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Me enteré de la venta de Hurlingham horas después de que se consumara, el viernes, y de manera casual, por boca de alguien que no era consciente de la noticia que me daba.
Al mismo tiempo, por una de esas coincidencias que no significan nada pero nos encanta recordar, y contamos a la primera de cambio con inexplicable orgullo, como si el azar, aunque en una proporción mínima, respondiera a nuestra voluntad o nuestra imaginación, me llegaba el testimonio fotográfico de los arrugados encantos de Zoltan (que agradecí pero rechacé en los términos más corteses), y dos asistentes que había enviado en misión simultáneamente, aunque en direcciones distintas, volvían a mí con las manos vacías.
Ni rastros de Bernal. Como si se hubiera volatilizado.
Por supuesto, querían que se les pagara igual.
Inexpertos y todo, había que ver lo rápido que progresaban en conciencia gremial.
Así que los entretuve un rato con esto y aquello, muffins y alcohol, promesas y confidencias, ropas, poses, falsas cremas hidratantes, y veinte minutos más tarde, hechas las preguntas de rigor, ya tenía material de sobra para mandarlos presos con al menos tres de la media docena de clientes para los que trabajaban.
Les perdoné la vida; ya vendrían al pie cuando los necesitara.
Uno de ellos, de hecho, el más cachorro, empezó a pagar mi silencio en ese mismo momento, quizá sin darse cuenta.
Se había demorado un poco tratando de encontrar el reloj, una media, algo de todo lo que lo había visto quitarse a una velocidad récord, y mientras se ajustaba el reloj en la muñeca y se guardaba la media en un bolsillo del saco —un blazer bastante digno, seguramente robado, con botones dorados y un prendedor, un simpático biplano amarillo en el ojal de la solapa—, como si irse sin decir algo fuera agravar su situación con una impertinencia, dejó caer el nombre de Murzi, mi informante dilecto, a quien yo había tratado de contactar cuarenta y ocho horas antes, en vano, para encargarle la misión que no habían cumplido él y el otro mocoso.
Se lo había encontrado en Embrujo, cuando seguía una pista que resultaría ser falsa.
Eran las once de la mañana, el lugar ardía.
Al principio, por el vapor, el humo de máquina, el rocío de lentejuelas luminosas de la bola de espejos, no se reconocieron.
Hasta que se encontraron espalda contra espalda bailando “Blanco talco”, el tema que Edna Fania le robó a Vespa Tadei, y mi enviado, sacándole la ficha, le comentó que andaba atrás de Bernal.
“¿Quién lo busca?”, preguntó el otro, lustroso de estrás y vaselina.
Contrariando mis instrucciones, el muy bambi me delató.
Apenas oyó que me nombraban, Murzi acometió los fouettés que pide a gritos el estribillo de la Fania y cuando dejó de girar, sin siquiera tomar puntería, le embocó entre los dientes la pastilla corazón que había sacado de un blíster rosa.
Y parece que recitó —me llevó un rato recomponer la cita con los escombros a los que la había reducido—: “Van a ser largas las horas en la estepa de la espera”.
Por mucho que me sorprendiera toparme con Herdosia en sus labios, el alarde de lirismo no me preocupó: hay ambientes en que circulan más los versos que los herpes, y si circulan menos quedan más, que es lo que importa.
Me preocupó saber que ya no contaba con él, que algo más poderoso y atractivo que yo lo hubiera desviado de mi órbita, que ese algo fuera Bernal.
Por qué vende Baldó esa quinta que al descubrirla, joven, pobre como una rata, llama mi reino y tardará veinte años en comprar, nuestra amiga no lo sabe, o no nos lo quiere decir.
La necesidad perentoria de dinero es toda la explicación que suministra el capítulo, uno de mis favoritos, tan pletórico de cosas, tesoros, primores personales, tan animado por la inanimación como un bazar, no, mejor: como un museo, el museo húmedo y solitario del que está por morir y ya no volverá a saludar.
