uno de los pocos feudos alternativos aceptados por la escuela que le negaba el diploma) o una intensa, sostenida, reconfortante actividad física me empujaban hacia el territorio del sueño, dos de cada tres veces me aguaban la fiesta unas bestias inmundas, de una grosería inenarrable, provistas de colas o tentáculos pero no de la habilidad para manejarlos, que en unos pocos de esos extraños segundos que duran los sueños hacían pedazos la galería de espejos en la que transcurrían los míos por esa época, no sé si por problemas de imaginación o de presupuesto.
Así que nos pusimos a leer, y este plural está lejos de ser mayestático.
Si algo romántico queda para mí de esos días de convalecencia son esas sesiones de lectura a cuatro ojos, normalmente en la cama, con las persianas bajas y Soria adherido a mí, a mi espalda, como una cáscara benéfica, una musculosa y blanda caparazón, capaz de envolverme cuando la oscuridad me hacía temblar de miedo y activar nódulos de deleite impensados, secretos incluso para mí, cuando me urgía la necesidad.
No es raro que el libro pasara para mí como pasó, sin pena ni gloria.
Algo de esa insensibilidad se filtró ya antes en estas páginas, a menudo bajo la forma inversa de la reacción ardiente, la objeción, el reparo indignado.
Quien tenga el valor, la insensatez, el morbo de releer esto sabrá apreciarlos.
La vida de Baldó, que sin conocerla en detalle sonaba sosa, apagada, un poco rancia, no mejoraba mucho cuando la iluminaba la linterna empedernida de nuestra amiga, y menos narrada por el tipo de prosa administrativa que parecía ser su fuerte, y mucho menos con las omisiones, artimañas cosméticas o falacias con que la autora trataba sus dimensiones menos diáfanas.
Me da la impresión de que algunos de esos ardides tenían su gracia, aunque sólo sea como cortinas de humo, alardes de una laboriosa ingeniería del encubrimiento.
Quién sabe si rústicos sagaces como Soria no eran en realidad sus verdaderos, sus mejores destinatarios.
Puedo olvidarme de todo, no de cómo disfrutó el capítulo sobre la Bajada Odorico, con qué clarividencia y precisión reponía él, sin tener ninguna información previa sobre el asunto, las licencias, los vicios, las verdades de la carne que nuestra amiga hacía pasar por devociones saludables o entusiasmos deportivos, y con qué fidelidad y delicada imaginación, enriqueciéndolos a veces con aportes propios, aprovechó algunos ejercicios de la monegasquia profunda para recrearlos conmigo entre las sábanas de mi cama, que quizá tardáramos demasiado en cambiar.
La parte del Baldó profesor podría haberme reconfortado, y no sólo porque estaba fundada en mi testimonio.
Leernos más jóvenes nunca nos deja del todo indiferentes.
Pero qué decepción cuando esa juventud, que fue bien singular, aparece en el texto diluida en un alumnado sin rostro, meramente generacional, uniformado por la edad, el turno del cursado y las lagañas matutinas.
Además, poco (o quizá demasiado) receptiva a los chispazos lúcidos de mi evocación, nuestra amiga había reproducido sólo las impresiones obvias, las que habían sobrevivido, al parecer, a ciertos procedimientos de verificación exigentes, muy complicados, que había sacado de un viejo manual de interrogatorios del ejército.
No voy a negar que mientras bostezaba con todos esos lugares comunes golpearon a mi puerta un par de viñetas vívidas de la mañana que nuestra amiga había pasado en casa cosechándolos.
Podrían haberme afectado mucho, dado lo bajas que tenía las defensas, pero Soria lo impidió.
Me vio vacilar, vio en mí las señales de una zozobra nueva, y en vez de pedir explicaciones, cosa que habría hecho cualquier imbécil sin noción alguna del arte del cuidado, las aprovechó al vuelo y las incorporó, para que las compartiéramos juntos, a su ya fértil repertorio de recursos amatorios, igual que un músico vuelca en la partitura que escribe el llamado de la madre que agoniza en el cuarto de al lado, la bocina insolente, el gorjeo del pajarito primaveral de turno que podrían arruinarle la mañana.
A medida que me mejoraba leía más rápido, sobrevolándolo todo, y más disposición mostraba a dejarme consolar por mi compañero.
En todo caso, la lectura no importunaba al placer, ni el placer a la lectura.
Ojalá la vida fuera siempre así de estúpida, de inequívocamente satisfactoria.
Sí, como no pude evitar comentarlo antes, quizá con una vehemencia que no se merece, la mención mezquina de Bernal del capítulo doce me impactó.
Pero después del escándalo inicial, una vez que recapitulé, a modo de desagravio íntimo, todas y cada una de las intervenciones de Bernal que nuestra amiga confinaba a algún sótano tenebroso de su texto, donde las mantenía amordazadas, yo, digan lo que digan los carroñeros de siempre, no la tomé como algo personal sino como la prueba, una más, de un modus operandi general, indiscriminado, fundado en la omisión y la deslealtad.
Algo extraño pasó, encima, que yo no podía prever, tan sorprendente como el tono de aprendizaje melancólico, casi de epifanía, que el capítulo final del libro le da al viaje de regreso de nuestra amiga de Colinas del Tiempo.
Lo hace sola, en el mismo cochecito que yo conocí, escuchando una y otra vez la misma canción de Noirette y, a juzgar por lo borroneadas que ve las cosas, llorando.
Lo que pasó, que atenuó en cierto modo el impacto de la lectura, fue que la ausencia del Bernal real, que era inconmensurable, suplantaba a la de todos los otros, empezando por la versión jibarizada, casi espectral, que nuestra amiga había dado de él en el capítulo doce de su libro.