Malas lenguas 65 #2
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65 #2

Salí como estaba, con el pelo mojado, los botones sin abrochar, los cordones desatados, y una vez en la calle me volvió a asombrar que la vida siguiera su estúpido curso, que hubiera moscas, baldosas flojas, gente en el café, y encontrar al dueño del negocio de reparación de electrodomésticos destripando una vez más aparatos en la vereda, al fresco de uno de esos ventiladores de bolsillo que los taxistas se empeñaban en poner de moda ese año.

No me pareció que la temperatura lo justificara.

Entre el apuro y la angustia, yo había salido sin abrigo y, como me di cuenta enseguida, apenas me subí al taxi, sin rumbo.

Tenía todo: la habitación donde volvería a ver a Bernal, y el sillón donde me estaría esperando, encogido en un rincón, con las largas piernas cruzadas y el charuto hediondo temblando entre el dedo índice y el mayor —una idiotez que se le había dado por copiarle a un escritor búlgaro—, y la alfombrita como de salón de belleza donde se posaría un pie, desnudo, y el puf grotesco donde tendría clavado el talón del otro, mostrando una planta muy sucia y una ampolla en la almohadilla, y la bandeja recién servida, con la taza de té negro y el cantimpalo en rodajas en la mesa ratona.

.. —Tenía todo menos una dirección. Yo sabía por Bernal que nuestra amiga se había mudado.

Me pareció oírselo comentar una tarde que esperábamos el subte en la estación Pinedo, pero el tren llegó y tapó con su estrépito la frase y a mí no me dio para pedirle que la repitiera.

Me lo confirmó después un conocido con el que coincidimos en alguna sala de espera, un traductor brillante pero lento que se da maña con la carpintería.

Nuestra amiga le había encargado una biblioteca para su nueva casa, me dijo, una de esas plantas bajas de frente combado, estilo barco, simpáticas pero difíciles de amueblar, con las que unos ingenieros con ínfulas habían saturado cierto distrito tranquilo del sur, así que esa fue más o menos la indicación que di.

Lo que es vago exagera irremediablemente: más (o menos) que un distrito era una cuadra, uno de esos callejones estrechos, empedrados, que se vuelven peatonales por pura incomodidad, y el encargo de la biblioteca no había pasado de las dos páginas sucias, caras, que ocupaba el presupuesto redactado por el dolorido carpintero, que se cansó de esperar que se lo aprobaran.

Desde la punta oeste del callejón, donde me dejó el taxi, lo que se veía era satinado y terso como un render.

La misma serie de casitas panzonas se repetía en espejo en ambas veredas, sin nada a la vista que las distinguiera.

Era como estar en un cuadro de Tisné, con la resolana cruda del mediodía en vez de los faroles de gas por los que suspiraba el pintor.

Si ya era difícil entender que nuestra amiga hubiese canjeado su confortable covacha del centro por la modestia pretenciosa de una de aquellas maquetas de felicidad provinciana, más difícil para mí, en ayunas y sudando, sería deducir cuál de las catorce (las conté) le habría deparado el canje, a menos que un golpe de suerte —una de esas coincidencias farsescas, de último momento, que reúnen a amantes desencontrados, padres e hijos que separa una catástrofe natural, mascotas enemigas, en los dramones de Tarulli— me facilitara la pista que yo, a esa hora, bajo ese sol, no me sentía en condiciones de buscar.

Por lo demás, no había un alma, ni siquiera esos figurines tiesos, siempre jóvenes, siempre bien vestidos, que pasan en los renders por delante de los edificios, ignorándolos, como propietarios altivos.

Me di cuenta de que tampoco había árboles ni pájaros, ni por lo tanto sonidos, nada que afeara la imagen con la más mínima arruga, pero fue una constatación lógica, derivada de la inmovilidad y el vacío de la escena, más que perceptiva.

Como en un poema malo, tuve un pálpito feo, una víspera de mareo.

Ya estaba pensando en volver, odiándome por pensar en volver, cuando oí a mis espaldas un alboroto de ladridos.

Me di vuelta: arreada por un paseador de overol y rastas, que la controlaba con una red de correas entrecruzadas, milagrosamente, una manada de perros enfilaba hacia el callejón, arrastrando a los dos camorreros que se desafiaban a los gritos en el centro del grupo.

Salvo las que empiezan con B —bóxer, bulldog, bustrófedon—, que comparten también cierto fervor por la fealdad, no sé mucho de razas.

Puede que Tilde (que era bastardo) y su agonía incontinente hubieran agotado el poco interés que me despertaba la especie.

Pero los conté —eran exactamente catorce, como las casitas— y me puse a seguirlos, con la esperanza de que si acompañaba la devolución de cada perro tarde o temprano daría con la casa de nuestra amiga, con nuestra amiga, con Bernal, mi Bernal perdido, y toda aquella pesadilla terminaría de una vez (siempre y cuando, claro, ningún vecino hubiera tenido la descarada insensatez de convivir con más de un animal al mismo tiempo).

Esa fue la última idea que recuerdo que tuve, si se le puede llamar idea.

Yo la hubiera llamado inquietud, nubarrón de pánico, pero la náusea que me asaltó fue tan súbita y tan fuerte que no llegué a una conclusión definitiva.

Me desperté boca arriba en la vereda, con las piernas levantadas y los talones contra el frente de una de las casas, que resultó ser rugoso, mientras el paseador, en cuchillas, me cacheteaba una mejilla y un bulldog cachorro, con el pretexto cordial de lamerme, me llenaba la otra de baba.

Es sorprendente todo lo que podemos llegar a deberle a un desconocido.

