Malas lenguas 66
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Se había ido. Se había ido de acá, de mí, de la conejera malsana en cuyas ruinas monologo desde que se fue.

Pero si yo digo que se fue es porque alguien sin duda debió poder decir que vino, que llegó, que volvió, que abrió la puerta con su llave (porque era obvio que a esa altura ya tenía su propia llave), que se descalzó como le gustaba hacerlo, sin usar las manos, ocupadas en desabrochar cintos, botones, puños, liberando cada talón con la punta del otro pie, y se deslizó alto y silencioso entre las sábanas y se quedó dormido en la primera posición confortable que encontró, dormido como un tronco, como una piedra feliz, porque nada ejercía sobre él un efecto más hipnótico que la bienvenida de una cama lista, entibiada por el cuerpo que se había apagado esperándolo y ahora, rozado por el suyo, que traía el frescor del mundo y la vigilia, volvía a despertar en una explosión de dicha.