Malas lenguas 70 #2
89%

70 #2

La libretita era suya; la había comprado de apuro unas semanas atrás, para cambiar un billete grande que no le aceptaban en la farmacia.

Y no, Bernal no estaba con ella. De hecho no lo había visto desde la velada Pochet-Herdosia, en la biblioteca, y ese día apenas se habían saludado.

Le creí. Tiendo a creer en todo lo que me dicen cuando me lo dicen de muy cerca, y supongo también que porque me alivió, y me alivió tanto que ni siquiera atiné a pensar en el oscuro racimo de posibilidades que se abrían ahora que la única que me atormentaba quedaba descartada.

Me preguntó si tenía coche y enseguida, como si la avergonzara no haberlo tenido presente, ella misma se contestó: Ah, no, cierto que no manejás, aunque yo no recordaba que hubiéramos tocado el tema.

Tal vez Bernal, en cambio... Desparramar pavadas sobre otros como si fueran secretos de Estado era un deporte muy de él, que él, además, como todos los deportes, detestaba pero podía practicar sin darse cuenta, como quien respira, aunque no con los mejores resultados.

Me ofreció llevarme. Por supuesto, acepté.

Por supuesto, manejaba mal, una flaqueza a la que soy especialmente sensible, quizá porque nunca la padeceré.

Aceleraba y desaceleraba sin razón, obedeciendo quién sabe a qué misteriosos impulsos de osadía y arrepentimiento.

El cuentakilómetros no funcionaba; una luz muy fija lanzaba su rojo presagio desde una esquina del tablero.

Andaba en una misma marcha más de la cuenta, y sólo pasaba a la siguiente cuando el motor llegaba a una especie de cima agónica, y ya en la marcha nueva, como si se asustara, tarde, de la torpeza que acababa de cometer, reducía la velocidad demasiado, más de lo que toleraba la marcha, de modo que el coche tironeaba y se resistía como un chico arrastrado hacia algún ominoso calvario, cosa que ella aprovechaba para hablar pestes de su mecánico, un profesional intachable que había heredado de su padre pero que, postrado por una enfermedad superflua, había cometido el error de dejar algunos de sus clientes en manos del incompetente de su hijo menor.

Y todo esto sucedía en el carril izquierdo de la autopista, el de máxima velocidad, mientras bólidos enormes como tanques nos pasaban por la derecha regándonos de insultos.

Ella —talento envidiable— no se daba por aludida.

Registraba los percances pero a destiempo, cuando ya habían sucedido y no estaba en ella resolverlos, o se los atribuía a algún otro inepto que intentaba localizar en las inmediaciones, apoyando su pecho suave sobre el volante y mirando a todas partes, y nunca encontraba, y del que se burlaba con exquisita crueldad.

Hablamos de ella, de mí, de bueyes perdidos, mientras dos frascos de pastillas vacíos rodaban alrededor de mis pies y una música sonaba muy bajito, como amordazada por la radio, donde probablemente llevara semanas sonando.

Hacía retruécanos soeces con los nombres de las localidades por las que pasábamos.

Me dijo que no estaba segura de seguir amándolo, pero que extrañaba a Bernal.

Eso la llenaba de odio. Eso y seguir tropezándose con cosas de él en la casa nueva, biromes secas, pelotas para relajarse, llaveros, cubos de rubik en miniatura, toda clase de porquerías que se traía quién sabe de dónde y de las que ella creía haberse despedido para siempre al mudarse.

Omitiendo ciertos detalles privados, que intuiría de todos modos, supongo, le conté un poco nuestros últimos días, con la esperanza de que si uníamos fuerzas daríamos con la respuesta que se nos escapaba.

Pareció asombrarse al oír la nómina de informantes que yo había movilizado en su búsqueda, así que agregué un par más que no habían sido de la partida.

