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Baldó murió a primera hora de la tarde del domingo, mientras sacaba la basura, como creo haber dicho hace años en alguna parte de este interminable lamento.
Tras lanzar una serie de advertencias que fueron desoídas, los grumos de grasa que habían estado flotando en su sangre, alegremente dispersos, optaron por estrechar filas y, encantados con su flamante identidad grupal —un coágulo del tamaño de un grano de pimienta negra—, cortaron el tráfico de la arteria descendente y privaron de alimento vital al ya crispado corazón por unos segundos breves, cruciales.
Baldó no sufrió. (Es lo que dice nuestra amiga, lo que dicen todos en estos casos; habría que ver qué dicen los muertos).
Pero para la pareja de turistas que lo encontró no fue lo que se dice una sorpresa agradable.
Trataron de reanimarlo; ella, más bien, que todavía tenía fresco el curso de primeros auxilios exigido por cierta oficina de tráfico alemana para tramitar la licencia de conducir; a él le bajó la presión.
No hubo caso. Nuestra amiga remata el episodio transcribiendo el apunte con que el lipotímico, se descuenta que ya recuperado, consignó el hecho en el anotadorcito que lo acompañaba en sus viajes por el mundo: “Muerto atlético cuerpo en la calle, entre papeles, el domingo de mucho calor, encontrado. Vecinos, policía, muy tardía ambulancia, perros. Cuánto vagabundo perro hay en esta ciudad. Nuestro testimonio es requerido. Reluctancia de Doris. Protestas. El cónsul interviene, seguimos camino. A la noche, tango”.
Descuento que la traducción es de nuestra amiga.
Yo me había despertado hacia el mediodía con fotofobia, una sensación pastosa en la boca y el mismo agujero helado que venía taladrándome el pecho desde el día de la subasta, cuando descubrí que ya ni siquiera tenía las cosas de Bernal para recordarme que él no estaba.
A primera hora de la tarde, cuando Baldó se desplomaba en la calle, lo único que había mejorado en mi día era la música que llegaba de algún departamento vecino, que no había cambiado de género pero casi no se escuchaba.
No voy a decir que intuí lo que había pasado en la vereda de la Naldoni —los únicos fenómenos paranormales en los que creo son íntimos, carnales, y no viajan bien en el espacio ni el tiempo—, pero me cuesta no pensar que hubo algo más que una coincidencia en el hecho de que a esa misma hora se cortara la luz en toda la cuadra —el “mucho calor” que menciona el turista bávaro— y que un rato después, cuando la electricidad volvió, y con ella la bachata en sordina, los chillidos de la televisión, el soplido de los ventiladores, a mi desairado editor húngaro se le diera por reaparecer de la nada, sin asomo visible de rencor, para pedirme que reconsiderara mi actitud.
No me llamó tanto la atención la irrupción en sí (lo poco que había vislumbrado de Zoltan en nuestro módico epistolario hacía prever que no se rendiría tan fácil) como su retórica libertina, más inflamada que nunca, y las fotos con que la apuntalaba esta vez, primeros planos en blanco y negro de algo que parecían hoyos, ojales, alguna clase de fruncido y sucio agujero, tan borrosos y abstractos que podían ser cualquier cosa, de anos a cráteres lunares, de fosas nasales a desagües.
Supongo que eso era lo que quería decir cuando me invitaba a considerar el lado B de la situación (tan desalentador, por cierto, como el A).
Pero me sorprendió la sincronización que parecía haber entre su segunda arremetida y mi desolación.
Quizá sea así, a fin de cuentas, como se enamoran las personas desdichadas, así como debe entenderse el dicho según el cual el amor es ciego.
No es la imagen, no es la belleza lo que importa; es la oportunidad.
Ni siquiera revisé los nuevos términos del contrato, que decía haber mejorado y juraba que ofrecía privilegios de los que ningún autor o autora —el escrúpulo me arrancó una sonrisa escuálida, lo único de lo que mi boca era capaz en el harapiento estado emocional en el que estaba— de la casa podía jactarse de disfrutar.
Le agradecí, por supuesto. Le pedí que no volviera a escribirme, y que si no podía evitarlo mejorara al menos la ortografía.
Así, mientras los enfermeros cargaban a Baldó en una camilla y lo llevaban a la clínica Elustondo, donde pasaría una hora y media en un pasillo hasta que lo declararan muerto, yo ¿cómo decirlo?
yo raspaba con afán y furia el fondo de la olla, como quien, a merced del sol del desierto, exprime la vieja cantimplora que conservó de sus días de boy scout hasta arrancarle las tres o cuatro gotas de jugo de óxido que lo envenenarán.
