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Sé que nuestra amiga ganó, y la felicito y quise felicitarla entonces por eso, pero toda clase de fastidiosos obstáculos se interponían.
Localizarla no era un problema. Había elegido, no sé si bien o mal aconsejada, un vestido a cuadros rojos alegre, aniñado, tan poco nocturno como un mantel de trattoria , que no pasaba inadvertido.
Pero estaba siempre demasiado lejos o en algún entrepiso de difícil acceso, o bien hablaba con alguien a pocos pasos de mí, a tal punto que podía leerle esos labios preciosos que tenía, pero entonces yo era incapaz de librarme del pánfilo de turno que me quemaba la cabeza, y cuando lo lograba, después de pretextar no sé qué colapso inminente, no muy alejado de los que me había augurado la doctora si no seguía sus instrucciones, por supuesto ya era tarde, se había ido, y ya no quedaban de ella sino las rayas, las cruces, los rombos rojos de su vestido flotando como hologramas entre la multitud.
Y además estaba el cordón de aduladores que la rodeaba, que había que atravesar a los gritos para llegar hasta ella.
Y ni siquiera así, porque el estrépito se lo tragaba todo, y otra vez me dolían los pies, y Duncan y Taube habían aprovechado para huir y yo, a punto de desmayarme, ni siquiera había conseguido lo que había ido a buscar: un libro.
Era peor, el mismo sueño de antes pero peor, más despiadado, porque miré a mi alrededor y de pronto me pareció que todos tenían un ejemplar del libro ganador, el libro de nuestra amiga, que hojeaban, hacían de cuenta que leían, blandían con vehemencia en el fragor de la charla o simplemente llevaban en la mano —todos menos yo.
Nada despierta tanto como una inyección de furor.
No sé si la idiota de prensa tenía la culpa, pero era la candidata ideal para echársela, así que la intercepté, casi me le tiré encima, y mientras luchábamos para no irnos al piso le dije que quería mi ejemplar.
Debo haber puesto una cara especial, no sé si convincente, porque la idiota me miró con cierto espanto y balbuceó sus explicaciones: ya habían repartido todos los ejemplares, se habían quedado cortos al calcular, la demanda los había superado, pero que no me moviera de donde estaba, que ya me conseguiría uno: la Foxá estaba pasada de bliss , la metía en un taxi antes de que llegara la policía y me traía mi ejemplar.
No le creí, por supuesto. La Foxá en bliss no era un asunto policial sino circense y no había taxi con el tamaño para transportarla; no entera, al menos, no en este mundo.
No tengo claro qué pasó después. Entiendo (combino lo que sobrevivió al estado de intoxicación en el que estaba con lo que publicaron en los días subsiguientes sobre el evento) que nuestra amiga subió al escenario varias veces, a recibir su premio ( in memoriam Baldó, cuyo fugaz retrato agradeció desde el más allá pixelado de una pantalla) pero también, más tarde, a compartir los restos de emoción que la emoción había excluido de su discurso original, o los que la iban asaltando a medida que se emborrachaba, y luego, con el vestido un poco desaliñado, a cantar, creo, a cantar a cappella , cosa que resultó que hacía bastante bien, cosa que me habría gustado saber que hacía bastante bien en otras circunstancias, con menos testigos y menos ropa, en el cálido caos de aquel coche suyo, por ejemplo, cuyo tapizado de cuerina italiana, gastado pero todavía fragante, sigue misteriosamente vivo en las yemas de mis dedos.
Todo eso pasaba en alguno de los mundos extraños que existían junto al mío, y el hecho de que no necesariamente pasara en ese orden no hace que pasara menos sino más, más rápidamente, de la manera espasmódica y como entrecortada en que pasan las cosas en las pistas de baile, las tormentas eléctricas y ciertos gabinetes de experimentación sensorial.
Yo, en mi mundo, donde las mismas caras del principio se alargaban en retorcidas placas anamorfósicas y nuestras amigas de cartón atravesaban el salón con gigantesca delicadeza, sin aplastar a nadie, yo buscaba un libro, el libro que tenía más derecho de tener que todos esos imbéciles juntos, y no sé si lo busqué diez minutos o dos horas, si me lo dio un detractor instantáneo, para sacarse un peso de encima, o si lo robé, pero de pronto mi mano llevaba uno, uno real, robusto, que me hacía transpirar, mientras el resto de mí avanzaba dando tumbos entre la gente, guiado, remolcado más bien, por el más permisivo de mis enfermeros, con quien habíamos tenido la precaución de acordar que subiera a buscarme si no me veía salir del pabellón antes de cierta hora.
No sé qué hubiera sido de mí sin ese ángel tatuado.
Fue él, cuando ya estábamos en la ambulancia que había dejado estacionada en doble fila, con la sirena luminosa prendida —detalle que daba al rescate cierto halo de farsesca galantería—, quien, después de ajustarme el cinturón de seguridad (creo que también había dejado prendido el motor), me entregó el ejemplar que había juzgado oportuno llevarse para mí, por las dudas.
El gesto me conmovió. Le agradecí, le dije que no se hubiera molestado.
Al parecer no había sido ninguna molestia: olvidado en la baranda de la escalera, con dos copas, un cenicero lleno y un plato con restos de torta encima, parecía estar esperándonos.
Ahora tenemos dos, le dije, uno para cada uno, y cuando fui a darle el mío —extraño intercambio de rehenes— me sorprendió ver que era otro, una breve historia del terciopelo, el satén, la organza, alguna mariconada por el estilo, de un tal Verpré, autor pensativo y estrábico, según la foto de solapa, cuya cabeza afeitada, pensándolo bien, puede que hubiera visto relucir esa noche loca en el Olloqui.