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Se llamaba Soria. Apenas vio mi biblioteca me confesó que no leía.
Sin embargo, en los días de lenta recuperación que siguieron, pude comprobar que, como algunos con las cerraduras, los mapas, los cierres relámpagos delicados, mi enfermero tenía con los libros una relación de curiosa empatía, rara incluso en los profesionales más experimentados del ramo.
Hay que ver las cosas que sacó, con sólo hojearlos, de los dos libros que nos habíamos llevado del premio, nuestra modesta biblioteca común, hoy dispersa.
Del Verpré, por ejemplo, mientras lo mirábamos, captó al vuelo un detalle que yo y mis mareos habíamos pasado por alto: el dibujo, colgado de la esquina de una de las primeras páginas, de un corazón, un pequeño corazón roto, de una de cuyas numerosas heridas brotaba un hilo de sangre que recorría en sentido vertical toda la página y llegaba al pie, donde se transformaba en una gota y luego en un par de letras más o menos sangrientas, iniciales, probablemente, del pobre dedicatario que acaso seguía de rodillas en la alfombra del Olloqui, buscando su preciado, perdido regalo debajo de las sillas, vigilado de cerca por el personal que limpiaba el salón.
Ese mismo talento —la misma perspicacia iletrada— fue lo que lo llevó a detectar mi nombre en la lista de agradecimientos del libro de nuestra amiga.
(Ahora o nunca, dos palabras sobre los agradecimientos en los libros.
Nunca los soporté. No hay página de agradecimientos en mis Stoppio, y eso que tenía escritas dos: una formal, un dechado de sensatez altruista, otra franca, espontánea, que descarté también pero no sin dolor y reclutaba a una serie de actores de reparto —mozos, floristas, ascensoristas, osteópatas, peones de mudanza, incluso uno o dos informantes que enmascaré con un par de alias ingeniosos— no directamente ligados al libro pero bastante indispensables en determinados momentos de mi vida personal.
Me incomoda tanta gratitud; me provoca la misma irritación que esos bultos mal puestos o demasiado grandes que nos bloquean el paso cuando estamos apurados o nos impiden acceder a un dormitorio anhelado.
Supongamos que el autor servil los inserte al principio.
Yo quiero leer, quiero entrar al libro ya.
¿Por qué perder tiempo en esa antesala sin gusto, mal amueblada, llena de nombres propios, ofrendas, señales de un reconocimiento demasiado ostentoso para ser fruto de la abnegación?
Supongamos que nos los topemos al final.
Ya terminé, ahora quiero salir, irme del libro.
¿Qué hacen todas estas pruebas de genuflexión interponiéndose en mi camino?
Básicamente nunca les creo. Pienso que mienten —en el peor, el más común de los casos— o que no saben lo que dicen —en el mejor—, y si dicen lo que dicen es para saciar alguna necesidad informulada, y por eso non sancta , no para honrar a los acreedores “sin los cuales nada de esto hubiera sido posible”, ni para confesar que de ellos “procede lo mejor de este libro”, mientras que “todos los errores son míos”, etc.
Prefiero cien veces la verdad del sátrapa que saquea por lo bajo, que usa y abusa en silencio, a la del escritor que se prosterna ante los editores, dactilógrafas, agentes, fundaciones, abogados, esposas, niños y mascotas pacientes que le permitieron escribir el bofe que escribió.
En el primero hay un don verdadero, verdaderamente costoso; en el segundo sólo presunción, el espectáculo de un reconocimiento inspirado por el temor —la represalia del acreedor defraudado— o la jactancia —“debo todo lo que tengo”—, no por una gratitud genuina.
Por lo demás, nunca sabemos qué le debemos a quién, ni cuándo fue que contrajimos la deuda, ni mucho menos cómo podríamos pagarla, ni por supuesto en qué plazo, con qué, en qué moneda).
Pero ahí estaba yo; ahí estoy, de hecho, dondequiera que haya ido a parar mi ejemplar del libro, entre Ottabiano y Viajes Carboné, escoltas imprevistos que no habrá manera aquí de atribuir al orden alfabético, como hacen muchos autores para disculpar la butaca detrás de la columna o el incómodo, crujiente estrapontín que les tocó a sus acreedores en el teatro de su libro.
Supongo que descubrirme en la lista me paralizó.
Sólo después de unos minutos me acordé del corrector de estilo que me habían presentado la noche anterior, tan indiscreto y agradable, y entendí el servicio valioso que podía prestar una agencia de remises al trajín de una investigación biográfica, sobre todo cuando la investigadora a cargo tenía diferencias importantes con la caja de cambios y la costumbre de manejar sin haber cerrado las puertas del coche.
En cuanto a los hermanos Carboné, no los conozco en persona, pero yo también tengo algo que agradecerles.
Si ese día, en cama los dos por una fiebre súbita y doble —consecuencia, me enteré después, de libar ambos la misma flor—, no hubieran cancelado el viaje de nuestra amiga a las Colinas del Tiempo, yo no habría pasado con ella la media hora de zozobra y revelación que pasé, y quizás hoy ese capítulo de mi vida no tendría el aire inofensivo y folclórico que tiene para mí, cerrado como está para siempre, igual que su libro premiado.
De modo que el pacto del coche —unos litros de embriagadora nafta nacional por la sobria, ecuánime gratitud— se había cumplido.
Estábamos a mano. Era un cierre limpio, prolijo.
Es cierto que yo había puesto dinero de más, no sé si por vanidad, para sentir algo de lo que debieron sentir los mercaderes de esclavos en la época disoluta que Baldó reverenciaba o porque me gustó ver cómo los billetes se apilaban en la palma de su mano, simplemente.
Pero ella parecía haberlo previsto todo, consciente, tal vez, del daño que cualquier cabo suelto podía infligirle a la paridad de nuestro acuerdo.
Así al menos interpreté el hecho de que incluyera en la mención la inicial de mi segundo nombre, que nunca usé ni creí que nadie conociera (y que me negué a confesarle a Soria, pese a lo mucho y lo bien que insistió).
No tengo nada contra esa letra. Al contrario: me atrae su ondulación, ese aire viperino que fue sin duda lo que llamó también la atención de nuestra amiga; y no tendría problemas en reivindicarla si el nombre que encabeza, tan vulgar, no neutralizara tristemente ese atractivo.
Mi paciente, saludable, intenso enfermero.
Aprendiz, en realidad, porque estaba a sólo una materia de recibirse y parece que la despechada titular de Parasitología no pensaba hacérselo fácil.
Fue él, una vez más, el que vio lo que yo no veía; él notó la inicial, la pestaña en el ojo del libro.
Me la señaló con un dedo, el dedo coronado por la uña partida en dos, muerta, negra, que yo no podía dejar de mirar y cuya historia él se negaba a contarme.
Apuntó a la letra, que bailaba su danza descarada, y su voz ronca de falso tabaquista me preguntó qué era eso.
Contesté que se lo diría si él me contaba la historia de su uña.
Ahí quedó el asunto. Sigo esperando que se lleve sus cosas, en especial la caja de guantes de látex sin usar, que me traen recuerdos encontrados, y los zuecos de plástico blanco que lo obligaban a arrastrar los pies.