Algunos nombres —Salumé, Arzola— la hicieron sonreír, arquear las cejas, señales de un pudor que quiso disimular o explicar con el relato de ciertas intimidades que en principio no la involucraban pero parecía conocer muy bien, y en el que los nombres de los demás participantes eran reemplazados por un chasquido cada vez que le tocaba pronunciarlos, un equivalente no del todo logrado de los puntos suspensivos, que entiendo eran su bête noire en el rubro puntuación.

Nombre que eludía (chasquido), nombre que yo me apuraba a reponer, ribeteado de cómicas truculencias.

Una cosa llevó a la otra, como pasa siempre que hay disposición y tiempo para la malicia, y de mi galaxia de sabuesos pasamos al universo Baldó, tanto más pintoresco.

Volteado, el Venadito, la Mundial, la Perra Collie.

.. Yo sacaba motes de la galera y ella reía, reía, y el fogonazo del sol, que había vuelto a salir, pegaba en el retrovisor de su lado y le encendía la mitad de la cara.

Pronto, agotados los informantes, pasamos a los secretarios, los choferes, los mecanógrafos, los conscriptos, los masajistas, los mozos, los jardineros; hicimos una pausa corta para desollar a los dos que se turnaban para mantener a raya el yuyerío de Hurlingham, uno más inútil que el otro, ahora desempleados, aunque nuestra amiga dijo que se postulaban para celadores en el colegio católico que había comprado la quinta.

Algo pasó cuando mencioné a Murzi, por supuesto que para defenestrarlo, porque se había borrado del mapa cuando más lo necesitaba.

Me pidió que se lo describiera, cosa que hice con la mayor imparcialidad, aunque le costó creer que no estuviera exagerando.

Pensó un poco. ¿No podía haber visto a una criatura parecida vagando por la biblioteca?

No tuve más remedio que confesar. Le gustó, la estimuló un poco, creo, enterarse de que ya entonces me rondaba el presentimiento de que estuvieran viéndose, en especial por lo lejos de cualquier apetencia sensual que la mantenía el falifenol, la única droga del paquete de la clínica Facco a la que seguía fiel.

Fue ahí cuando comentó la inquietud, el escozor que le producía cierto exceso de recato que imperaba en los cementerios, sobre todo los privados, que obligaban a sus empleados a caminar muy erguidos, a vestirse al estilo mormón, con trajes mal cortados y uno o dos talles más chicos, a hablar en voz baja y evitar las miradas frontales, a cultivar esa torva, amenazante timidez.

Pasamos revista al personal que nos había tocado esa mañana.

Ella quiso incluir al cura. Le expliqué por qué no y lo entendió, pero lo incluyó igual.

Chequeamos al chico del estacionamiento (que ya habíamos plebiscitado al irnos, a la hora de decidir qué propina darle), al alfeñique de relaciones públicas, eyaculador precoz cantado, a los dos de administración, que se miraban entre sí antes de contestar cualquier pregunta, a los sepultureros, que nunca defraudan, y hasta al jardinero, aunque quedaba tan fuera del espectro como el cura, deteniéndonos en puntos cruciales como unas mangas demasiado cortas, un botón que falta, la tela gastada de los codos, los cordones de los zapatos desatados, hilachas de un medio pelo para el que descubríamos que teníamos un olfato y una aversión muy parecidas.

Y por un momento, justo cuando el coche pasaba arrastrándose bajo el cartel que anunciaba un kilómetro y medio para Villa Poblete —me acuerdo por la rima obvia que le inspiró la localidad—, nos vi más jóvenes, nos oí más bien entregarnos al arrullo de las afinidades fútiles y hablar hasta por los codos, igual que aquella mañana en mi cama, cuando nacía un libro y Bernal no había entrado en mi vida y nadie había desaparecido ni muerto todavía.

Le costaba reconocerlo, pero se sentía aliviada.

Todo había sido muy abrupto; primero la venta de Hurlingham, después el infarto.

Hasta la vida más aburrida tenía sus sorpresas.

