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Un rato más tarde vi volver al grupo en bloque, lento pero con algunas señales de reanimación.
Una anécdota languidecía, se comparaban modelos, tacos, precios de zapatos, alguien desestimaba la tapa escandalosa de un diario.
Martinengo, algo retrasado por la gravedad de su papel de deudo central, y porque sonarse la nariz le llevaba su tiempo, promocionaba el menú de una parrilla de la zona que decía haber conocido gracias a Baldó, gran admirador de sus achuras y, como afirma nuestra amiga más de una vez, vegetariano de la primera hora.
Pero los zapatos eran feos, la parrilla había cerrado por oscuros motivos de higiene y nuestra amiga no venía en el grupo.
¿Era posible que...? Localicé a lo lejos el punto donde habían inhumado a Baldó, luego la playa de estacionamiento y triangulé.
Calculé distancias, tiempos; los calculé incluso suponiendo que hubiera preferido un atajo en línea recta antes que las curvas del camino oficial.
Los números daban. Pero ¿en qué momento.
..? No sé si hubiera soportado otra decepción.
Saludé de lejos, desde el bastión de mi columna (no creo que nadie me reconociera y no me importó) y enfilé sin perder tiempo hacia el ala donde estaban las oficinas.
Conociéndome —ni el sentido común ni la orientación fueron nunca mis fuertes, mucho menos en momentos de desesperación—, podría haberme lanzado a buscarla en aquella oceánica extensión de verdor fraudulento, a tal punto la situación era crítica.
Pero recordé, quizá por mímesis profesional, las necesidades minúsculas que urgen al biógrafo cuando el objeto de sus afanes, en este caso de manera inesperada, deja de ser un ser viviente, capaz de confirmar sus hipótesis pero también de refutarlas, o de serles olímpicamente indiferente, para ser un pedazo de materia muerta envasada, es decir: esa densidad inerte que toda biografía que se precie debe darse la misión de devolver a la vida, aun al precio de mentir sin descaro, y me pareció que era ahí adonde habría acudido a satisfacerlas.
Nimiedades suculentas como cuánto había costado la parcela y quién la pagaba, por ejemplo, que entiendo que recabó pero no incluyó en el capítulo ni en nuestra conversación, y qué otras celebridades integraban el catálogo de huéspedes del cementerio (de las que menciona sólo a dos, un nadador olímpico y una cantante lírica de origen croata).
Ahí estaba. La sorprendí saliendo de una oficina, absorta, con el ceño muy fruncido y el capuchón de la lapicera entre los labios, en algo que terminaba de escribir en su libretita, mientras retrasaba un poco un pie para evitar que la puerta se cerrara de golpe.
Me impresionó la deferencia, que el gerente del cementerio seguramente no merecía, pero más su capacidad, ostentosa aunque encantadora, para hacer dos cosas tan distintas al mismo tiempo.
Hasta que alzó los ojos y los clavó en mí, y así los mantuvo los dos segundos que duró para mí esa eternidad, sin pestañear y sin mirarme, usando mis ojos y mi cara a modo de descanso, de manera de capturar eso que estaba a punto de escapársele, y tan pronto lo tuvo en su poder volvió a la libreta, donde lo anotó con esa letrita de niña aplicada que tenía, y en una maniobra rápida, sorprendentemente coordinada, como de carterista brillante, el capuchón volvió a la lapicera, la lapicera desapareció entre las páginas de la libreta y todo fue a parar a la pequeña cartera que le colgaba de un hombro.
Ya pasó todo, dijo, forcejeando con el cierre.
No se perdieron nada. Luego alzó los ojos otra vez y miró atrás de mí, a mi alrededor, más allá, y con aire decepcionado preguntó: ¿Y Bernal? ¿Dónde está Bernal?