Malas lenguas 71
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No volví a saber de ella hasta el premio Cannistrà.

Ni de ella ni prácticamente de nadie, la verdad, porque fui entrando en una especie de hibernación tibia, indolora, que sólo interrumpían cada tanto, supervisados por la doctora a la que había tenido la prudencia de confiarme, un par de asistentes con rostros y voces más o menos intercambiables, todos vestidos con el mismo uniforme, camisetas blancas muy ajustadas, pantalones amplios, medio japoneses, también blancos, y esos zuecos de plástico agujereados como coladores, obviamente blancos.

Los días luminosos enceguecían como espejos cuando entraban, y la casa se llenaba de ese olor delicioso que emana de la ropa de cama de algodón lavada con un buen jabón cuando se ha secado al sol de una terraza a cuyos bordes no conviene mucho acercarse, no por ahora, al menos.

En cuanto al premio, tengo recuerdos confusos.

Sé que pese a todo quería ir, y que me las ingenié, mediante expedientes que no pensaba que todavía estuvieran a mi alcance, para conseguir la invitación que por vías oficiales no me había llegado.

Según adujo la idiota de prensa para disculparse, se le habían traspapelado (no sólo la mía, también las de Taube, Duncan y un par de finalistas más, a quienes vi deambular muy cabizbajos esa noche) a un pasante nuevo, muy entusiasta aunque algo sobrepasado, que las había adjuntado por error a la tanda de newsletters con que la editorial solía aplacar la sed de libros de una serie de bibliotecas provinciales.

Pero bien puede que las cosas hayan sido de otra manera.

A la distancia todo se estira y se curva, y si dejo de mirarlo se vuelve sombra, un bosque de sombras que mueven sus copas al unísono y me hablan en un idioma que ya no entiendo.

No recuerdo que la doctora alentara mi decisión de asistir, pero tampoco que la prohibiera.

Ya no nos veíamos, sólo hablábamos por teléfono, y siempre que la conversación se empantanaba en algún tipo de desinteligencia, más por su terquedad que por un desplante mío, algo pasaba en la línea: o se empezaba a escuchar mal, o se cortaba, o —como me dicen que sucedía en un pasado que codiciaré siempre, sin consuelo— se ligaba, es la expresión que se usaba entonces, y de pronto oía a la doctora fuera de sí, conminando a colgar al intruso que se había puesto a galantear conmigo, o una vieja canción salida de una radio eclipsaba el nombre de la droga con que la doctora, siempre a la moda, planeaba reemplazar la que ya no me hacía efecto.

Me acuerdo bien de que tomé las pastillas de la mañana en ración reforzada, previendo la exigencia emocional que me esperaba, y que una vez en el lugar, pese al ruido, la profusión de dorados, los fastos, la manía de alfombrarlo todo —un clásico del pabellón Olloqui—, mantuve la sobriedad con una dieta a base de agua mineral y diversos jugos de fruta que, si bien de bidón, eran preferibles al alcohol que repartía —otro Olloqui típico— una legión de mozos fibrosos, de pómulos afilados y nalgas extraordinariamente firmes y prominentes.

Hasta que en algún momento algo pasó, alguien me pisó, pronunció a mis espaldas una frase que no debí escuchar o me preguntó por alguien cuyo rostro y nombre trataba de mantener lo más lejos de mí posible, lo más vendados y amordazados posible, o quizá fue simplemente que vi a nuestra amiga, que la vi pasar, o brindar, o reírse, o sacudirse unas pelusas del vestido, y entonces intercepté una bandeja que pasaba y descolgué —porque el bailarín que la transportaba era alto, tan alto como la persona cuyo rostro y nombre etc.

etc.— una copa, una sola, del tosco espumante que patrocina el premio, y me la tomé entera de un trago.

Todo se demoraba, como es habitual en esas situaciones, y nada se desfigura tanto en una memoria que ya no es joven como los momentos de espera.

Quizá porque prevemos esa distorsión y porque, sabiendo que no está en nuestras fuerzas impedirla, lo único que se nos ocurre es llevarla al extremo, como si de ese modo pudiéramos sentir que somos responsables de ella, nos entregamos a la vida social: hablamos con cualquiera de cualquier cosa, y bebemos, y cuando queremos darnos cuenta, lo que hemos hablado y bebido ha fermentado en nosotros como un veneno rápido, violento, y una especie de fiebre nos hace arder.

Me llevó dos copas más (y el considerable capital farmacológico acumulado en mi torrente sanguíneo) entrar en ese jovial embotamiento.

Veo un alud de rostros muy maquillados avanzando hacia mí y a mí, que soy sólo eso que mira, avanzando hacia ellos, eludiéndolos con un virtuoso zigzag, como una cápsula espacial a un chaparrón de cascotes marcianos.

