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Sé que si había alguien que no tenía derecho a formularlas era yo, pero de golpe, en medio de aquel domingo tórrido, ya saciadas mis necesidades más dramáticas, se me venían encima todas las incertidumbres que nunca me habían atormentado estando con él, cuando hubiéramos podido disiparlas juntos, o burlarnos de ellas, o decidir —con la misma displicencia arrogante con que descartábamos vernissages , presentaciones de libros, recitales de poesía, entregas de premios— que ni siquiera valía la pena considerarlas.
Preguntas de amantes longevos, abrigados con viejos pulóveres raídos, envueltos siempre en el mismo nimbo de olores, espasmos, gruñidos, capaces de leer las arrugas del otro como un dendrólogo los anillos de una ceiba, un ébano, cualquier árbol acostumbrado a mentir.
Por ejemplo, ¿quién moriría primero? ¿Bernal?
¿Yo? Yo, por supuesto. Yo empujaría su silla de ruedas, le cortaría la carne en pedacitos, le leería y cambiaría los pañales, pero el primer cuerpo que sacarían con los pies para adelante sería el mío, aun cuando, como hasta ahora, lo haya mantenido relativamente a salvo de la profanación médica.
¿Quién era mejor que muriera primero? Yo otra vez, mil veces yo.
Porque ¿en qué abismo de tedio intolerable y eterno quedaría yo si él se iba antes?
¿No era acaso aquel domingo siniestro el ensayo general de ese horizonte de espanto, con un fantasma esquivo en el papel de Bernal y un alma en pena con olor a sudor y a media de hombre en el mío?
¿Y de quién se enamoraría él una vez que yo fuera cenizas?
¿A quién le permitiría yo entregar su corazón?
Juro que no era por despecho ni por afán de posesión, pero era una pregunta a la que no podía dar una respuesta verdadera.
A menos, claro, que la malinterpretara torpemente, sólo para mantener a raya la amenaza que representaba su sentido genuino.
Había cientos de candidatas competentes para el tonteo, la escaramuza fortuita, el picotazo de una noche, incluso la reclusión de fin de semana en una habitación de residencial de dos estrellas con toallas ásperas, medialunas secas y chifletes de viento colándose por todas partes.
Bastaba con darles un suave empujón a cosas que ya habían pasado, conatos, chispas, y autorizarlas a ir más allá, para convertirlas en la traición que no habían sido.
Candidatas como la chiquita de Roura, por mencionar un caso fresco, si le bajábamos dos tonos al make-up , le borrábamos la sombra de bigote y la bañábamos un poco (aunque es probable que limpia Bernal la hubiera rechazado).
O la Saint-Lô, con sus ex millones, sus botitas Cauchemar y sus fragancias añejas.
O la asistente medio india del único dentista que Bernal, ahora empezábamos a saber por qué, había aceptado ver más de una vez, que le untaba la xilocaína en la encía con la yema de un dedo dúctil y concienzudo.
O la sonidista de la película del Derqui , torta fibrosa, muy observadora, con la que nos topamos en un privado especialmente sucio del Sirocco, que insistía con que Bernal, si quería drogas —y las quería, cómo las quería esa noche—, las buscara él mismo con sus dedos genios en la media docena de bolsillos de sus pantalones cargo.
O cualquiera de las decenas de rameritas de ocasión con las que lo había visto hablar, reír, arreglarse el pelito sin motivo, ruborizarse: jóvenes jefas de prensa, editoras voraces, poetisas, libreras, traductoras, ilustradoras, una que otra enfermera, por no hablar de sus empleadoras maduras, rubro efímero pero rico en opciones.
Si no me costaba imaginarlas, si me divertía incluso pintar el cuadro hasta el último detalle, con los protagonistas en celo y sus ropitas, los decorados de la traición, el guion pueril de las conversaciones preliminares, los susurros, las propuestas procaces, era, supongo, porque no me cabía duda de que eran improbables, y de que ni al Bernal prófugo, ni al canalla ingrato que había vuelto a casa no a llorar sobre mi hombro, pedir perdón, dar explicaciones o embutirse en mí, sino a recuperar su ajuar de miserables posesiones, ni a ninguno de todos los monstruos que era y que yo adoraba por igual, se le habría ocurrido concebirlas y mucho menos protagonizarlas.
Algún impedimento misterioso le vedaba ese tipo de travesuras, de las que sin embargo, cuando involucraban a otros, podía hablar y regodearse interminablemente.
Una vez se pasó una noche entera —quizá más, porque yo me dormí cuando empezaba a clarear y Bernal recién iba por la parte en que el cornudo, en medio del cóctel, con dos copas en las manos, se preguntaba dónde se habría metido su mujer— reconstruyendo la felonía con que una escritora del montón había adornado la frente de su marido, editor de una página cultural pésima pero bastante leída que llevaba tres miércoles seguidos cajoneando una reseña de la nouvelle de su mujer.
Bernal lo recordaba todo: formas de botones, hebillas de cinturón, modelos de ropa interior, colores de esmalte de uñas, excusas; detalles increíbles, de detective o de forense.
