Malas lenguas 68
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Estamos cerca del final. Nuestra amiga, como de costumbre, capta bien la situación, condensándola en unas cuantas coordenadas elegidas con cuidado.

El élan poético del nombre del cementerio (“Colinas del Tiempo”), apenas contrariado por la botella de vodka vacía que alguien dejó, envuelta en una bolsa de supermercado, en el hueco de la última O de yeso de la entrada; el cielo, el cielo de esa mañana desolada, que brilla y luego se nubla y termina encapotándose; la música funcional (órgano desafinado, altavoces precarios); dos puntas de zapatillas que asoman bajo la sotana, blancas, con una sombra de polvo de ladrillo a los costados; el mar de pasto suavemente ondulado por el que cruza cada tanto un carrito eléctrico increíblemente discreto.

.. La escena transcurre entre susurros. El grupo, de por sí no muy numeroso, tiende a disgregarse, se dispersa en pequeños racimos dubitativos, como sucede a menudo en esa amplitud ostentosa de los cementerios privados.

A pesar de la profusión de citas (Calcidio, el abad Benozzi, Lamberto de Ardres, San Ataniano, Platón de Tívoli, nombres que desconocía hasta que los leí en el libro de nuestra amiga), el elogio fúnebre es íntimo y conmovedor, casi tanto como los sollozos de Martinengo, único miembro presente de la casta de sobrinos, y la juventud del cura, un chico de provincias que hizo de ángel de Baldó en un retiro de calistenia y lectura silenciosa en San Luis.

Coronas: de la biblioteca, del Rotary, del club de remo, del municipio de Hurlingham, de la dirección de archivos.

La más grande y aparatosa —crisantemos amarillos— es del ministro Suzanni, ausente por razones de fuerza mayor (comillas de la autora que omití: extirparía esas pestañas inmundas de todos los teclados del planeta), que también envía condolencias por escrito y al funcionario de segunda con la misión de leerlas.

Hasta que de pronto el tiempo apremia, la hora del próximo servicio se acerca (un tal Calcáneo, médico o abogado), y el cortejo sale tras el féretro a paso lento, por un camino de piedra que serpentea entre árboles enanos.

Hay algún titubeo en las cabezas de la caravana: una duda sobre el número de parcela, quizás, o la dirección que hay que seguir para encontrarla.

Caen las primeras gotas, pero será una falsa alarma.

No hay rastros de mí en la escena. La omisión, y esto que escribo, naturalmente, y todo lo que me pasó y vi esa mañana que nuestra amiga no consigna en su libro —el altercado entre coches en el estacionamiento del cementerio, el perro que rondaba entre la gente cabizbajo, como buscando algo que se le hubiera caído, los dispensers de agua fuera de servicio, el dobladillo descosido del pantalón del enviado del ministro— quizá sean la mejor prueba de que estuve.

La verdad, si es que tiene alguna importancia, es que preferí quedarme un poco al margen, no hacerme notar.

Después de todo, yo nunca había formado parte del círculo íntimo de Baldó; mezclarme con el grupo me hubiera exigido sobreactuar o fingir, dos reflejos a los que habría cedido con gusto en otras circunstancias, con más y mejores horas de sueño y un corazón menos apaleado y ansioso que el que tenía esa mañana.

Había ido para ver, no para que me vieran.

Opté en todo caso por que me vieran de lejos, a través de velos, anteojos oscuros, ojos hinchados, como se ven o se recuerdan esas caras extrañas que nos obligan a preguntarnos de dónde las conocemos, por qué no se acercan a saludarnos, cómo es que se mantienen tan jóvenes, que fue en rigor —ironía obliga— lo que me pregunté cuando haciendo tiempo, porque había llegado demasiado temprano, bordeaba un cantero de hortensias, si las hortensias son como gorras de baño antiguas brotadas de pequeños cuernos carnosos muy codiciados por insectos zumbones que supongo serían avispas, y me distrajo el sonido de una puerta de coche que se cerraba, y me di vuelta y ahí estaba.