El muchacho (recién pude apreciar su edad cuando lo tuve cerca, muy cerca, y las pequeñas agujas, perlas, anillos metálicos que le perforaban las partes más dulces de la cara me inspiraron un par de ganas locas que ojalá hubiera tenido fuerzas para llevar a cabo) se ocupó de todo: me ayudó a levantarme, me acompañó —sosteniendo la bolsa blanda de mi cuerpo— hasta la casa más cercana y me acomodó con especial cuidado en la esquina de un gran sofá tapizado de pana mostaza, muy cómodo, muy parecido, se me ocurrió entonces, al sofá en el que unas horas antes mi imaginación, en un exceso de confianza, había acomodado a Bernal, dejándolo listo para recibirme.

El eco me entusiasmó, más que nada porque fue espontáneo y todo en la realidad lo desalentaba.

¿Era posible que una lipotimia y un extra rastafari me hubiesen dejado precisamente donde quería estar?

Nunca he tenido esa clase de suerte. Adoro los accidentes, pero no porque me favorezcan.

Hay algo de esa injusticia que me resulta agradable, como pasa con ciertos dolores sin causa evidente.

El que me latía en un costado de la cabeza, por ejemplo.

La dueña de casa, una mujer grande y huesuda que hacía juego con el sofá, me ofreció agua, un sobrecito de azúcar y uno de esos antifaces rellenos, congelados, que Nina Buber usaba en las fiestas para no gastar en disfraz.

Ante mi asombro, ella misma me lo aplicó sobre el bulto que me había crecido en la sien, con una delicadeza de geisha.

Era curiosa, también, y no sé si la porción de pecho que desnudaban los dos botones desprendidos de mi camisa no le interesaba más que el chichón.

Le expliqué, mientras me incorporaba, cómo había llegado hasta ahí, buscando a quién, y al oír el nombre de nuestra amiga —que murmuré para mí, sólo para que la frase tuviera algo de donde agarrarse— sonrió y me dijo que se la había cruzado esa mañana, que iba preciosa, como siempre, con ese descuido tan chic, y que declinó su invitación a tomar el té —un eufemismo que compartían para designar vicios seguramente menos sobrios— porque pasaría la tarde entre cosas viejas, atareada con un asunto profesional de último momento.

¿Sola? Sí, sola. Bueno, dijo, tan sola como puede estar alguien que anda por la vida con ese destello de picardía en los ojos.

Arremetí. Ya que estábamos, ¿no la había visto recibir visitas recientemente?

¿Un joven alto, chupado, flexible como un junco.

..? —¿vestido de negro y con dedos de vampiro?

, completó ella. Hizo aquí una pequeña pausa, menos para afinar la memoria que para desentrañar mis intenciones.

Supongo que lo único que encontró fue ansiedad, alarma, desesperación.

Qué curioso, dijo por fin. Ahora que lo dice, anoche soñé con alguien así.

Una especie de enterrador, o uno de esos predicadores que seducen viudas maduras y después de estrangularlas huyen a caballo de noche mientras cantan, siguiendo el curso de un río poblado de flores en celo y batracios.

Quién sabe de dónde lo habrá robado mi sueño.

Pero para su información, soy su vecina, en ocasiones dichosas pero raras una clase muy particular de amiga, no su guardaespaldas y mucho menos una arpía delatora, dijo, y recuperó el antifaz de hielo (a esa altura más molesto que el chichón) con un ademán brusco.

No aclaró que esa clase tan particular de amistad incluía o incluiría más tarde, cuando nuestra amiga hubiera puesto fin a la primera versión de su libro, tareas de mecanografía, revisión ortográfica y corrección de estilo, una infidencia que llegó a mis oídos tiempo después, cuando ya no podía afectarlos, de boca de una conocida muy diligente, no sin talento, que ya estaba harta de verme con la cabeza en otro lado, como le gustaba decir.

Quizá no lo aclaró porque aún no desempeñaba esas funciones; quizá porque no le di oportunidad y me fui de golpe, ni bien me arrebató aquella máscara helada, dejando el vaso de agua sin tocar y una larga estela de azúcar en el piso, un gesto de desaire ocurrente pero confieso que cien por ciento involuntario.

Es notable lo mucho que puede caber en un sobrecito de esos.

Volví a casa tarde, ya de noche, después de vagar por parques y probar largamente las escaleras mecánicas de un centro comercial, mientras en la otra punta de la ciudad la media docena de kimonos de Baldó que nuestra amiga describe con pelos y señales, como si fueran paisajes japoneses, era vendida a una astuta vestuarista de cine por una suma modesta, bastante inferior a la que le habrían pedido las tiendas de la calle Acevedo por una réplica barata del mismo modelo.

Apenas entré a casa me di cuenta de que algo había cambiado.

Todo estaba más como lo había dejado que antes, tan nítido, tan elocuente como las identidades que se inventan los impostores aficionados, que temen que no sean todo lo sólidas que deberían y se la pasan subrayándolas.

Me pareció incluso que las medias de Bernal, unas medias de lana gruesas, con agujeros, que usaba sobre todo en verano y dejaba tiradas en los lugares más inverosímiles, como si un ardor, un sarpullido imperioso, insoportable, lo obligara a deshacerse de ellas, mostraban una insolencia demasiado explícita, que no había notado a la mañana al descubrirlas, cuando decidí —en un rapto de anticipada nostalgia— dejarlas a la vista, por mucho asco que me dieran.

Salvo las medias, se había llevado todo: la ropa, los foulards , el piloto, las boinas, los guantes, los zapatos, el paraguas, los cuadernos, las carpetas, la caja de rapé, los cartones de cigarrillos.

Todo, hasta el cepillo de dientes, que era mío y casi no usaba.