Baldó necesita plata rápido, ya mismo, plata en efectivo, y quizá sea esa premura misteriosa la que le da al episodio el suspenso, la zozobra que transmite, tan sorpresivas, y bienvenidas, en un libro por lo demás muy cómodo con andar al paso, como los percherones de las novelas de Mirambet.
Hay algo conmovedor, una fruición delicada y amorosa, rara en los biógrafos, sí, salvo cuando les llega la hora de despedirse, en la atención con que nuestra amiga describe ese lote de chucherías vetustas y lee en la rajadura de una fuente de loza, la cara ciega de un espejo o un bibelot deshilachado el aliento secreto de escenas que son, a la vez, los cristales de una vida, la vida que hemos estado intentando entender en el curso de los últimos cientos de páginas, no siempre con éxito, rara vez con genuino placer.
Sólo que ahora empezamos a preguntarnos por Baldó.
Después de todo, la última vez que supimos de él huía del retiro del Delta como un criminal o un condenado.
¿Dónde está, dónde se esconde? ¿Dónde mientras rematan su vida y vacían su casa?
¿Dónde, si a la biblioteca no fue, no va, no irá hasta el domingo, día en que le toque morir?
Se hace un silencio, como cuando un ejército de equipos de refrigeración enmudece de golpe en un teatro.
La música se ha apagado, se prende la luz, cruje en manos del irrespetuoso de turno el papel metalizado que envuelve un caramelo de leche.
Aquí, parece susurrar nuestra amiga, en el borde cascado de esta azucarera; aquí, en este perchero rengo; aquí, en este diván con los resortes vencidos, aquí, en este biombo chino, esta colección de abanicos, estas viejas hormas de zapatos de madera, bellas como prótesis de un mundo de muñecos mentirosos. ..
Por el resto del capítulo no pondría las manos en el fuego, pero doy fe de que acá nuestra amiga no tocaba de oído.
Unas semanas después de la muerte de Baldó llegó hasta mí, ya no recuerdo cómo, la publicación que hizo las veces de catálogo de la subasta, una especie de brochure en blanco y negro sin numeración de páginas, con algunos errores de ortografía y las fotos un poco torcidas, que Bringmans & Introini aceptó imprimir con la condición de que el nombre de la firma no apareciera en ningún lado.
Descuento que ahí estaban, desmejoradas por la estética mimeográfica, todas las piezas de la colección Baldó a las que nuestra amiga pasa revista en su libro.
No quise confirmarlo. Tuve el catálogo en la mano, lo palpé, creo que hasta llegué a abrirlo, pero en ese momento algo me distrajo —todo me distraía por entonces: sobrevivía a base de interrupciones— y lo devolví, o lo apoyé de canto entre dos balaustres, como si pensara en volver a recogerlo una vez que terminara lo que tenía que hacer, que, si me guío por las fechas, no debía ser mucho más que tomar uno de esos cócteles de pastillas que me arruinaron los riñones.
Me acuerdo de que me miré las yemas de los dedos y las vi negras, tan negras como me quedaban después de estudiar los apuntes de las clases de Baldó.
Nuestra amiga sabría perfectamente de qué estoy hablando.
Sé que estuvo en el remate porque me lo confirmó una vecina suya.
Quizá la anécdota sea demasiado larga, demasiado irrelevante para referirla aquí, pero llegó un momento ese día en que no aguanté más —llevaba demasiado sin saber de Bernal y ya había agotado todas las fuentes de información, todos los informantes, todos los paraderos imaginables, incluida la tapera a la que alguna vez lo había acompañado a visitar a uno de sus ex camaradas de armas, donde el tiempo, ahora, había instalado una agencia de lotería y despacho de bebidas, pantalla burda de un reñidero— y salí a buscar a nuestra amiga, con la idea de que si daba con ella daría con él y la ilusión, la superstición demente de que si lo encontraba con ella, por el mero hecho de encontrarlo y acabar de una vez con el tormento, se lo perdonaría todo, pero sólo si lo encontraba, sólo si volvía a verlo de pie en el mundo, ocupando con su cuerpo, que tanta falta me hacía, el espacio alto y fino que le había reservado la divinidad macabra que lo había creado, no sus toscos padres, a quienes nunca me presentó.