No él, no, no Bernal, que era lo primero y lo único que hubiera querido ver, sino nuestra amiga.

La vi no completa, no de cuerpo entero, sólo su cara, primero de frente, ofreciéndose a la luz como si emergiera de un largo, lóbrego cautiverio, enseguida de perfil, con una mueca contrariada en los labios, porque la llave con la que trataba de cerrar el coche no entraba o no giraba o simplemente era otra, la del tanque de nafta, la del baúl.

Qué hermosa estaba en su papel de biógrafa viuda.

Por alguna extraña razón me tomó de sorpresa.

Retrocedí, un zapato se me quedó atorado en el barro, me escondí.

Detrás de la misma columna que me amparó seguí sin moverme toda la ceremonia, salvo cuando el regador giratorio reanudaba su acoso periódico sobre las hortensias y amenazaba con mojarme.

Ella, como si fuera yo pero en el mundo, en el borde del mundo donde escribía las últimas páginas de su libro, la siguió desde la punta de la última fila de bancos de la capilla, la espalda muy recta, con ese envaramiento un poco monjil que cultivaba tan bien, tan oportuno para la situación.

Se había recogido el pelo, pero un mechón le colgaba suelto a lo largo de la nuca y temblaba con cada respiración.

Varias veces, como si algo muy leve y muy insistente la rozara, el vuelo de un insecto, un soplido, dos ojos porfiados como los míos, se exploró la zona con los dedos y yo, desde mi escondrijo, palpité el momento de terror y de gloria en que se daría vuelta buscando al culpable y se toparía conmigo.

Pero la ceremonia terminó, Martinengo estalló en un aplauso fuera de lugar y el joven cura con ínfulas de tenista invitó a la concurrencia a acompañar al prócer difunto hasta la morada desde la que, con un poco de suerte, seguiría iluminándonos.

Yo dudé. Fue el único momento en que temí perderme algo.

Vi al grupo salir, deshacerse un poco al aire libre y rearmarse detrás del ataúd, que habían montado sobre un carrito rodante, y por fin alejarse disciplinadamente, al compás del chillido desagradable que hacían las ruedas.

Nuestra amiga cerraba el pelotón. Puede que me equivoque, pero me pareció que tomaba notas en una libreta diminuta de tapas amarillas, muy parecida a una que yo le había regalado a Bernal en la terminal de ómnibus de Garay Norte, poco después de perder el coche cama que debía llevarnos a Comodoro Vinter, adonde nunca llegamos, por suerte.

Así que dejé mi madriguera y salí, y apenas estuve a la intemperie sentí el impacto sordo, casi cómplice, de las gotas de lluvia contra el ala de mi sombrero, que me convencieron de desistir y buscar refugio, esta vez en la capilla.

El cortejo Baldó se alejaba; la familia Calcáneo —viuda madura y contrita, dos hijos varones de aire deportivo, bien entrenados para lidiar con un mundo sin padre— ocupaba su sitio en el altar de la muerte.

Sí, se me había dado por salir con sombrero esa mañana.

Una atención, supongo, o una especie de ofrenda.

Me llevó su tiempo encontrarlo en el desastre que era la casa, un tiempo que por otra parte no tenía, porque ni bien me desperté y abrí los ojos tuve la certeza de que era tarde, de manera que hice todo a las apuradas y los cincuenta minutos que duró el viaje los pasé torturando al pobre remisero, instándolo a que desoyera barreras, cruces peatonales, semáforos en rojo, cuando él lo único que quería era un autógrafo (me había confundido con alguna celebridad que usaba sombrero), que no tuve más remedio que darle, y yo en realidad tenía tiempo de sobra, como me hizo ver él apuntando un dedo bastante sucio al reloj del tablero del coche.

De hecho, llegué antes que todo el mundo.

Falsos impuntuales: un tipo de cronopatía menos raro de lo que parece, bastante común, según la psiquiatra, en espías, personas con insomnio, en proceso de duelo o con astrocitomas avanzados.