Apenas si había atinado a meter dos médicos que conocía para que confirmaran la causa de la muerte de Baldó.

Desde entonces no había escrito una línea, pero una presión antigua, invisible y constante a la vez, como un gorro que abriga pero aprieta demasiado, la había dejado ir por fin.

Ahora entendía por qué los biógrafos con alguna experiencia huían de los biografiados vivos como de la peste.

Era como si tuviera tiempo por primera vez.

Sentía la euforia del horizonte despejado, esa especie de amanecer del mundo que Tramezzani dice que asalta a los que terminan de escribir un libro largo y costoso, lleno de arenas movedizas.

¿Qué haría con todas esas horas que se abrían ante ella?

¡Escribir!, grité, y a modo de remate mis manos ejecutaron un redoble en el tablero que desprendió una pequeña nube de polvo.

Pero mal o bien ya habíamos hecho unos cuantos kilómetros, y no me pareció mala idea invertir diez minutos en complacer al punto de roja cólera que seguía amenazándonos desde el panel.

Nuestra amiga golpeó el volante con la almohadilla de la mano, que vi que viraba a un rosado intenso y luego al violeta.

Había olvidado lo susceptibles que eran sus vasos capilares.

Después del amor, aquella mañana, se le había puesto roja la punta de la nariz y una especie de rubor dulce, hecho de tenues raíces venosas, como el que producen las mañanas muy soleadas y frías en la piel del viajero que no ha dormido, cubría sus mejillas.

Está bien, dijo de malhumor, como cediendo ante una extorsión, pero tendría que pagar yo, porque con el apuro de la mañana se había dejado la cartera en casa, y con la cartera la billetera, y ahora que lo pensaba también los documentos y el registro, así que —y acá pegó un volantazo hacia la derecha, en dirección a la salida que acababa de brotarle a la autopista, con el natural beneplácito de los coches que rodaban junto a nosotros— haríamos muy bien en no desafiar a la ley en los próximos diez minutos.

Si lo decía por mí atrasaba: hacía rato que los uniformes no me llamaban.

Pagaría la nafta, por supuesto, pero ¿qué me daría ella a cambio?

La vi sonreír, mirarme con una incredulidad traviesa, dañina, y creo que fue entonces, ya en tierra firme, lejos del infierno de la autopista, cuando aceleró y siguió derecho, ignorando el desvío y el túnel que nos llevaban a la estación de servicio.

Tardamos un cuarto de hora largo en retomar el camino correcto, que apareció, con ella encantada y yo al borde del desaliento, después de atravesar a paso de hombre un laberinto de puestos de venta de camisetas deportivas, cuyos colores y escudos no parecían tener secretos para ella.

La noche del túnel la hicimos en silencio.

Fueron segundos, y veíamos a lo lejos el redondel de luz del final, pero volvimos al terror de no saber qué puede pasar, terror exquisito, de infancia, que nunca sucede dos veces.

Hasta que nuestra amiga paró el coche junto al surtidor (creo que aplastando el mango de un limpiavidrios caído), tiró del freno de mano y me tendió una mano abierta, imperativa, en cuya palma empezaba a borrarse un número de teléfono y yo puse los billetes necesarios, calculé, para volver a la ciudad sin contratiempos.

Dijo que me incluiría en la lista de agradecimientos del libro.

Me sorprendió, no lo voy a negar, pero no tanto como el hecho de que me lo hubiera prometido con los ojos clavados en la plata, como si fuera la suma, no su deseo personal, no su ilusión, la que le dictara la contraprestación a la que yo tenía derecho de aspirar.

Se me ocurrió ponerla a prueba y agregar más billetes.

Lo hice: los puse de a uno hasta duplicar la suma.

(Hay una escena así, si no me equivoco, pero mucho mejor escrita, en la primera novela de Orsini, la de la mujer enferma que deambula por la ciudad convertida en un gigantesco lupanar, tratando de vender los últimos secretos que le quedan).