Espero no haber desairado a nadie. (En todo caso no llamé al día siguiente para disculparme, como hacía siempre, por las dudas, el borracho de Capponi después de sus memorables black outs ).

La llama de un encendedor, el rebote de la luz en un reloj o un anillo, cualquier fulgor más o menos abrupto me obligaba a cerrar los ojos y apretar los dientes, a veces en medio de un trago, con la peligrosa copa de plástico en la boca, o de una frase, alarde de glosofagia que más de uno habrá confundido con un eructo reprimido.

Hay personas con las que llegué a hablar, supongo, o ante las que acepté demorarme unos minutos, inclinar la cabeza y ofrecerles una oreja, la deferencia de mi sordera, de las que conservo una imagen parcial, una corbata colgando de una papada, unos labios que brillan, dos dedos en tijera con un cigarrillo en el medio, la mitad de unos lentes oscuros.

Un señor muy amable, médico, al parecer, y amigo, cliente o proveedor de nuestra amiga, intentó convencerme de que un infarto como el que había pulverizado el corazón de hierro de Baldó sólo podía deberse a un shock de estrés extremo —fue el tecnicismo aliterado que usó, creo—, rupturas amorosas, bancarrotas, algún chantaje especialmente cruel, pero yo no conseguía sacar los ojos de la mancha creo que de aceite que me saludaba desde su camisa, entre dos botones.

De otras me queda un perfume, un timbre de voz, la insistencia con que una mano enjoyada se posaba y luego oprimía un poco mi antebrazo, como si su dueño no estuviera recibiendo de mí lo que esperaba.

El pobre Taube, tal vez, que quería que le firmara algo denunciando la venalidad de un premio cuyo ganador se conocía de antemano.

Pero traté de leer el brulote y las frases bailaban, y cuando me puso la lapicera entre los dedos —una de esas biromes que se compran en los kioscos, enemigas primordiales de toda motricidad fina, en especial la caligráfica— no supe qué hacer, cómo agarrarla, y terminé dejándola caer dentro de una copa que pasaba.

Por momentos no había nada que temer; el rumor de voces y trajes que me rodeaba operaba como un colchón, una especie de anestesia.

Pero bastaba un contratiempo menor, un simple imprevisto, para que unas púas feas atravesaran el capitoné y me buscaran con vengativo afán.

Cada tanto me tocaba darle la mano a alguien torvo o apenas reservado y una descarga de estática (las alfombras, las alfombras.

.). desnudaba toda la precariedad de mi escudo defensivo.

¿Qué podía hacer sino beber, sino seguir bebiendo?

El espumante se había acabado; una mezcla espesa de sidra sin gas con néctar de ananá o de ruibarbo viajaba ahora inmóvil en el fondo de las copas, que los invitados rasqueteaban con las cucharas de la torta.

Entre risas que traía de otra conversación, con espectros mucho más despiertos que yo, un viejo amigo muy achispado me cubrió con su capa, me arrastró al hueco de una escalera y metió una mano fría y ansiosa entre mi ropa, como si buscara algo que había perdido, hasta que, desilusionado, me insultó en una lengua ignota pero muy expresiva, que mi amigo nunca habría hablado, ni siquiera de haberla conocido.

No pasaba nada; pasaban una vez, y desaparecían, cosas que hubiera querido que duraran, mientras que otras tendían a repetirse como un mal sueño.

Varias veces me emboscó la misma mujer con la misma proposición: llevarme —con el oscuro pretexto de un coloquio, un par de eminencias olvidadas y pensión completa— a cierto refugio de montaña.

Otra, que temí que fuera la misma, me abordó invocando mi libro sobre las Stoppio y apenas vio que no me escapaba bajó la voz y me comentó ciertos pasajes muy específicos en tono confidencial, como haciéndome saber que había descifrado el mensaje satánico y estaba lista para entrar en el delicioso averno que yo reservaba para las criptógrafas despiertas como ella.

No retuve sus nombres. Sí, en cambio, el de Ottabiano, un muchacho especial, de una locuacidad indiscriminada, que la idiota de prensa me presentó como a un gran corrector de estilo, el más implacable que hubiera trabajado en la editorial.

Bastó que la chica se fuera para que su protegido le devolviera las flores, confiándome algunas de sus inexplicables propensiones privadas.

Parecía muy bien informado, además de escrupuloso.

Estaba con él, enterándome del mucho trabajo que le había dado el libro ganador, cuando las luces se atenuaron y unos trajes oscuros subieron al escenario, mientras un fragor de circo estallaba por los altavoces del salón.

De aquí en más, los hechos se ponen un poco estroboscópicos.