Pensé en irme, por supuesto. Probablemente lo habría hecho si los pies no hubieran empezado a dolerme, algo que se les daba por hacer cada vez más temprano, obligándome a tomar asiento en el banco de la capilla, en la punta del último banco, donde se sientan los mal dormidos, los genios, las biógrafas viudas.

Era de madera, estilo reclinatorio, pero tenía respaldo.

Además de aliviarme, la severidad del asiento me reconfortó, probablemente por cómo seguían entibiándolo las nalgas de nuestra amiga, y hasta me alentó a declinar el almohadón que me acercó un esclavo del cementerio, el mismo que un rato antes, instruido por el emisario de Suzanni, había repartido copias del elogio del ministro, una de las cuales se arrugaba en uno de mis bolsillos.

¿Irme? En rigor, si estaba ahí era sólo por Bernal, porque en un rapto de inspiración loca, como cuando un rayo de sol desgarra de golpe el cerco de nubes que lo amordazan y nos ciega, se me había cruzado la idea de que el entierro de Baldó, con toda su solemnidad, su irónica pesadumbre, quizás haría con él lo que yo, por muchos derechos o talentos que tuviera, ya no era capaz de hacer: atraerlo, lograr que apareciera, repatriarlo de la cueva, el sótano, la orgía innoble que lo tenían abducido desde hacía casi una semana.

Pero eran las once y veinte de la mañana y eso no había sucedido. No sucedería.

De modo que me quedaba nuestra amiga. Mi segunda idea, mejor dicho mi consuelo, por segunda vez, era que ella me llevaría hasta él, porque si Bernal no estaba y nuestra amiga sí, era evidente que Bernal estaba con ella y que sólo por ese motivo no estaba aquí, sonriéndome con su enorme boca arruinada en esta cancha de golf para cadáveres, bajo una tormenta que no terminaba de decidirse.

Sé lo mucho que hace agua, si se la pone bajo un paño frío, la lógica del razonamiento.

Lo sé, lo sé y me lo repetí mucho durante mucho tiempo, con la misma insistencia —en cámara lenta, deletreándolo— con que de joven, una semana antes de dar un examen, me recitaba los escabrosos accidentes filológicos que Baldó sostenía que todo estudiante debía grabarse a fuego en la cabeza si aspiraba a ser algo parecido a un sujeto letrado, exhortación que me gustó ver citada, casi con estas mismas palabras, en el libro de nuestra amiga.

Así que el banco era bienvenido no sólo para mis empeines, donde el dolor empezaba a ceder, sino también para esperarla, única carta a la que me quedaba apostar antes de agachar la cabeza y reconocer la derrota.

Me vino bien también para comprobar con calma, y una animosidad que me sorprendió hasta a mí —dado el apego más bien tibio que me unía al último jefe de mi amante evaporado—, cuánto más popular era la ciencia médica que las lenguas clásicas.

La capilla se llenaba de deudos, sobretodos, relojes, chales tejidos de color arena, verde salvia, verde musgo.

El degradé era tan sutil que uno color terracota fulguró entre la gente con la obscenidad de un capote de torero.

Cubría los hombros de una arpía enjoyada como un árbol navideño que en un momento, bruscamente, como si la hubiera escupido, se volvió hacia mí y, sacándose el chambergo ridículo que llevaba, apuntó a mi sombrero con su imperioso, exasperado mentón, y enseguida, dada la impasibilidad con que la miré, con su bastón, cuya punta de caña impactó contra una oportuna cadera ajena.

No le di el gusto y dejé mi sombrero donde estaba, pero lo tomé como una señal, una de las pocas que me había dado aquel día irritante en que tanto las necesitaba, y me levanté con cierta desafiante parsimonia, justo cuando sonaban los golpecitos de prueba en el micrófono, la chica que había ocupado mi lugar en el banco juntaba sus rodillas pálidas y una horda de viejas lágrimas atrasadas golpeaba la puerta de mis ojos.