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Bernal desapareció un martes, Baldó murió el domingo siguiente y yo estuve toda esa semana escribiéndome con un editor de Budapest interesado en publicar mi libro sobre las Stoppio.
Parece que el tópico de la gemelidad hacía cierto furor en Hungría.
La tasa de natalidad monocigótica llevaba un par de años en alza, el primer ministro tenía una hermana gemela (que según Zoltan era un primor y movía los hilos en las sombras) y también eran gemelos los tres pares de víctimas del hachero de Harkány, el asesino serial que tenía en vilo al sur del país desde hacía meses.
El proyecto era de una extravagancia lunática: incluía acortar el original unas ciento cincuenta páginas —los capítulos de las chicas en el internado, el de la boda fallida y el de la accidentada tournée con la compañía de Gianluigi Rucellai, que tanto trabajo me había dado— y adaptar las trescientas restantes al estado de situación local del fenómeno, operación que el editor decía haber practicado en media docena de libros anteriores, todos exitosos, y para la que contaba con un equipo de colaboradores muy bien adiestrados.
Es raro cómo la saña, con la cuota de descaro adecuada, maravilla más que cualquier muestra de bondad.
La propuesta era tan ofensiva que me hechizó.
Hasta me animé a preguntar por la plata, un punto que en circunstancias normales habría omitido o dejado para el final.
Dijo que no me daría cifras (cuando yo sólo quería una: la mía) pero que pagaban en moneda local, algo que, si la monja negra que seguía moviendo los hilos era la hermana del primer ministro, constituía toda una garantía.
Me acuerdo de que me eché a reír, y que la risa repercutió en las paredes de la casa vacía como en las de la mente de un loco, donde nada las amortigua, y no sé cómo pero llegó hasta Hungría, lo suficientemente entera como para hacer recapacitar a mi corresponsal, porque a vuelta de correo recibí una invitación a pasar una semana en Budapest, una foto de una habitación de hotel en tonos rojo y dorado, con una gran cama con baldaquino y un cubrecama manchado (quemaduras de cigarrillo, probablemente), y otra de un vicioso muy flaco y elegante, de pómulos afilados y labios trazados con plumín, que miraba a lo lejos por una ventana deslumbrada por el sol mientras al pie de la foto, completamente olvidado, algo largo y paquidérmico que todavía parecía una verga de hombre colgaba de los labios de una bragueta.
Tenía su gracia el húngaro. No fuimos mucho más lejos esa vez, pero el ida y vuelta sirvió para distraerme, y si Bernal hubiera estado visible le habría ofrecido nuestras cartas para Manuscritos Raros, presentadas y anotadas por mí, a cambio de una limosna aun menor que la que me proponía por el libro mi pretendiente centroeuropeo.
Nuestra amiga escribe que martes y miércoles Baldó estuvo fuera de la ciudad, capitaneando una nueva edición —la última, como anticipa con voz de melodrama— del retiro que solía hacer cada tanto con la facción civilizada del personal de la biblioteca.
Comida sana, baños en grupo, rondas de lectura, reuniones motivacionales, caminatas, juegos de rol.
.. Las tonterías de siempre, que Baldó usaba para darse corte y detectar probables abscesos en su equipo.
Pero nuestra amiga las describe con cierto detalle, envolviéndolas en esa bruma matinal tan típica de las islas, y la cosa se pone tan vaporosa, tan naïve , que si nos dejáramos llevar veríamos a la troupe de pánfilos entera, sobrinos incluidos, corretear por el parque en pelotas, en cámara lenta, luciendo coronas de laureles, collares y hasta unas alas como de ángel, perseguidos por un Baldó que ruge disfrazado de sátiro feroz.
Supongo que Bernal habrá sido de la partida, aunque me consta que odiaba los ejercicios de confraternización laboral, odiaba la naturaleza, odiaba estar en paños menores en la naturaleza, odiaba el Delta y las incómodas, húmedas, tórridas efervescencias que le estaban asociadas, y las dos o tres veces que lo llamé a la biblioteca me tuvieron quince minutos esperando en el teléfono mientras se suponía que lo buscaban, hasta que la musiquita mecánica que conocía de memoria me dio náuseas y colgué, y la verdad es que no tuve fuerzas para volver a llamar.
En todo caso, su nombre vuelve a no aparecer en el capítulo, lo que a esta altura del partido no quiere decir nada, o puede querer decir todo lo contrario de lo que dice.
Hay en la segunda noche, bastante tarde, cuando la tropa ronca en sus bolsas de dormir, una escena furtiva en el muelle, con Baldó que espera fumando y una lancha que se acerca en silencio —han tomado la precaución de apagarle el motor un rato antes— y amarra, y su pasajero, después de hacer equilibrio en el borde de la lancha, pega un salto hacia la escalera del muelle y resbala sobre la pátina de musgo que alfombra el escalón.
No se cae al agua por muy poco, porque no hay como la torpeza desesperada para resolver los problemas que ella misma crea, y me gustaría mucho saber a quién le robó nuestra amiga la imagen de la brasa del cigarrillo de Baldó ardiendo intermitente entre las excitadas chispas de las luciérnagas, la única que atraviesa todo el libro intacta, tan bella ahora como la primera vez que la leí, y llega hasta mí y se queda conmigo, mientras todo lo demás puede volar por el aire sin que se me mueva un pelo.
¿Era Bernal ese visitante fuera de programa?
La torpeza, el sobretodo y los zapatos abotinados —detalles preciosos que nuestra amiga da a entender cuando escribe que iba demasiado bien vestido para el precario entorno fluvial— indicarían que sí.
Todo lo demás, que no. Baldó conocía el lugar; lo había visitado antes, en retiros igualmente cargados de actividades pero menos profesionales; incluso lo había considerado a la hora de mudar el Mirador Monegasco a una zona más discreta, proyecto que alentó unos meses con Auletta y nunca prosperó.
Estaba al tanto de lo que el sitio podía ofrecerle para complacer ciertas necesidades con la discreción requerida.
Quizás el visitante fuera un proveedor local de satisfacciones, y su atuendo incongruente algún requisito impuesto por los gustos de Baldó, pasados de moda pero nada obvios.
Quizá —es otra de las tesis que nuestra amiga permite leer entre líneas, para los pocos que hayan llegado hasta ese punto del libro con la energía suficiente para ponerse a desentrañar sobreentendidos— fuera un mensajero, alguien enviado por alguien para comunicarle algo referido a un asunto que tal vez valiera la pena no postergar.
Da igual. Sea quien sea el misterioso barquero, la visita es corta —el tiempo que le lleva a Baldó terminar su cigarrillo y usar la tuca para prender un segundo— y muy efectiva.
No ha terminado de amanecer y Baldó ya está otra vez en el muelle, esperando ansioso la primera lancha del día, luego de poner las horas que quedan del retiro, y la cuenta, en manos de un súbdito poco confiable, el único en realidad al que consiguió despertar tan temprano.
Puede que sea la luz lechosa del amanecer, puede que los ojos empañados del informante de nuestra amiga —supongo que uno de esos isleños capaces de decir cualquier cosa por unas monedas—, pero se lo ve desmejorado, como si hubiera pasado la noche en vela.
De hecho son las cinco y veinte de la mañana y está fumando de nuevo, esta vez sin boquilla, y el modo en que le tiemblan las manos no promete nada bueno.