Bernal se había llevado todo. Los vestigios que odiaba encontrarme cuando tenía a mi disposición su cuerpo entero, y que ahora, que no lo tenía, buscaba enloquecidamente, uñas, pelos de barba, algodones con rastros de sangre, hasta restos de comida y esas huellas de mermelada digitales que estampaba por todas partes, todo eso había sido limpiado, borrado, cruelmente obliterado para siempre por la mujer del encargado del edificio, que en los seis años que llevaba trabajando en la casa nunca había dado pruebas de un celo higiénico parecido.
Pero los cajones de mi memoria estaban intactos y era de presumir, porque sólo yo tenía la llave, que su precioso contenido también.
Recité, intenté recitar en voz alta las estrofas que sabía que le gustaban, con las que le encantaba martirizarme, que recordaba a dúo, sin fallar un solo verso, con sus compañeros de armas.
No llegué muy lejos. Algún verso suelto, un dístico, en el mejor de los casos, siempre y cuando procediera de uno de esos clásicos (Gobbo, Zanzarola) que se venden como posters en los kioscos: sólo en una escala tan vulgar podía tener la sensación de no estar diciendo cualquier cosa, de no traicionar la lealtad en la que mi dolor necesitaba refugiarse.
Y ni siquiera en esos casos. Por momentos, los versos encajaban en el molde de la melodía perfectamente, como la mano en un guante diseñado a su medida, pero la euforia duraba poco y la decepción subsiguiente era insoportable, porque algo, una voz mía, surgida de mí, me decía con despiadada autoridad que esas no eran las palabras verdaderas, que todo era un fraude, que entre el poema original que yo había oído una y otra vez de labios de Bernal y el que yo me jactaba de resucitar había tanta relación como entre el mar real, el que aloja medusas venenosas y se traga nadadores y chisporrotea a la luz de la luna, y las torpes telas metalizadas donde navegan lentísimos los transatlánticos de madera balsa en las películas de Cocozza.
Me pasó con el poema de Suárez, un must de Bernal.
Buscándolo en la memoria me topé con esto: “Mi dueño tiene un disfraz”.
La evidencia con que el verso se me impuso, la naturalidad con que ocupó su lugar en el intervalo ajustado de la métrica, sin encogerse, sin plegar las piernas, me produjeron una especie de éxtasis, el mismo que probablemente me habría producido escuchar, superpuesta con la mía, la voz de Bernal recitando el poema mientras entraba en la casa, tiraba el manojo de llaves sobre la mesada de aluminio, se sacaba los zapatos y venía patinando sobre el esquí de sus agujereadas medias de lana hasta el dormitorio, hasta la cama, hasta el amasijo de sábanas, sudor y sangre donde yo lo esperaba.
.. Demasiado perfecto para ser cierto. Una fracción de segundo después, cuando el fuego del reencuentro estaba en su cúspide, el verso original se presentó, tímido, inamovible, con la modestia humillante que tienen los damnificados a la hora de reivindicar lo que es de ellos, lo que les quitaron, y el dueño ya no era un dueño sino un cuerpo, y lo que tenía no era un disfraz sino un imán, y la puerta seguía tan cerrada, tan muda como diez minutos antes.
Mi cuerpo tiene un imán . La poesía me interesa poco —Bernal lo sabía—, pero me habría gustado mucho escribir un verso así.
Me quedaban las medias, que la mujer del portero, en un rapto de clarividencia, había olvidado en el canasto de la ropa sucia.
Es curioso lo serviciales que pueden resultar esas prendas, lo maleables, elásticos, versátiles que llegan a ser sus servicios.
Por qué ese par de soquetes de tosca lana soviética diezmada por el uso y una relación muy esporádica con los alicates era el único sobreviviente de la erradicación bernaliana, eso no lo sé.
No lo supe entonces y sigo sin saberlo ahora, cuando a menudo, buscando alguna otra cosa, me las encuentro en los lugares menos pensados, como si aprovecharan que me olvido de que existen para mudarse.
Yo confieso que llegué tarde a las medias.
A apreciarlas, quiero decir; a verlas como algo más que la vaina profiláctica, la funda de pies —aislamiento y abrigo— por las que siempre las tomé, que reducían su valor a una dimensión funcional.
No voy a decir que el tiempo amplió y refinó ese concepto; los cambios siempre han sido para mí meros pretextos para templar mi capacidad de resistirlos.
Pero sí, quizá, que toparme en ese momento con aquel particular par de huérfanas marcó una diferencia, uno de esos umbrales que separan el antes de la pura barbarie de un después civilizado; o, más modestamente, que encontrarlas, recogerlas, arder en el nido perfumado que formaban en mis manos y meterme de nuevo en la cama con ellas, donde pasé horas arrancándoles todos los ecos de Bernal que pudieran atesorar, hasta que las dejé caer a un costado de la cama, reducidas a una húmeda, exhausta pulpa venérea, fue para mí la única excepción, la única isla de felicidad y gratitud que me ofreció el océano atroz de la desdicha.