Quizás esa especie de fruición morbosa fuera la prueba más cabal de lo ajeno que era a ese teatro de tretas y de trampas.
Salvo que lo acomplejaran su altura, su trato distante con la higiene, la catástrofe que era su boca, y rehuía por eso cualquier tentación que pudiera ponerlas en primer plano.
Cachorro mío. En todo caso, no era algo que pareciera afligirlo.
Quizá nada de todo eso le interesara lo suficiente para afligirlo.
En cuanto a entregar su corazón... Dudo que Bernal se planteara el asunto en términos de generosidad.
Los corazones no se entregan; se roban, se arrancan, se calcinan.
La idea, tampoco tan original, es de Brulotte, pero una vez lo vi a Bernal anotarla en una de esas servilletas que siempre estaba llevándose de los bares y que después, cuando el bulto que le hacían en los bolsillos era grotesco, descargaba en la cama o la mesa de la cocina con un brillo ilusionado en los ojos, como un ladrón el botín de sus excursiones nocturnas, para separar las escritas de las que seguían en blanco y pasarlas en limpio en libretas que no tardaba en perder.
El corazón. Me hacía gracia que le llamara la atención cómo ignoraban la pieza nuestras sofisticadas carnicerías, donde si aparecía aparecía siempre en segundo plano, nadando en sangre en un plato hondo en el piso, entre restos de huesos recién aserrados y grasa, como alimento para gatos decorativos.
Y él, con toda su vanidad de artista del ayuno, ¿no se jactaba acaso de que el único atracón verdadero que se había dado en la vida era de anticucho, en un puestito en Polvos Azules, en Lima, siendo joven, todo él un apetito joven?
Pero ¿cuándo? ¿Joven cuándo? ¿ Más joven?
¿Más joven que la noche en que me besó por primera vez y dejó en mis labios el regalo divino (que entonces no supe apreciar, idiota de mí) de las hebras de tabaco que habían quedado adheridas a los suyos?
Era domingo, tenía tiempo. Se lleva bien con el tiempo el desasosiego.
Así que busqué el corazón de Bernal, de ese Bernal, en el último cajón que me faltaba revisar, el más íntimo, confiando en que las erráticas florescencias del pasado lo habrían preservado, le habrían impedido escapar.
Era más grande de lo que recordaba, el cajón, y mi mano se abría paso a ciegas, atraído por el eco de una pulsación lejana.
.. Habría seguido buscando, tanteando entre ramas, zarzas, larvas, si a media tarde, cuando la transmisión del fútbol empezaba a desalojar a la música de las radios, no me hubiera sobresaltado el berrido del portero eléctrico.
Quedé en un estupor furibundo unos segundos, hasta que un veladorcito con pantalla de vidrio verde —una lámpara de lectura, en realidad, como las que había en la Naldoni, una debilidad de Bernal— se prendió en cierto rincón de mi cabeza, iluminando la página de la agenda que siempre me prometo empezar a llevar y, en la página, el nombre de cierta vieja amistad a la que había dado cita unos días atrás, supongo que en plena crisis de despecho.
La hice subir. La recibí tal como estaba, descortesía flagrante que tuvo el mérito de abreviar ciertos trámites para los que ya no tengo paciencia.
Había olvidado el rango amplio de sus habilidades, en especial su destreza —ímproba pero estimable— para operar con miembros y áreas distintas de manera simultánea.
Como dicen los personajes de Máspoli, que siempre que están sin fuerzas dicen algo lindo, me abandoné, aun cuando los efectos —como suele pasar con los bálsamos destemplados, que reclamamos en pleno furor y nos llegan en pleno desaliento— no fueran gran cosa.
En algún momento vi que se engolosinaba y, desafiado por mi desgano, cediendo a la tentación de incluir más variedad en la variedad, se puso a revisar el baulcito donde sabía, porque los habíamos compartido antes, que yo guardaba algunos trastos útiles.
Lo oí revolver, gruñir, descartar bártulos que no venían al caso y por fin lanzar un par de chillidos de alegría que pensé que se debían a cierto artilugio especial, importado, regalo de una amiga tóxica pero muy à la page en materia de juguetería, que aquella vez había sabido darle un uso muy personal.
Me equivocaba. Sacó la pieza, sí, del montón de baratijas de colores con que volvió a la cama, pero sólo para mostrarme que estaba rota, rajada de cabeza a cabeza (era doble, podía ser cuádruple también si se apretaban un par de botones bien disimulados), y cómo el rojo húmedo de su cavernoso interior asomaba por la rajadura.
No, no era ese capullo estropeado lo que lo había exaltado sino una lámina a todo color, grande y cuadrada, que yo veía por primera vez pero, como ciertas melodías, me sonaba de algún lado.
La imagen, de una belleza extraña, pasada de moda, mostraba una especie de confesionario donde se entrelazaban unos cuerpos (estaban tan trenzados que era difícil contarlos) en paños menores, con, en el fondo, un cortinado color obispo muy parecido al que Baldó había hecho colocar en todas las salas de la Naldoni, incluso las que no estaban abiertas al público.