Cuando la pila creció lo suficiente, nuestra amiga, sin sacarle los ojos de encima, recordó cierto hotel o parador cercano del que le habían hablado mucho, el Royale Cacadú, legendario por su diseño —una caracola de mar acostada—, la versatilidad juvenil de su personal y sus excéntricas amenities , en cuya suite Ceilán podríamos continuar con nuestra conversación y quizá, quién sabe, ¿llevarla a un plano superior?

Le dije que me interesaba, aun con lo risible del nombre y la evidencia (esto lo pensé, no lo dije) de que la digresión se pagaría también de mi bolsillo, pero que me dejara pensarlo.

Mueca de decepción (mientras su puño se tragaba los billetes).

Le pedí que me diera dos minutos, tiempo suficiente para cambiar el agua de las aceitunas —expresión que siempre adoré y raramente uso— y contestarle.

Qué cosa incorregible los baños de las estaciones de servicio.

Entiendo su uso recreativo, al que alguna vez también sucumbí.

En algún rincón de su libro, nuestra amiga —que ahora rumia qué hacer sentada en el coche, mientras los brazos de luchador del playero hacen círculos sobre el parabrisas— cuenta que fue en una de estas fétidas letrinas del cordón industrial, para colmo de noche, donde Baldó desculó un pasaje de la traducción de Publio Estacio que lo tenía a maltraer.

Pero ¿usarlos para mear? ¿Usarlos para ganar tiempo, como yo, insensatamente, pretendía hacer?

¿Usarlos para pensar? Es cierto que para llegar a los baños había que dar toda la vuelta a la estación.

Nuestra amiga no podía verme; no podía saber si hacía lo que había dicho que haría.

Podría haberme quedado afuera, dando vueltas por el patio trasero, con la compañía desanimada de tres grandes tachos de chapa medio calcinados, un lavarropas sin tapa y un perro bastante majestuoso que yacía tumbado de lado en el pavimento, probablemente muerto, porque ni siquiera levantó la cabeza cuando la piedrita que pateé sin pensar, acto reflejo del modo meditabundo, le pegó en un anca, o como se llame esa parte en los perros.

Pero sucede que no sé mentir, de modo que cuando miento tengo que hacer exactamente lo que mentí que haría, sin saltarme un solo paso, porque sólo la ejecución escrupulosa, exhaustiva, del plan anunciado le dará a mi mentira la verosimilitud necesaria para ser creída, y sólo así mi mentira será eficaz y me saldré con la mía (si pudiera saber cuál es la mía).

Así que arremetí contra la puerta, que se me resistió, y por poco piso el condón tirado entre charcos oscuros, que también evité, y habría meado si hubiera habido dónde, si después de empujar una puerta con un codo y luego otra no hubiera comprobado que no estaba en el baño, por mucho que el olor y las paredes dibujadas me lo hicieran creer, sino en una especie de cuartucho de máquinas donde algo no del todo amistoso hervía en unos tanques panzones y unas zapatillas blancas marcaban las diez y diez al pie de un racimo de caños que se hundían en la tierra.

Sirvió igual, aunque no fuera el baño. Dejé pasar los minutos estipulados por mi farsa y salí.

La buena noticia fue que el perro esta vez reaccionó, sobresaltado por el chirrido de la puerta.

La mala, que cuando volví a la zona de surtidores el coche de nuestra amiga, como en un cuento de hadas de suburbios, se había transformado en una camioneta vieja, con la caja hasta reventar de muebles viejos atados con correas.

Se había ido. Se estaba yendo en ese mismo momento, porque vi al playero contando dinero —dinero mío— y me bastó seguir la dirección burlona de sus ojos para reconocer el coche que, saciado y todo, tironeaba de nuevo, esquivaba por muy poco a dos motonetas quietas que charlaban a un costado y salía de la playa rumbo a la autopista, con la puerta del acompañante sin cerrar.